Jueves, 14 de Diciembre de 2017
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Chile

¿Qué pasa en Chile?

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Como dijo un comentarista muy conocido en Chile, al toro se le torea una sola vez porque para la segunda ya sabe. Eso ha sucedido con los estudiantes, que tuvieron su aprendizaje durante la gestión de Michelle Bachelet. Aunque las intenciones de la mandataria eran loables, el método fue fallido y poco lograron los educandos en 2006, en la vibrante Revolución de los Pingüinos. Así se le bautizó, por el color de sus uniformes.

Tres meses dura ya la batalla. Pero ahora no van al trapo rojo, sino al torero. Saben que si ceden en la presión, no lograrán sus objetivos. Su método es negociar y manifestarse, proponer y no dejar la calle. Es un sitio lo que tienen contra La Moneda, y levantarlo no es perder la batalla, sino la guerra, para no utilizar un término del que Fernández Buey sabe mucho: desobediencia civil. Los estudiantes tienen sin duda la iniciativa y cada vez le reducen más el espacio al ejecutivo. Ya es un milagro que se salve el curso para cerca de 250 mil alumnos. Con el curso perdido, las presiones serán mayores.

Otro flanco que va pasando rápidamente a primer plano y que podría propinar un golpe irreparable en la imagen de la actual administración, se encuentra en los cuatro estudiantes y dos padres que desde hace cerca de 40 días llevan a cabo una huelga de hambre en el Liceo capitalino Darío Salas.

Aunque se suele decir que los pueblos no tienen memoria, late todavía en el recuerdo nacional la educación eminentemente gratuita que gozaban los chilenos antes del régimen de Augusto Pinochet. Fue éste quien entregó a empresarios privados una gran parte del sistema educacional. Recientemente Pablo Longueira, actual ministro de economía y un referente de la derecha chilena, utilizó la palabra "felicidad" al referirse a sus años de estudios gratuitos en la universidad.

La batalla por la reforma educacional en Chile tiene como figura central a Camila Vallejo, rara combinación de líder estudiantil, militante comunista y sex symbol. A pesar de la bella fragilidad de sus 23 años, no se ausenta de una algarada y no se calla un apóstrofe. La justicia ya le asignó protección policial ante amenazas frecuentes.

Por encima de alguna frase vitriólica sacada de los años setenta o de su cercanía con cercanos de Fidel Castro, entiende Vallejo que el problema de la "perversa" educación chilena no es de ideologías, sino material, y aboga, además, porque mejore la calidad del sistema, mal evaluada por investigaciones y encuestas. 

La situación del estudiante chileno

Vale recordar que las demandas de los educandos no se instalan en un país en marasmo económico. Chile viene creciendo como promedio en más del 6 por ciento anual, y en el semestre pasado su Producto Interno Bruto llegó hasta 8,6. Educación gratuita no es una exigencia que pondrá en crisis a un país que, entre otros factores, posee reservas internacionales por casi 25 mil millones de dólares (Bélgica cuenta con muy poco más), según Foreign Currency Liquidity.

Desde luego que el movimiento estudiantil conoce que en México costó innumerables luchas alcanzar una reforma en el sistema, y sabe perfectamente que en países próximos como Argentina y Uruguay predomina la educación gratuita, aun con todos los problemas que resten por resolver.

En opinión del académico Marcel Claude, "Chile tiene la educación universitaria más cara del mundo, con un costo que representa el 72 por ciento del PBI per cápita". La deuda promedio de un graduado universitario chileno se estima en 40 mil dólares. De acuerdo con Antonio Delfau, sacerdote jesuita y director de la revista Mensaje, "el Estado chileno dedica a la educación solamente el 2 por ciento PIB".

Si es cierto que el acceso a la universidad llegó al millón de alumnos, pocas veces se alude a las altas tasas de deserción, precisamente por los elevados aranceles. Estos estudiantes quedan, además de endeudados, sin título. Por otro lado, comenta Claude que la desigualdad —Chile es uno de los países con más altos niveles de desigualdad en el mundo—, se profundiza en el sistema educacional, que debe ser precisamente la instancia socialmente equilibradora. Los ricos, desde luego, van a las mejores universidades. De acuerdo con el catedrático, "el país austral posee recursos para convertir a la educación en un derecho asegurado por el Estado".

Los niveles primario, secundario y preuniversitario muestran otros problemas, igualmente preocupantes.

