Sábado, 16 de Diciembre de 2017
11:55 CET.
Libia

Guerra en la autopista

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Quien logre dominar a los cuatro carriles asfaltados que unen Trípoli a Bengasi habrá ganado la guerra en Libia. En los últimos tres meses, Muamar el Gadafi y los rebeldes, apoyados por la OTAN, se han disputado esa autopista de mil kilómetros en pleno desierto, a poca distancia de la costa mediterránea. Desde el cielo, los aviones de la coalición occidental sueltan toneladas de bombas, día tras día, para machacar a las tropas del dictador y obligarles a replegarse. Sin mucho éxito hasta ahora, ya que la oposición armada, o "combatientes por la libertad", como quieren ser llamados, no logran avanzar ante la superioridad militar de la milicia de Gadafi.

Los insurrectos siguen estancados a 200 kilómetros al oeste de Bengasi, capital de la rebelión, pero les falta todavía recorrer 800 kilómetros para llegar a Trípoli. Han logrado consolidar sus posiciones en el tramo bajo su control, que incluye la pequeña ciudad de Ajdabiya, abandonada desde marzo por casi todos sus habitantes. La población empieza a volver e intenta reparar los enormes daños provocados por la artillería de Gadafi a sus hogares y a sus tiendas. Se ha difuminado el temor a un nuevo ataque, pero hay enfrentamientos a menos de 40 kilómetros de distancia, en un punto donde la rebelión ha concentrado una parte considerable de sus combatientes y de su armamento variopinto.

A lo largo de la autopista, en parte cubierta por la arena del desierto, quedan las carcasas de decenas de tanques soviéticos y vehículos de transporte de tropas que han sido destruidos por los bombardeos de la OTAN. Son los despojos de la columna blindada de Gadafi que intentó tomar Bengasi el 19 de marzo, cuando el Consejo de  Seguridad de la ONU acababa de votar una resolución para proteger a la población civil libia. Un poco más adelante, los rebeldes han desplegado decenas de camionetas transformadas en vehículos de guerra, con anticuadas ametralladoras antiaéreas de fabricación soviética, cañones de 106 mm o extrañas armas en forma de turbinas que usaban los helicópteros. Algunos camiones llevan los temibles "órganos de Stalin", que disparan simultáneamente hasta cuarenta y cuatro proyectiles de grueso calibre, con un efecto devastador. Todo proviene de los arsenales de Gadafi, que fueron asaltados por la población civil.

Entre los combatientes, hay de todo. Muchos estudiantes, trabajadores e ingenieros de la industria petrolera y, también, comerciantes, como Mustafa Bukhajar. Ese importador de alfombras ha invertido gran parte de su dinero en su propio armamento. Ha comprado un AK47 robado y una camioneta china nueva, sobre la cual ha soldado una enorme ametralladora. Ahí está, orgulloso de luchar para "liberar a Libia". Como muchos de sus compañeros, lleva el uniforme azul de camuflaje que usaba la policía antidisturbios de Gadafi. Mustafa es el encargado de supervisar el retén que impide el paso a cualquier persona que no pertenezca al ejército rebelde. "Hemos tenido varios infiltrados", dice para disculparse. "Algunos entran por aquí, toman las coordenadas de nuestras posiciones y salen de nuevo para comunicárselas a la gente de Gadafi."

De repente, surge la voz de Gadafi en la radio del coche. Algo surrealista en el contexto. Es un discurso de hace tres semanas, que la propaganda de Trípoli difunde a menudo con el objetivo de crear divisiones entre los rebeldes. Ya no es el Gadafi soberbio que amenazaba con matar a todos sus adversarios. Su tono es pausado, amistoso, paternal. Tiene algo de Hugo Chávez, su gran amigo, cuando habla a "su" pueblo. "Ustedes son mis hijos, no peleen, les daré todo lo que necesiten, coches, dinero. Somos una sola familia." El dictador, que lleva 42 años en el poder, se explaya sobre sus "grandes obras para el bienestar" de los libios, antes de denunciar las destrucciones provocadas por la OTAN. Luego, viene la advertencia para Europa: "¿Quién se va a encargar ahora de parar las olas de inmigrantes que llegan a Libia para cruzar el Mediterráneo?"

Ya nadie toma en serio las palabras del dictador. En cambio, su milicia y sus mercenarios siguen infundiendo temor entre la población. Miles de nuevos combatientes habrían llegado recientemente para reforzar las tropas en el frente, algunos contratados en los países africanos —muy agradecidos por la ayuda económica de Gadafi— y otros, la mayoría, reclutados entre los jóvenes libios llamados al servicio militar obligatorio. Si nadie quiere soltar la autopista, habrá que buscar un arreglo negociado. Quizá, ha llegado la hora de que los africanos, rusos y chinos presionen a su amigo Gadafi y le busquen una puerta de salida.

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