Sábado, 16 de Diciembre de 2017
16:44 CET.
Libia

Misrata, castigada por Gadafi, vuelve a la vida

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Ningún dictador soporta que se le desafíe, y Misrata paga hoy un alto precio por haberse rebelado contra Muamar el Gadafi. Esa ciudad de 500 mil habitantes, la más próspera de Libia, restaña sus heridas después de haber estado parcialmente ocupada durante dos meses por las tropas de la 32ª Brigada, dirigida por el hijo del dictador, Khamis. Un recorrido por el centro pone los pelos de punta. ¿Cómo un jefe de Estado —o Guía de la revolución, como el coronel Gadafi quiere ser llamado desde que tomó el poder en un golpe militar incruento en 1969— puede tratar a su propio pueblo como lo acaba de hacer en Misrata, destruyendo con artillería el centro de la ciudad y matando civiles a mansalva con tanques?

No hay un solo edificio de la calle Trípoli, la más emblemática por sus comercios, hoteles y restaurantes, que haya salido indemne de la furia destructiva de la 32ª Brigada. El histórico hotel Tourist, construido por los italianos en el tiempo de la colonia (1911-1943) ha cerrado sus puertas por los daños sufridos. A su lado, la cafetería Simbad, muy concurrida hasta el inicio de los combates, a mediados de marzo, ha sido arrasada por los disparos de los tanques. Enfrente quedan los restos de un blindado soviético destruido por los aviones de la OTAN. Quizás es el mismo que hizo trizas los edificios aledaños.

Varios tramos de esa avenida ancha y de la otra gran arteria comercial, la calle Benghazi, son verdaderos campos de ruinas. Algunas casas tienen huecos gigantescos provocados por el impacto de los misiles Grad. Otras, acribilladas con saña, presentan incontables agujeros en sus fachadas. Muchas tendrán que ser derribadas y reconstruidas. ¿Cuántas familias habrán muerto en esos edificios, ahora abandonados? Hay historias que parten el corazón, como la de esa niña de cinco años que perdió una pierna y a sus dos hermanitos cuando un Grad hizo explosión en su casa. Se está recuperando en un hospital de Misrata después de una operación delicada. "Cuando vemos esos casos, lloramos en la sala de emergencia", comenta un cirujano egipcio, que colecciona las balas y las esquirlas extirpadas de los cuerpos de las víctimas. "Aquí, podemos hablar sin la menor duda de crímenes de guerra", recalca.

Una filmación realizada por un camarógrafo temerario, Mohamed Masli, registra el rescate peliculesco de una numerosa familia marroquí atrapada durante tres semanas dentro de una casa de ese mismo barrio. Las imágenes reflejan el infierno vivido por esos civiles, que tuvieron la gran suerte de ser localizados por un grupo de rebeldes. La familia logra salir sana y salva. Dos de los combatientes, sin embargo, mueren alcanzados por los francotiradores agazapados en la Torre de Seguros, el edificio más alto de la calle Trípoli.

La liberación de Misrata por sus propios ciudadanos, apoyados por los bombardeos de la OTAN, figurará sin duda en los libros de historia de la nueva Libia como una gran hazaña. Por el momento, sus habitantes saben que la pesadilla no ha terminado. Las tropas de Gadafi se han alejado unos 25 kilómetros, pero la ciudad sigue asediada por tres costados, con una única salida a través del puerto, que funciona a medio gas. A pesar de la amenaza que sigue pesando sobre ella, la población intenta ahora retomar una vida normal. Es su manera de decirle a Gadafi que lo han derrotado, que está acabado.

Los vecinos se han movilizado para limpiar sus barrios de todos los vestigios de la guerra. Brigadas de adultos y niños, con mascarillas, escobas y palas, se afanan en esas tareas a lo largo y ancho de la ciudad, mientras se oye a lo lejos la artillería de la 32ª Brigada y la respuesta de los aviones de la OTAN. En la calle Trípoli, el ayuntamiento y varias empresas han desplegado su maquinaria pesada para retirar decenas de contenedores y enormes camiones que los rebeldes habían atravesado para impedir el avance de los tanques de Gadafi. Algunos expertos se encargaron previamente de recoger las minas y las bombas sin explotar que habían quedado en varios edificios.

Al atardecer, familias enteras recorren en silencio la calle Trípoli. Observan, incrédulos, la devastación de su ciudad. Toman fotos con sus celulares, que sólo para eso sirven mientras no se restablezcan las comunicaciones. Los niños se suben sobre los tanques soviéticos abandonados y los padres se acercan al museo, improvisado en plena calle, donde están expuestos todos los tipos de proyectiles que les han caído encima durante semanas. Casquillos de ametralladora antiaérea, AK-47, morteros, restos de misiles Grad.

Los bancos siguen cerrados, no hay verduras y tampoco frutas, porque el acceso al campo es todavía peligroso. Ha llegado, sin embargo, el gas propano para cocinar, y la fábrica de yogur acaba de reiniciar la producción. La fábrica de aceite y las instalaciones del aeropuerto han sido destruidas por la artillería de Gadafi, pero la gigantesca planta metalúrgica no ha sido afectada y retomará sus actividades cuando termine la guerra. Unas pocas tiendas de ropa —ninguna en la calle Trípoli— y un hotel han reabierto tímidamente sus puertas. Misrata vuelve a la vida poco a poco, con la satisfacción, a pesar de sus mil muertos, de haber contribuido a la derrota inevitable de la dictadura.

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