Viernes, 15 de Diciembre de 2017
01:49 CET.
Libia

La revolución estancada

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La guerra en Libia va para largo y, lamentablemente, el tiempo corre a favor de Muamar el Gadafi, que ha sobrevivido a dos meses de intensos bombardeos de la OTAN y no parece dispuesto a tirar la toalla. El dictador ha perdido, quizá, la mitad de su capacidad militar, ya no tiene aviones de guerra y tampoco fuerza naval, sus bunkers y sus centros de comunicación han sido en gran parte destruidos, y el descontento social crece con el desabastecimiento en la capital, Trípoli. Y, sin embargo, ahí sigue el "Guía de la revolución verde", desafiando al mundo y a los rebeldes, que apenas han avanzado sobre el terreno.

Ante la resistencia numantina de Gadafi, que no da su brazo a torcer después de 42 años en el poder, la ciudad rebelde de Bengasi (1 millón de habitantes) moviliza sus fuerzas para la guerra. Miles de voluntarios reciben una breve preparación militar en los cinco campos de entrenamiento abiertos en ese puerto mediterráneo, antes de ir al frente, a unos 200 kilómetros al oeste. A partir de ese punto, empieza el infierno, que se extiende hasta Trípoli, 800 kilómetros más adelante. Dos hijos de Gadafi, Khamis y Muatassim, comandan las tropas que impiden el paso con un diluvio de artillería —los Grad multitubos provocan verdaderas carnicerías—, hasta que los aviones de la OTAN ubiquen las lanzaderas y las aniquilen. En ese camino, han muerto cientos de combatientes de ambos lados. Y morirán mucho más si el conflicto se prolonga.

Desde Bengasi, rival histórica de Trípoli, el Gobierno rebelde coordina los bombardeos con una docena de militares franceses, británicos e italianos, que actúan como enlace con la jefatura de operaciones de la OTAN, en Europa. A partir de los datos entregados por informantes libios sobre los lugares —edificios civiles, hangares agrícolas o gigantescos conductos de agua— donde está escondida la artillería de Gadafi, los expertos hacen verificaciones por satélite antes de atacar y destruir el objetivo. Un coronel rebelde califica de "propaganda mentirosa" las afirmaciones de Trípoli sobre la muerte de civiles bajo las bombas de la OTAN. "Hasta ahora, no ha habido daños colaterales significativos", asegura. Quizá sea cierto, pero los riesgos para los civiles serán mayores si Gadafi hace realidad su amenaza de desplegar "escudos humanos" en los lugares estratégicos.

El "Guía" de la revolución ha dado múltiples pruebas de su crueldad en las últimas semanas, especialmente cuando sus tropas atacaron las ciudades orientales de Libia, hoy todas bajo control de la insurrección. Sólo en Bengasi, murieron entre 500 y mil civiles, según las fuentes, entre el 15 de febrero (inicio de la sublevación) y el 19 de marzo (primera intervención aérea de la OTAN). Hoy, la población del puerto respira mejor, pero no estará fuera de peligro mientras la aviación occidental no haya destruido todos los misiles SCUD de Gadafi. Esas armas tienen un alcance de 300 kilómetros y pueden llevar una carga explosiva de una tonelada, mezclada con gas mostaza. Los rebeldes no descartan que el dictador recurra, en un gesto desesperado, a ese misil devastador, pero se cuidan de decirlo públicamente para no alarmar a la población.

La presencia en las calles de tantos hombres armados, que disfrutan disparando al aire sus kalashnikovs o sus viejas ametralladoras soviéticas, indica que Bengasi está lejos de haber recuperado la normalidad. Los voluntarios han empezado a recoger la basura acumulada en las calles, y los mercados están abastecidos, pero los bancos no funcionan normalmente y no habrá escuela hasta después del ayuno del ramadán, en septiembre. El aeropuerto está cerrado al público y sólo recibe vuelos oficiales. Pocos barcos salen del puerto y los pescadores egipcios que huyeron despavoridos a su país no han vuelto. Tampoco han regresado las enfermeras filipinas, tan necesarias en los hospitales, o los trabajadores subsaharianos empleados en los servicios de limpieza.

La revolución está estancada ante la determinación suicida de Gadafi. A sus adversarios sólo les queda rezar para que una bomba occidental o la mano de un traidor acabe con la vida del dictador lo antes posible, acortando así el sufrimiento de la población. En Libia, como en Cuba o en Corea del Norte, todo gira alrededor del líder (el líder es el Estado, y viceversa) y su desaparición física es vista como la solución a todos los problemas. Muerto el perro, se acabará la rabia. Pero si no se negocia una rápida solución política, llegarán las venganzas, alentadas por la tradición tribal de este país, donde la sangre llama a la sangre.

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