Lunes, 18 de Diciembre de 2017
21:24 CET.
Muerte de Bin Laden

Exit Bin Laden

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Vaya paradoja: la muerte de Osama Bin Laden en Pakistán a manos de un comando estadounidense está provocando más desasosiego en Occidente que en el mundo árabe. Mientras los políticos y los columnistas de los países democráticos se devanan los sesos en exquisitas disquisiciones sobre la ilegalidad y, especialmente, la inmoralidad de la "ejecución extrajudicial" del máximo líder terrorista del planeta, las sociedades musulmanas han recibido la noticia con bastante frialdad. Incluso, me atrevería a decir que los que lamentan ahora la muerte de Bin Laden son muchos menos que los que celebraron ruidosamente su obra magna: los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra "el imperio del mal", en Nueva York y Washington.

En los casi diez años que separan la destrucción de las Torres Gemelas de la muerte de Bin Laden, las circunstancias han cambiado radicalmente en el Magreb y en Oriente Medio. No se ha resuelto el problema más agudo —la relación con Israel y la creación de un Estado palestino—, pero hoy Estados Unidos y Europa se están distanciando de las dictaduras más brutales de la región y apoyan las revoluciones democráticas en el mundo árabe (no todas, es cierto). En este nuevo panorama no hay espacio para los yihadistas de Al Qaeda y para ideólogos como Bin Laden, que se han convertido, de hecho, en un estorbo.

En Libia, por ejemplo, los rebeldes que luchan contra la dictadura del coronel Muamar el Gadafi ven en la muerte de Bin Laden una oportunidad, no un crimen que merece ser castigado o vengado con otros atentados. Los dirigentes del Consejo Nacional de Transición (CNT), que controla actualmente la mitad del territorio libio, quieren desmarcarse de todo lo que huele a yihadismo. Para descalificarlos, Gadafi les ha acusado de estar infiltrados por Al Qaeda. El CNT no niega la presencia en sus filas de varios militantes islamistas que combatieron en Afganistán y en Irak. Asegura, sin embargo, que no tienen ninguna influencia política dentro del CNT. En Darna, la ciudad de donde proceden los islamistas radicales, el CNT ha mandado pintar varios muros con los lemas: "¡No a Al Qaeda!" o "Somos luchadores por la libertad, no terroristas".

Aquí y en muchos otros países árabes, pocos parecen lamentar la muerte de Bin Laden. Habrá, claro, algunos yihadistas que querrán vengarse, pero se trata de una minoría ínfima. Es necesario recordar que los musulmanes han sido las principales víctimas de Al Qaeda y de las obsesiones de su líder. Además, muchos interpretan la eliminación de Bin Laden como una señal inequívoca del debilitamiento de la multinacional terrorista y de su capacidad coercitiva sobre los musulmanes. En este sentido, es una buena noticia y no les importa cómo ha ocurrido. Es un golpe más —el más contundente de todos— a una estructura político-militar que estaba ya de capa caída, no tanto por la persecución occidental, sino más bien por el éxito de la llamada primavera árabe que se ha hecho sin Al Qaeda.

Ahora bien, no se puede descartar que la muerte de Bin Laden contribuya a reforzar el mito, tal y como ocurrió con Che Guevara después de su asesinato en 1967. Pero apresar al jefe de Al Qaeda y llevarlo ante un tribunal en Estados Unidos, como lo sugieren varios columnistas en la prensa occidental, era quizá una tarea demasiado arriesgada para el comando de elite que se atrevió a actuar en pleno corazón de Pakistán sin la anuencia de las autoridades locales. En cualquier caso, habría sido una detención ilegal por realizarse en un territorio donde EE UU no tiene jurisdicción. Y la otra opción —entregar al preso a Islamabad— hubiera sido un regalo envenenado para Pakistán, que está ya sometido a una enorme presión por parte de sus propios islamistas radicales.

Desde la lógica del derecho y de la justicia, la eliminación física de Bin Laden es una clara violación de la ley. EE UU ha cobrado una deuda de sangre, pero no se ha hecho justicia, como aseguró el presidente Barack Obama. En cambio, desde la perspectiva del mal menor, es todo un éxito, y lo es especialmente para el mundo árabe. Ahí, las nuevas generaciones tienen sed de libertad y muchos jóvenes no se reconocen en el discurso retrógrado del yihadismo.

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