Viernes, 15 de Diciembre de 2017
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Guatemala

¿Quién mató a Facundo Cabral?

Al presidente Álvaro Colom, de Guatemala, habría que premiarle por la sorprendente rapidez con la cual ha "resuelto" el homicidio de Facundo Cabral, ocurrido la semana pasada. O, quizá, sería más apropiado felicitarle por su éxito en la manipulación mediática de un asunto de trascendencia internacional. Según la versión oficial, que cita el testimonio de un sicario arrepentido, el cantautor argentino, de 74 años, fue víctima de una confusión en el transcurso de un ajuste de cuentas entre narcotraficantes. Los asesinos habían sido contratados para matar al nicaragüense Henry Fariñas, que le organizaba los conciertos y lo llevaba al aeropuerto en esa madrugada del 9 de julio. Con tan mala suerte que los balazos mortales fueron para el poeta, mientras su acompañante solo fue herido y se recupera en una clínica privada.

En menos de tres días, las autoridades guatemaltecas habían detenido a dos de los matones y acusaban al "crimen organizado transnacional" de haber ordenado el asesinato de Fariñas desde Nicaragua, por haberse quedado el dinero de un alijo de droga. Era, sin duda, una explicación muy conveniente para Álvaro Colom, que se quitaba de encima una enorme losa a dos meses de las elecciones. "Caso resuelto", titularon los periódicos con una sorprendente unanimidad. Todo cambió cuando los nicaragüenses se dieron cuenta de que, sin presentar la más mínima prueba, Colom intentaba hacerles cargar con ese muerto tan famoso y tan querido en todo el continente.

Desde Managua exigen pruebas sobre los supuestos vínculos de Fariñas con el narcotráfico (solo se sabe que administra un club nocturno en Guatemala). La presidenta de la Corte Suprema de Justicia, Alba Luz Ramos, ha sido la más vehemente.

"Las autoridades guatemaltecas han especulado, nada más, puras especulaciones. No hay ninguna investigación seria que asegure que el atentado era contra el nicaragüense. Quieren echarnos a nosotros la sombra de la duda, cuando ellos tienen 17 muertos por día y una violencia incontrolable". Esas declaraciones, sorprendentes de parte una personalidad de tan alto rango, revelan el profundo malestar que han generado las filtraciones sobre una posible relación de Fariñas con el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), el partido al cual pertenecen la magistrada y el Gobierno actual en Managua.

No se trata, sin embargo, solo de un asunto sandinista, como lo indica la reacción de la presidenta del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos, Vilma Núñez, que rompió radicalmente con el FSLN hace varios años. "Hasta ahora no hay ninguna evidencia, todo es muy ambiguo [y] no puedo creer que Nicaragua ahora sea el centro de todas las barbaridades que ocurren en Centroamérica y en México". Y no lo es, por la sencilla razón de que ese país es el menos violento de la región, después de Costa Rica.

Las autoridades nicaragüenses barajan otra hipótesis sobre el asesinato de Facundo Cabral. Podría tratarse de "un mensaje del narcotráfico internacional" a los gobernantes centroamericanos para disuadirles de aplicar el plan de seguridad regional aprobado hace poco. Si así fuera, entonces el cantautor argentino habría sido la víctima paradigmática que necesitaban los narcos para instilar el terror. El solo hecho de que los sicarios no hayan rematado a Fariñas y al otro ocupante del coche, como suelen hacer en ese tipo de operaciones, es un indicio a favor de esa hipótesis.

Un amigo guatemalteco se quejaba en esos términos: "En mi país, las autoridades no resuelven judicialmente los crímenes, arman los casos en función de la rentabilidad política o económica". Y es, al parecer, lo que acaban de hacer Álvaro Colom y sus asesores de la CICIG, esa Comisión Internacional Contra la Impunidad cobijada por la ONU para combatir el crimen organizado en Guatemala. Pasó lo mismo con las investigaciones sobre otros casos sonados, como el asesinato del obispo Juan Gerardi, en 1998, que fueron instrumentalizadas por algunos grupos políticos y por ONG de derechos humanos.

Guatemala no es, sin embargo, un "Estado fallido", como se dice a menudo. El problema está en la insensatez de su clase política y la corrupción que gangrena el sistema judicial. Está también en la irresponsabilidad de esa parte de la sociedad civil que lucra con las desgracias del país para hacerse de capital político y conseguir apoyo económico de parte de la comunidad internacional. Todos ellos han contribuido a abonar el terreno para que los violentos se apoderen de Guatemala. Y estos no parecen dispuestos a seguir el sabio consejo de Facundo Cabral: "Si los malos supieran lo buen negocio que es ser bueno, serían buenos, aunque solo fuera por negocio".

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