Martes, 12 de Diciembre de 2017
20:40 CET.
Marruecos

Terror en Marraquech

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Hay unanimidad de criterio sobre cuál habría sido el objetivo de los responsables del atentado que mató, el pasado jueves, a dieciséis personas —turistas extranjeros en su mayoría— en uno de los lugares más emblemáticos de Marruecos, la plaza Yemaa el Fna, en la ciudad de Marraquech. Allí está la mano de los que quieren "frenar el cambio democrático" en el país, aseguran tanto las fuentes oficiales como los analistas independientes. Empiezan las discrepancias, sin embargo, cuándo se trata de identificar al dueño de esa mano criminal. ¿Pertenece a las redes islamistas vinculadas a Al Qaeda, como lo piensan muchos? ¿O podría tratarse de una operación dirigida por un sector recalcitrante del propio régimen para impedir la llegada a Marruecos de la ola revolucionaria que recorre el mundo árabe?

Muchos indicios llevan a sospechar de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), esa franquicia regional de la multinacional fundada por Osama bin Laden que se ha implantado en el Sahara y se dedica a secuestrar extranjeros y a desestabilizar a los gobiernos. Los expertos en terrorismo señalan, entre otras cosas, el lugar escogido por los autores del atentado: el café Argana, frecuentado por turistas en una ciudad "pecadora", donde los "impíos" han traído el alcohol, la droga y la prostitución. Según el ministro marroquí del Interior, Taieb Cherkaui, el tipo de explosivo empleado en este caso —TATP mezclado con clavos— es un clásico en las redes yihadistas, que lo usaron, por ejemplo, en los ataques contra el metro de Londres en 2005 (56 muertos).

En cambio, esos mismos expertos reconocen que algo no encaja con el modo de actuar de los islamistas, que suelen reivindicar sus "hazañas" con bastante rapidez. Dos días después del bombazo en la plaza Yemaa el Fna, ninguna organización se había adjudicado la autoría. Ha aparecido, es cierto, una grabación en YouTube realizada tres días antes del atentado, donde cinco miembros de AQMI, armados, amenazaban a Marruecos con represalias si no liberaba a varios detenidos "piadosos". Lo curioso es que ese video salió cuando el rey Mohamed VI ya había indultado a unos 150 presos políticos, incluyendo a muchos islamistas, que fueron excarcelados el 14 de abril.

Esta incongruencia y algunas otras, como el hecho de que la bomba explotara en el café Argana en la hora menos concurrida del día —como si los autores hubieran querido limitar el número de víctimas, lo que no suelen hacer los terroristas de Al Qaeda—, han alimentado el recelo de algunos sectores, que sospechan que los duros del aparato de seguridad han organizado o inducido el atentado. ¿Con qué objetivo? Crear un clima de pánico en la sociedad para desalentar las manifestaciones a favor de una transición democrática, como la que están viviendo Túnez o Egipto.

No es un secreto que, en Marruecos, algunos grupos poderosos no comparten la estrategia de los asesores de Mohamed VI de hacer concesiones a la oposición y de modificar la Constitución para instaurar una monarquía parlamentaria. Temen, con razón, de perder los enormes privilegios que han acumulado bajo la protección del Estado durante décadas. Y, por motivos diferentes, comparten con los islamistas radicales el mismo miedo ante los vientos democráticos que soplan en el mundo árabe. Ambos están dispuestos a hacer lo que sea para derrotar a los reformistas, y es aquí donde puede juntarse lo peor de cada casa: infiltrados de la seguridad y terroristas genuinos. Ha ocurrido en Túnez y en Egipto, donde las dictaduras recurrieron a la desesperada a francotiradores y al lumpen para asesinar a sus adversarios. Lo están haciendo ahora, con más éxito, Khadafi y Bachar El Asad, en Libia y en Siria.

Marruecos, sin embargo, no es Libia y Mohamed VI no tiene nada que ver con Khadafi. En Rabat, a diferencia de Trípoli, hay verdaderas instituciones, partidos políticos, prensa independiente y un rey que representa la unidad nacional. Falta mucho por hacer y, también, por deshacer —la corrupción es endémica y frena la lucha contra la pobreza—, pero existe una voluntad entre las elites de avanzar en la transición democrática para evitar una explosión social. Pocas horas después del atentado de Marraquech, el ministro de Economía y Finanzas, Salahedin Mezuar, lanzó un mensaje que suena a herejía para los yihadistas: "Hemos elegido el modelo europeo [porque] la democracia es compatible con los valores del islam". Es la mejor respuesta que se le puede dar a los chantajistas que mezclan religión y bombas.

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