Domingo, 17 de Diciembre de 2017
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Libia

Mercenarios de Gadafi

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Se llamaba Destiny Akpomaikpon y murió en los combates de Misrata el mes pasado. ¿Qué hacía un nigeriano de 25 años en esa ciudad que se ha rebelado contra Muamar el Gadafi? Había sido reclutado por la dictadura para aplastar a los jóvenes que se levantaron en armas a mediados de febrero contra un régimen incrustado en el poder desde 1969. Como él, cientos de africanos, algunos europeos del antiguo eje soviético y unos pocos latinoamericanos se han enrolado a cambio de jugosos salarios. La oferta era muy atractiva y el riesgo supuestamente mínimo, pero la dura realidad desmintió ambas cosas y atrapó a esos soldados de fortuna en un callejón sin salida.

No me creía mucho esas historias de fichajes masivos de mercenarios, que circulaban con insistencia y parecían ser un ardid propagandístico para desacreditar aún más, si cabe, al régimen de Trípoli. Podía tratarse de libios, puesto que en Libia hay una población negra importante y Gadafi tenía mucho apoyo entre ellos. Mi escepticismo se esfumó cuando me topé con los pasaportes de Destiny y de varios de sus compañeros muertos. Ahí estaban exhibidos en un tablón de la calle Trípoli, la principal arteria de Misrata, que los rebeldes reconquistaron a mediados de mayo, después de dos meses de violentos combates (unos mil muertos de cada lado), y que las tropas de Gadafi intentan retomar de nuevo.

Al lado del muro de los numerosos "mártires", está otro muro, el de la vergüenza, donde ha sido colocada la documentación incautada a tres nigerianos, tres chadianos, un sudanés, un mauritano, un nigerino, un ghanés y varios extranjeros con papeles libios. Hay también, pegados con cinta transparente, varios billetes falsos encontrados en los bolsillos de los mercenarios muertos, que fueron engañados por sus reclutadores (circulan videos donde se ve claramente fotocopias burdas de dólares y euros entre las pertenencias de los gadafistas). Más sorprendente aún es la presencia de una mujer en medio de esos hombres aguerridos, una nigeriana de apenas 21 años llamada Sofia John. En la foto aparece con pelo corto. Nació en la misma ciudad que Destiny, quizá su novio.

Corría el rumor de que había mujeres apostadas en la Torre de Seguros, el edificio más alto de la calle Trípoli, donde un verdadero ejército de francotiradores se había ubicado para matar como conejos a los ciudadanos —civiles en sus casas o rebeldes armados— que aparecieran en la mira de sus fusiles de alta precisión. Los francotiradores tenían una doble misión: por un lado, proteger a las tropas regulares de Gadafi que intentaban consolidar su presencia en la ciudad y, por otro lado, castigar a la población civil que, en su gran mayoría, apoyaba a los rebeldes.

"Con los prismáticos, vimos que había mujeres disparando desde el edificio", cuenta un ex militar que se ha pasado a las filas rebeldes. Además de Sofia, la nigeriana, había dos colombianas, aseguran todos los que estuvieron en la calle Trípoli. Algunos dicen haber visto los cuerpos de dos mujeres, "ni blancas ni negras", tirados en la acera de la Torre de Seguros. Lo confirma Ahmed Hadiya, el director de la radio local. Su equipo nunca interrumpió sus transmisiones, incluso en el momento más álgido de los enfrentamientos, cuando tuvieron que hacer un hueco en una de las paredes para entrar en el local, cuya puerta de entrada estaba al alcance de los francotiradores. "Según mis fuentes, los que recogieron los cadáveres encontraron un pasaporte colombiano en las pertenencias de una de las mujeres. Yo no lo he visto y no sé lo que han hecho con ese documento, pero no tengo por qué dudar del dato".

¿Qué harían dos colombianas en Misrata? Matar, como lo hacen con toda normalidad en su país de origen los integrantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la organización a la cual debían de pertenecer. Las FARC tienen una deuda con Gadafi, tan generoso con todos los movimientos armados y los gobiernos antiimperialistas, desde los terroristas vascos de ETA hasta los regímenes de Cuba, Nicaragua o Venezuela. Por ese mismo motivo están ahí los africanos, cuyo reclutamiento ha sido avalado en muchos casos por sus gobiernos respectivos, especialmente Chad, Níger o Malí, donde el Estado libio ha invertido sumas colosales en infraestructuras, hoteles, minas y… corrupción.

Durante décadas, Gadafi ha construido una amplia red de apoyos internacionales con el dinero que le daba el petróleo —Hugo Chávez intenta hoy hacer lo mismo, con menos éxito— y creó, incluso, un ejército tuareg con la población nómada que vive en las tierras desérticas del Sahara, de Libia hasta Mauritania. Algunos de sus aliados empiezan, sin embargo, a alejarse del apestado de Trípoli porque lo ven ahora como un perdedor. Otros siguen con él, como Argelia, acusada por los rebeldes de haber mandado combatientes y material bélico a través de la frontera común entre los dos países.

En cambio, del lado de la insurrección, que ha conseguido una gran solidaridad internacional y el apoyo militar de la OTAN, no hay casi ningún guerrillero extranjero, a diferencia de lo que ocurrió el siglo pasado en la guerra civil española y, más tarde, en América Latina. Hasta ahora, solo se ha señalado la presencia de dos veinteañeros, al parecer recientemente convertidos al islam, un francés y un argentino. Este último, como era de esperarse, contó que había sido "inspirado" por la lucha de Che Guevara. Reconoció, sin embargo, en un breve texto publicado por un periódico de Bengasi, que la causa de los rebeldes libios no era del agrado de los admiradores habituales del Che. Cómo lo iba a ser, si se trata de defender la libertad en todas sus dimensiones y, además, bajo el paraguas de la OTAN.

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