Lunes, 18 de Diciembre de 2017
21:24 CET.
Libia

Desde Bengasi

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Libia vive una revolución atípica, donde los rebeldes enarbolan banderas de Estados Unidos y de las antiguas potencias coloniales, en lugar de quemarlas como suelen hacer casi todos los movimientos de liberación. No sólo eso: piden a gritos que la OTAN aumente la intensidad de los bombardeos para acabar lo antes posible con la dictadura de Muamar el Gadafi. Y parece que, por fin, la alianza occidental ha tomado la decisión de actuar con más ánimo contra el potencial militar del régimen y sus tropas, que mantienen bajo asedio a varias ciudades sublevadas.

A mediados de febrero, cuando Libia se despertó y siguió los pasos de los otros países árabes para deshacerse de sus viejas dictaduras (42 años en este caso), muchos pensaron ingenuamente que la ola se llevaría a  Gadafi por delante en un pispás. Los insurrectos no querían entonces la ayuda de nadie y algunos llegaron, incluso, a amenazar a las potencias extranjeras si se atrevían a poner un pie en territorio libio. Ahora, los mismos reconocen que los bombardeos de la OTAN, autorizados por la resolución 1973 de las Naciones Unidas, han permitido la liberación de la mitad del país y han salvado a la revolución de una terrible derrota. Queda, sin embargo, mucho por hacer para conquistar la otra mitad de Libia y llegar hasta la capital, Trípoli, donde el clan Gadafi parece decidido a resistir.

Hasta los más optimistas del Consejo Nacional de Transición (CNT) —el Gobierno rebelde instalado en la segunda ciudad del país, Bengasi— piensan que Gadafi no tiene ninguna intención de huir para salvar la vida. Lo ven como un psicópata y un lunático, que se quedará hasta el final y morirá bajo las bombas en uno de sus bunkers, quizá con toda su familia. Para acortar el sufrimiento de todos y la parálisis económica del país —desde hace más de un mes no sale una gota de petróleo de los ricos yacimientos del desierto—, el CNT pedía más acción de parte de la OTAN y, también, armas para sus combatientes. Ha obtenido lo primero, pero los pertrechos tardan en llegar porque sigue vigente otra resolución de la ONU que prohíbe la venta de armas a Libia. Sólo Qatar parece haber enviado material militar y, a pesar de sus desmentidos, Italia estaría también dispuesta a hacerlo, pero a través de un tercer país y lo más discretamente posible.

No es casualidad si las banderas de esas dos naciones y la de Francia ocupan una posición privilegiada en las explanadas donde se congregan miles de personas todas las tardes, hasta altas horas de la noche, en las ciudades gobernadas por el CNT, especialmente en Bengasi, Darna o Tobruk. Los libios han aparcado lo que podía quedar del viejo resentimiento contra Italia, que ejerció una colonización despiadada en tiempos de Benito Mussolini. En cuanto a Francia, la rapidez de su intervención aérea para impedir la toma de Bengasi por los blindados de Gadafi ha desatado tal gratitud que cualquier extranjero es saludado por un "gracias Sarkozy" hasta en los lugares más remotos de la Libia liberada.

Mientras los shabab (muchachos) luchan y mueren en el frente, la población civil recibe todos los días una buena dosis de discurso patriótico, salpicado de mucho rezo, para sostener el ánimo revolucionario. Con esa movilización permanente, se trata también de mantener a raya a los gadafistas agazapados en las ciudades que están bajo el control del CNT. Muchos temen que esa "quinta columna" empiece a organizar atentados terroristas para abrir un nuevo frente y desestabilizar el Gobierno rebelde. Hay algo de paranoia, pero no cabe la menor duda de que el aparato represivo de Gadafi no ha sido totalmente desmantelado en la zona liberada.

La superioridad militar del régimen de Gadafi ha mermado bajo los golpes combinados de la OTAN y de los insurrectos, pero su mayor debilidad se encuentra ahora en el campo social. Las condiciones de vida se han degradado en Trípoli, donde la población está sometida a numerosas penurias. Faltan alimentos y las colas para conseguir gasolina son interminables. En cambio, la situación en Bengasi es mucho mejor, porque la frontera con Egipto está abierta. O sea, la parte más pobre del país es la que vive mejor hoy. Esto es ya un primer paso hacia la victoria sobre la dictadura.

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