Martes, 12 de Diciembre de 2017
20:27 CET.
Libia

Matones libios

Llegan de Libia muy malas noticias. El extraño asesinato, el jueves pasado, del máximo jefe militar de la rebelión contra el régimen del coronel Gadafi ha puesto de manifiesto la lucha feroz por el poder dentro del Consejo Nacional de Transición (CNT). El general Abdelfatah Yunis no habría muerto en una emboscada preparada por los esbirros del gobierno de Trípoli, como se creía al inicio. En realidad, el oficial habría sido víctima de una purga interna. El CNT no ha ofrecido hasta ahora una explicación verosímil sobre lo ocurrido. Y la comunidad internacional, que tanto apoyo le ha dado, parece tenerle miedo a la verdad. Si se confirma la hipótesis del ajuste de cuentas, será más difícil justificar los bombardeos de la OTAN ante la opinión pública europea, que tiene dudas sobre las credenciales democráticas de los rebeldes.

Durante 40 años, el general Yunis fue uno de los más cercanos colaboradores de Gadafi. Sin embargo, el 22 de febrero, renunció a su cargo de ministro del Interior y decidió apoyar la rebelión contra el régimen. No se fue solo. Llevó con él a miles de uniformados de las fuerzas de elite que estaban bajo su mando. Esas tropas fueron clave para desarmar a las milicias de Gadafi en Benghazi y tomar la ciudad, que se ha convertido en la sede del gobierno rebelde. En signo de agradecimiento, Yunis fue nombrado jefe del Estado Mayor y encargado de dirigir la ofensiva militar contra el ejército de Trípoli. Esa designación disgustó a algunos, que aspiraban al puesto, y a otros, que desconfiaban de un hombre que había servido a Gadafi durante tanto tiempo. Empezaron a circular rumores sobre supuestas negociaciones secretas entre el general Yunis y su antiguo jefe. Se habló, incluso, de una posible traición, que explicaría el estancamiento de la tropa rebelde en los diferentes frentes de guerra, a pesar del apoyo aéreo de la OTAN.

Ahora, con la distancia, esa campaña de descrédito aparece como una justificación previa para el "ajusticiamiento" de un hombre que había dirigido el aparato de seguridad del régimen de Trípoli. Yunis no era, sin embargo, el único líder rebelde que había trabajado con Gadafi. El propio presidente del CNT, Mustafa Abdul Yalil, había sido ministro de Justicia del dictador. El CNT es una alianza que reúne a gente de horizontes muy variados y, a veces, contradictorios: ex colaboradores del régimen, exiliados que vivían en Estados Unidos o en Europa, empresarios locales, gente ilustrada (universitarios, jueces), yihadistas que lucharon en Afganistán o Irak, expresos políticos y unos pocos activistas de derechos humanos. En esa amalgama, hay demócratas, extremistas violentos y, también, partidarios del islamismo autoritario. Y todos están ahora armados, especialmente los dos últimos grupos.

En mayo pasado, hubo una primera alerta cuando la Brigada 17 de Febrero, al mando de un ingeniero petrolero llamado Fauzi Bukatef, fue acusada de actuar como un "escuadrón de la muerte" en su afán por detener o eliminar a antiguos colaboradores del régimen de Gadafi. Con unos 2.000 hombres, esa milicia es una fuerza de combate en el frente de guerra y, al mismo tiempo, una policía política. Uno de sus comandos detuvo a un grupo de ex militares franceses —mató a uno porque se había "resistido”– que habían llegado a Benghazi para vender servicios y material de seguridad al CNT. Creían que eran "espías de Gadafi". Es la misma acusación que algunos esgrimen ahora para justificar el asesinato del general Yunis, cuya autoridad no reconocía la Brigada 17 de Febrero. "Somos autónomos", decía uno de sus dirigentes, que aseguraba tener, sin embargo, "una buena relación con el jefe del Estado Mayor".

Ahora bien, no se sabe todavía si esa milicia está directamente involucrada en la muerte de Yunis y de los dos oficiales de alto rango que lo acompañaban. Según gente cercana al general, los tres fueron engañados para ser llevados a una base de la Brigada 17 de Febrero, donde habrían sido interrogados antes de ser ejecutados y sus cuerpos quemados, algo muy inusual. Un representante de la Brigada, citado por la agencia EFE, asegura que fue otra milicia, mientras la televisora satelital Al-Jazeera señala a "radicales islamistas" del ejército rebelde. Ya nadie acusa a Gadafi. Queda claro que se trata de una lucha sórdida entre varias facciones de la rebelión. Están en juego el poder y el acceso al dinero del Estado libio depositado en el extranjero. Antes de descongelar esos fondos gigantescos, Estados Unidos y Europa harían bien en exigir del CNT que ponga orden en sus filas y pare los pies a los matones.

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