Miércoles, 21 de Noviembre de 2018
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X Aniversario del 11-S

La derrota de Bin Laden

Aunque fuera sólo por una cuestión de orgullo nacional, EE UU no iba a permitir que Osama bin Laden llegara vivo al décimo aniversario del acto terrorista más destructivo de la historia (casi 3.000 muertos en Nueva York y Washington). Por eso no sorprendió la decisión del presidente Barack Obama —a pesar de su premio Nobel de la Paz, actuó como hubiera actuado su antecesor, George Bush— de autorizar una misión clandestina de sus tropas especiales para asesinar, en mayo pasado, al líder de Al Qaeda en su guarida pakistaní. La liquidación del jefe islamista no ha acabado con la multinacional terrorista, pero sí ha mermado su capacidad de llevar la yihad (guerra santa) al otro lado del Atlántico.

A diferencia de lo que pasó el 11 de septiembre de 2001, hoy las fuerzas de seguridad occidentales están preparadas ante cualquier tipo de atentado. La cooperación desarrollada últimamente entre los servicios de inteligencia contrasta con la despreocupación que permitió entonces a 19 islamistas fanáticos apoderarse de cuatro aviones —sin más armas que unas simples cuchillas— y estrellarlos contra el Pentágono y las Torres Gemelas. Diez años después, muchos se siguen preguntando cómo fue posible un ataque de ese tipo contra los edificios más emblemáticos de la mayor potencia militar y financiera del planeta.

Esas dudas, sensatas, han dado pie a una ola de teorías conspirativas absurdas, que exculpan a Al Qaeda y acusan a los servicios secretos estadounidenses —y, de paso, a los israelíes— de haber organizado los atentados para justificar de antemano la ocupación militar de Afganistán e Irak. Muchos libros han sido publicados sobre el asunto, pero internet ha sido el vehículo privilegiado para expandir esas teorías. Lo más significativo, sin embargo, es el origen de esa campaña que asegura, entre otras cosas, que el Pentágono fue alcanzado por un misil lanzado por EE UU, no por un avión pilotado por un terrorista. Los autores, la mayoría europeos y algunos latinoamericanos, vienen de la vieja izquierda comunista y de la extrema derecha antiyanki, precisamente esos sectores que celebraron los ataques —hasta la argentina Hebe de Bonafini, fundadora de las Madres de Plaza de Mayo, expresó su "alegría".

Los partidarios de la conspiración no han logrado desautorizar los múltiples trabajos de investigación que han probado la responsabilidad de Bin Laden y de Al Qaeda en el 11-S. Hoy sabemos mucho sobre la gestación de los atentados y un poco menos, es cierto, sobre los importantes fallos de los servicios de inteligencia, que no lograron juntar e interpretar la información disponible antes de los ataques. Esto se debe, en parte, al triunfalismo que se vivía en esa época, marcada por la caída del muro de Berlín, en 1989, y el fin de la Guerra Fría. La democracia capitalista había derrotado al comunismo totalitario de la URSS. Se había esfumado el riesgo de un holocausto nuclear. La paz mundial parecía posible, a pesar de la pervivencia de algunos conflictos regionales. Se hablaba de un "nuevo orden mundial", basado en el consenso democrático y la liberalización de los intercambios comerciales a escala planetaria.

En ese clima eufórico, había sin embargo algunas señales preocupantes que procedían del mundo musulmán, donde un antiguo aliado de Washington se había convertido en un enemigo acérrimo de Occidente. Se llamaba Osama bin Laden y había recibido una ayuda considerable de EE UU para luchar, en los años 80, contra el invasor soviético en Afganistán. A partir de 1993, Bin Laden y su organización, Al Qaeda, cometen varios atentados de consideración contra intereses estadounidenses, empezando con un primer ataque a una de las Torres Gemelas con un camión cargado de explosivos. Hasta llegar al 11-S, que le da el estatus de héroe ante las masas musulmanes empobrecidas y maltratadas por unos gobiernos tiránicos que gozan del apoyo de Washington.

Diez años después, esas mismas masas han entendido que la yihad de Bin Laden no llevaba a ninguna parte y ha contribuido, incluso, a exacerbar los odios entre suníes y chiíes, las dos principales ramas del Islam (Al Qaeda ha matado a muchísimos más musulmanes que cristianos y judíos). Los pueblos árabes han descubierto que los principales responsables de sus desgracias están dentro de sus fronteras, no fuera, y que se les puede pedir cuentas. Desde diciembre pasado, han tomado la calle para expresar una rabia acumulada durante décadas y exigir cambios y libertad. En unos pocos meses, han derribado a tres dictadores (Túnez, Egipto y Libia) y han puesto en aprietos a uno más (Siria). En diez años de atentados indiscriminados, Bin Laden no había conseguido tumbar a un solo tirano. Antes de caer bajo las balas estadounidenses, el jefe de Al Qaeda era ya un cadáver político.