Sábado, 16 de Diciembre de 2017
14:14 CET.
Opinión

Hambruna y bolsas

Mientras el mundo desarrollado vive en la angustia creada por el derrumbe de las Bolsas y la crisis financiera que amenaza su consumismo frenético, millones de africanos sufren una hambruna que ya ha matado a miles de niños. La simultaneidad de esas dos tragedias —la pérdida del empleo en el Norte y la muerte a fuego lento en el Sur— está teniendo consecuencias inesperadas en materia de solidaridad internacional. Hoy, las sociedades ricas están más reacias a ayudar a esos países lejanos y caóticos. Porque necesitan todos sus recursos para resolver los graves problemas que tienen en casa y, también, porque hay una cierta desazón ante la irresponsabilidad criminal de algunos gobiernos africanos.

Hace veinte años, cuando esas mismas poblaciones del Cuerno de África (Somalia y Etiopía) vivieron otra hambruna devastadora, Occidente se volcó para ayudarlas. Se repite en estos días el mismo escenario, con cientos de miles de refugiados en campamentos donde llegan familias exhaustas y donde mueren los niños más débiles. Ahora, como en 1991-1992, las televisoras nos presentan las mismas imágenes dramáticas, esos pequeños esqueletos postrados y alimentados por sondas nasales. Las cifras anunciadas por Naciones Unidas son espeluznantes: la sequía está afectando a unos 12 millones de personas, de las cuales medio millón están en riesgo de morir si no hay una intervención urgente. Además, la crisis humanitaria podría extenderse a los países vecinos, como Uganda.

La ONU, sin embargo, se queja de la lentitud de la reacción de los países ricos, que habrían comprometido apenas la mitad de los fondos solicitados. Las agencias internacionales y las ONG han calculado que necesitan entre 1.100 y 1.600 millones de dólares. En las tertulias de las radios, en los blogs y en las cartas de los lectores en los periódicos, hay un apoyo mayoritario al envío de ayuda a los damnificados de África. En lugar de gastar miles de millones en las guerras de Libia o Afganistán, ¿por qué no usamos esos presupuestos colosales para una buena causa y salvamos así a miles de niños? Algunos lectores culpan de ese "genocidio" al mundo capitalista, porque "especula con los alimentos para mantener los precios a un nivel alto". Los viejos tópicos de los años 70 siguen con buena salud e, incluso, están siendo reciclados por el movimiento de los "indignados", esa nueva rebelión que moviliza a un sector de la juventud en Europa.

No hay ninguna relación de causa-efecto entre el derroche —irresponsable, sin la menor duda— de las sociedades desarrolladas y las hambrunas en el Cuerno de África. Lo han señalado con mucha claridad tanto el gerente del Banco Africano de Desarrollo, Donald Kaberuka, como el ex presidente de Médicos sin Fronteras (MSF), Rony Brauman. "No es una cuestión de dinero", dice Brauman, que conoce muy bien la problemática de esa región. "Incluso, si tuviéramos diez mil millones de dólares en efectivo, no podríamos salvar a Somalia. Es una cuestión política, y solo los somalíes pueden aportar la solución cuando decidan rebelarse contra la milicia islamista Al Shabab". La hambruna, confirma Kaberuka, "se debe únicamente a las destrucciones provocadas por los enfrentamientos internos". La ausencia de un gobierno central en los últimos veinte años y el clima de anarquía permanente han provocado la división del país en tres territorios, uno de ellos controlado por esa milicia relacionada con Al Qaeda. Y la crisis alimenticia ocurre precisamente en la zona de Al Shabab, que impide la entrada de la ayuda internacional y provoca así la huida de los damnificados hacia los campamentos situados en los países vecinos.

De paso, Brauman critica duramente a Naciones Unidas por usar un tono "alarmista" y exagerar la cantidad de gente afectada por la hambruna. Hace un mes, la ONU calculaba 3 millones de víctimas. Ahora habla de 12 millones. Esa danza de los millones parece obedecer a una estrategia de comunicación para movilizar a los países ricos. O sea, una mentira bien intencionada, que ha tenido finalmente un efecto contraproducente. Al poner la barra tan alta, solo se ha logrado desanimar a la comunidad internacional, especialmente en estos tiempos de crisis financiera y de desasosiego en las sociedades desarrolladas. Como es imposible ayudar tanta gente, los gobiernos dan el servicio mínimo, para que no se les acuse de falta de sensibilidad y tampoco de derrochar el dinero de los contribuyentes.

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