Jueves, 14 de Diciembre de 2017
15:56 CET.
Nicaragua

El regreso de Somoza

Todas las encuestas vaticinaban su victoria con un amplio margen, y sin embargo el presidente nicaragüense, Daniel Ortega, decidió recurrir al fraude para ganar las elecciones del pasado domingo con más del 62% de los votos. Quizá no hubo ese "monstruoso fraude" denunciado por el principal candidato de la oposición, Fabio Gadea, pero varias entidades internacionales (la Unión Europea o el Centro Carter) han señalado numerosas irregularidades en todo el proceso electoral que han contribuido a "dañar la credibilidad" del escrutinio.

¿Por qué hacer trampa si la victoria estaba asegurada? Era meterse en problemas con la comunidad internacional y darle argumentos de peso a la oposición para exigir nuevas elecciones, como está efectivamente ocurriendo en estos días. Creo que hay que buscar la explicación en la inseguridad de Ortega ante los procesos electorales y en su desconfianza hacia las encuestas. El candidato del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) quería ganar en la primera vuelta para evitar las incertidumbres de una segunda ronda, que hubiera permitido a la oposición olvidar sus diferencias y juntar fuerzas. Las últimas encuestas le daban el 48% de la intención de voto y una ventaja del 18% sobre Fabio Gadea, del Partido Liberal Independiente (PLI). Los sondeos previos habían sido un poco menos favorables a Ortega, pero no lo situaban nunca por debajo del 40%, el mínimo exigido por la Constitución para ganar en primera vuelta.

El presidente y su esposa, Rosario Murillo —el poder detrás del trono—, les tienen pavor a las encuestas desde la noche del 25 de febrero de 1990, cuando perdieron las elecciones ante la candidata única de la oposición, Violeta Barrios de Chamorro. Todos los sondeos, menos uno, habían vaticinado una victoria aplastante del FSLN y de su candidato, el propio comandante Ortega, que dirigían el país desde la revolución de 1979. Se equivocaron. La oposición consiguió cerca del 55% de la votación. Por temor a la represión, los nicaragüenses habían mentido a los encuestadores.

Tuve el privilegio de vivir esa campaña electoral, que puso fin a una cruenta guerra civil. Cuando llegaron los primeros indicios de que el FSLN iba en segunda posición en el conteo de los votos, la dirección sandinista desapareció de los lugares públicos donde tenía previsto celebrar la victoria. Los comandantes debatieron toda la noche para acordar una respuesta a la famosa pregunta de Lenin: ¿qué hacer? ¿Reconocer la derrota o proclamar la preeminencia de la revolución sobre las elecciones? Hicieron finalmente las dos cosas: aceptaron la victoria formal de la oposición y anunciaron que iban a "gobernar desde abajo".

El aparato sandinista mantuvo el control sobre las fuerzas de seguridad y el sistema judicial. Ortega se encargó de agitar la calle contra el gobierno de Violeta Chamorro, pero ya no ejercía el poder real. Incluso, perdió las elecciones de 1996 y las de 2001. Se impuso finalmente en 2006, con apenas el 38% de los votos, gracias a una modificación de la Constitución. Ya nadie iba a impedir que siguiera los pasos de los Somoza, que se incrustaron en el poder durante décadas y fueron finalmente derrocados por la revolución sandinista. Para poder presentarse a los comicios del pasado domingo, Ortega obtuvo de sus amigos de la Corte Suprema de Justicia la suspensión del artículo 147, que prohíbe la reelección inmediata del presidente en ejercicio. Solo le quedaba amarrar bien la jornada electoral, para que no hubiera ninguna sorpresa. Otro aliado suyo, el presidente del Consejo Supremo Electoral, Roberto Rivas, se encargó de poner trabas a los fiscales de la oposición y a la observación independiente. Se quedó tan contento con su trabajo que no dudó en llamar al mandatario para felicitarle por su triunfo "arrollador".

El fraude, con la complicidad de instituciones supuestamente democráticas, ha abultado la victoria de Ortega, pero su éxito se debe también a otros factores, empezando por la incapacidad de la oposición de ofrecer una alternativa creíble. Además, el presidente ha trabado una alianza con dos de sus antiguos enemigos de mucho peso en Nicaragua: un sector de la Iglesia católica y una parte del empresariado, que han sido favorecidos por su Gobierno. Y, más importante aún, el apoyo financiero de Venezuela le ha permitido desarrollar políticas clientelistas a favor de los sectores más pobres, que habrán agradecido esa ayuda el día de la votación. Lo ha dicho el propio Ortega: esas elecciones han sido "una victoria de la revolución bolivariana". No de la democracia.

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