Educación y más allá

Dos perspectivas se abren al futuro. Por un lado están sectores —incluido el estudiantil— que abogan por un plebiscito que dirima la ecuación educacional. Junto con gruesas dificultades legales, un obstáculo no menor estriba en cómo llegar a acuerdo sobre qué se preguntará.

Más hacedera parece el alza de impuesto para aquellos que ostentan mayores ingresos. Esto enriquecería en varios miles de millones de dólares el erario público, aun cuando el alza sea pequeña. En Chile hay empresas extranjeras, en un emporio como la minería del cobre, que abonan menos de la mitad del impuesto que pagarían en sus países de origen. La Moneda no niega la posibilidad de un incremento impositivo, pero tal titubeo no dimensiona el tamaño de lo que encara.

Una singularidad en la preferencia política de los chilenos tiene que ver con el constante empate que se produce entre las dos coaliciones que determinan el rumbo del país desde el cese de la dictadura. Esto hace necesario, de acuerdo con no pocos expertos, la revertebración legal —acaso en partidos independientes— de las dos alianzas que resultaron primordiales en la transición a la democracia.

A pesar de lo anterior, esta última contiene su dinámica propia, y ello le ha permitido a Piñera actuar en una coyuntura particular. Referente del partido Renovación Nacional, el mandatario cuenta con el apoyo de esta organización, y ello le permitió enviar al Congreso el Acuerdo de Vida en Pareja, que incluye algo muy próximo al matrimonio homosexual. Su aliado, la Unión Demócrata Independiente, que es el partido más votado en el país, resiste la medida, junto a la jerarquía de la iglesia católica. Todo indica que el proyecto se aprobará con el voto de Renovación Nacional y la oposición, y el aplauso unánime de la comunidad gay chilena.

Si es verdad que el Acuerdo estuvo en su campaña, fuertes presiones sociales y políticas, sumadas a la incómoda imagen de poseer la popularidad más baja de un presidente en los últimos 20 años, decidieron la viabilidad del proyecto.

Pero no se detiene aquí la implicación social de este gobierno de centroderecha. Seis meses pagados de post natal, que en controversias con la oposición se han ido mejorando, pasará también a la historia como un logro de Piñera. El cese del pago del 7 por ciento por servicios de salud para jubilados con sueldos menores a 500 dólares, también irá al récord social del actual jefe de La Moneda, junto a otras leyes de menor cuantía.

Si Piñera alcanzara un acuerdo con los estudiantes se convertiría, en el mismo período, en el mandatario de menor popularidad de las últimas dos décadas y el que ha tomado las más importantes medidas sociales. Bien mirado, lo que ha propuesto en el tema educacional, que no ha sido aceptado, lo coloca ya en esta paradójica situación. Recuérdese que el post natal es prácticamente para todas las mujeres del país que trabajen, sin exceptuar a las temporeras, y con el 7 por ciento se beneficia a cerca de un millón de jubilados. Recientemente, el doctorado por Harvard puso sobre la mesa 4 mil millones de dólares para aplacar la crisis educacional.

Un complejo entramado

Una de las consecuencias de la desconfianza creciente de la ciudadanía en las instituciones —el más grave problema político del país—, ha sido un cambio en la prioridad de los antagonismos, la columna vertebral de la democracia aunque suene feo. Si hasta hace un tiempo los más graves ataques llegaban a La Moneda vía oposición, ahora los antagonistas de primer orden son los actores sociales y no los políticos clásicos. Y esto llegó para quedarse, aunque tal vez una crisis económica internacional podría atemperar por un tiempo la voz de la calle.

Los dos días de paro nacional decretado por la Central Unitaria de Trabajadores volvió a probar la existencia de un malestar de fondo que se arrastra desde gobiernos anteriores, y ambas coaliciones son responsables de la actual situación. De ahí la desconfianza popular. Nunca la gestión de un presidente puesto en La Moneda por la Concertación logró realizaciones plenas frente a la férrea oposición de quienes ahora son gobierno. En las dos décadas previas a Piñera, la política chilena, al principio bajo la sombra de la dictadura, solía resolverse en negociaciones que mediatizaban y hasta desvirtuaban muchos empeños sociales del ejecutivo.

Pocos dudan hoy en que disminuir la desigualdad entre los chilenos se constituye en la piedra de toque de la política nacional, con independencia de quien ocupe el poder.

Alguien me preguntó una vez si no iba Chile hacia la ingobernabilidad por tanta protesta y turbamulta. Para esto no tengo respuesta, pero sí sé que cada vez que un chileno tira una piedra o lanza un grito le está diciendo a los poderes que ellos no son los dueños del país.

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