Lunes, 18 de Diciembre de 2017
19:04 CET.
Inglaterra

Bárbaros

"Un niño de 12 años, BlackBerry en mano, sale de los juzgados de Manchester, donde reconoció que participó en los robos de los últimos días". Ese texto acompañaba una foto de la agencia Reuters, ampliamente difundida, donde se veía a un joven parcialmente cubierto por una capucha roja. El aprendiz de delincuente era de raza blanca, de piel muy clara. Una sola foto —hubo muchas otras similares— derrumbaba de golpe dos de los principales mitos sobre los violentos disturbios de esta semana en Inglaterra: los ladrones no eran todos negros y tampoco eran pobres, ya que muchos de ellos usaban teléfonos celulares de alta gama.

A pesar de las evidencias contrarias, los medios dieron cabida a los tópicos habituales para explicar los saqueos y las agresiones que provocaron la muerte de cinco personas en Londres, Manchester y Birmingham. Todo se debía supuestamente al racismo, a la exclusión social, al desempleo y a los recortes de las prestaciones sociales, primer paso hacia el desmantelamiento del Estado de bienestar. Eso decía la prensa extranjera, mientras la británica era mucho más precavida en sus análisis. Hasta los diarios de izquierda, como The Guardian y The Independent, no compraron del todo las explicaciones sobre la "desigualdad social" y el racismo. Algo no cuadraba: agresores y víctimas vivían en los mismos barrios y, en muchos casos, pertenecían a minorías étnicas, como lo ilustra el video de la agresión a un estudiante malayo de 20 años, Ashraf Haziq.

En esas imágenes, que han dado la vuelta al mundo y han avergonzado a los británicos, se ve al pobre Ashraf, tirado en la acera y con la mandíbula rota. Le acaban de quitar la bicicleta. Se le acercan unos adolescentes. Hacen como que le van a ayudar, pero dos de ellos, un negro y un blanco, le abren la mochila para robarle una videoconsola y huyen con el botín. En Birmingham, tres jóvenes musulmanes de origen asiático, que cuidaban los negocios de su comunidad, fueron arrollados "deliberadamente" por un coche conducido a gran velocidad, según el jefe de la policía local. Los agresores fueron, al parecer, unos adolescentes de raza negra, que han sido detenidos. ¿Las motivaciones? Quizás, el odio y la envidia que sienten algunos elementos de la comunidad negra hacia esos inmigrantes indios o paquistaníes que trabajan duro y son exitosos en los estudios.

Con la ayuda de dos criminólogos, la BBC ha analizado las "diez motivaciones" más señaladas para explicar los disturbios. El racismo de la policía hacia la comunidad negra tuvo relevancia en las olas de violencia urbana de 1981 y 1985, pero no es el caso ahora. Se han dado cambios profundos dentro de los cuerpos policiales. En los últimos tres años, ninguno de los siete delincuentes matados a tiros por la policía era negro. Hasta el confuso incidente del pasado 4 de agosto, cuando fue abatido Mark Duggan, un delincuente de 29 años que era también padre de cuatro hijos. Más que la causa de los disturbios actuales, su muerte fue la coartada que sirvió de justificación a los alborotadores.

Según esos expertos, la exclusión social es también una "excusa" para justificar la violencia, como lo es la reducción del gasto social, ya que las medidas de austeridad son muy recientes y sus efectos no se harán "sentir plenamente hasta el año que viene". En cambio, los dos criminólogos comparten la percepción de muchos analistas, tanto de izquierdas como de derechas, que ven en los saqueos una forma de consumismo exacerbado. Las turbas no entraron en los supermercados para robar arroz o carne. Fueron a las tiendas de ordenadores o de ropa de lujo. Y planificaron sus razias a través de sus BlackBerry, SMS, Twitter y Facebook. A diferencia de lo que está pasando en el mundo árabe, donde la juventud rebelde usa esa tecnología moderna en su lucha contra las dictaduras, los saqueadores londinenses recurren a ella para robar y destruir.

¿Y si el problema de las sociedades ricas estuviera en realidad en el exceso de prestaciones sociales, más que en su recorte? En lugar de ayudar a las familias a construir un futuro más digno, esos cheques mensuales sirven para comprar la paz social y se vuelven un modo de vida, hereditario además en varios países europeos, donde los hijos siguen los pasos de sus padres y se instalan en el desempleo permanente, sin hacer el menor esfuerzo para encontrar un trabajo. Estamos ante una perversión del Estado de bienestar, pero nadie se atreve a denunciar esa deriva.

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