Martes, 12 de Diciembre de 2017
16:14 CET.
Libia

¿Al Qaeda en Trípoli?

A medida que se acerca el final del conflicto en Libia, con la toma de Trípoli por los rebeldes y la huida del coronel Muamar Gadafi, crecen las preocupaciones ante el futuro que aguarda ese país petrolero de la cuenca mediterránea. Algunos temen un proceso violento y caótico como en Irak después del derrocamiento de Sadam Hussein por las tropas de Estados Unidos, en 2003. Otros sugieren un escenario de tipo afgano, tan horripilante como el primero. Y hay los que ven a Al Qaeda por todas partes, como el propio Gadafi, que ha denunciado desde el inicio la infiltración de los terroristas islamistas en el Consejo Nacional de Transición (CNT), el Gobierno provisional de los rebeldes instalado por el momento en Benghazi.

Es muy improbable que Libia siga el camino de Irak o Afganistán. Por varios motivos. Primero, porque no hay ese terrible conflicto religioso que enfrenta a chiíes y suníes en Irak. En Libia, todos son suníes, muy practicantes pero sin ser fundamentalistas, con excepción de un pequeño grupo concentrado en el este del país, en la Cirenaica. Se trata, además, de un país con una población de apenas seis millones de habitantes y un territorio casi tan grande como México, desértico en su mayor parte, es cierto, pero repleto de petróleo. Sin muchos esfuerzos, Libia podría llegar a tener el nivel de vida de los emiratos del Golfo, algo que no ha sido posible hasta ahora porque Gadafi derrochaba miles de millones de dólares por todo el continente en su campaña enloquecida para ser reconocido como "el rey de reyes de África".

Hay otro factor clave que marca la diferencia entre Libia e Irak. Gadafi no ha sido derrocado por una invasión extranjera, sino por una juventud levantada en armas —arropada por la elite intelectual y los pequeños empresarios— que ha recibido el apoyo militar de la OTAN. El matiz tiene su importancia, por lo menos en términos simbólicos. Sin la cobertura aérea y los bombardeos de la Alianza Atlántica, el coronel estaría todavía en el poder porque la correlación de fuerzas en el terreno estaba claramente a su favor. Los rebeldes, sin embargo, pusieron los muertos y consiguieron así una legitimidad indiscutible, que les da credibilidad para convencer a las huestes gadafistas de desobedecer las órdenes de su líder, que les exhorta desde su escondite a seguir luchando. El CNT ha dado una semana más de reflexión a los jefes de las grandes tribus vinculadas a Gadafi para que reconozcan a las nuevas autoridades. Esa concesión es una prueba de madurez de parte del CNT, que parece haber entendido los riesgos de un conflicto prolongado.

Queda, sin embargo, otro motivo de inquietud: la presencia de algunos islamistas radicales entre los rebeldes y el anuncio por el CNT de que la sharia (ley islámica) será la principal fuente de derecho en la nueva Libia. Los medios opuestos a la intervención de la OTAN en Libia ven aquí la prueba de que ese país se dirige hacia a una dictadura de tipo islamista. Sería una repetición de lo que pasó en Irán, en 1979, cuando los países occidentales dieron la espalda al shah Reza Pahlevi y apoyaron a Jomeini, pensando que el ayatolá instalaría un sistema democrático en Teherán. Estados Unidos repetiría el mismo error cuando reclutó a Osama Bin Laden para luchar contra los soviéticos en Afganistán, sin imaginarse entonces que el saudí se convertiría en su peor enemigo veinte años después.

La prensa rusa y los medios "antiimperialistas" (cubanos, bolivarianos y otros) aseguran que los yihadistas libios también han engañado a la OTAN y son en realidad los verdaderos líderes de la insurrección. Como prueba, señalan la designación, por parte del CNT, del nuevo jefe del consejo militar de Trípoli, Abdelhakim Belhadj, "un hombre muy valioso para Al Qaeda". Es una verdad a medias. Belhadj combatió en Afganistán, pero pertenece al grupo de yihadistas libios que rompieron con Al Qaeda a cambio de su liberación, el año pasado, de la siniestra cárcel de Abu Salim, en Trípoli, donde estaba recluido desde 2004. Esa decisión fue el resultado de un largo proceso de "diálogo y reconciliación", que involucró a las autoridades religiosas y a un hijo de Gadafi, Saif al-Islam, considerado entonces como un reformador.

¿Puede un ex yihadista convertirse a la democracia o fue una simulación para obtener su libertad? No importa demasiado. Los propios libios los pondrán en su sitio. Después de 42 años de dictadura, no están dispuestos a someterse a un nuevo autoritarismo, ya sea político o religioso.

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