Sábado, 10 de Diciembre de 2016
18:57 CET.
Libia

Dos Libias

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El peor escenario posible se está desarrollando en Libia, donde los rebeldes y sus aliados de la OTAN no parecen capaces de acabar con la dictadura del coronel Muamar Khadafi, pero sí con la unidad territorial. A casi dos meses del inicio de los enfrentamientos, el empate militar ha dibujado un nuevo mapa político del país: el régimen ha consolidado su poder sobre la mitad occidental, incluyendo la capital, Trípoli, mientras los alzados gobiernan la mitad oriental desde Benghazi. Y, si todavía hay combates virulentos, es porque falta fijar la frontera en una zona estratégica —Brega, Ras Lanuf, Ajdabiya, Zueitina— donde está concentrada la mayoría de las instalaciones petroleras. Quien domine esas ciudades tendrá una enorme ventaja sobre el adversario en una hipotética negociación.

Como en el resto del mundo árabe, la sublevación popular en Libia no tiene nada que ver con los hidrocarburos, a pesar de las suspicacias de los conspiranoicos de siempre. Trípoli vendía su petróleo a los países interesados en comprárselo, especialmente Italia y Francia (25% y 9% de su consumo, respectivamente), que mantenían buenas relaciones con la dictadura y no buscaban ningún cambio político. Ahora, Roma y París han apostado por los rebeldes de Benghazi, con el riesgo de perderlo todo si Khadafi logra finalmente imponerse.

Como ocurre en todos los países productores, con excepción de Noruega, la renta petrolera es una maldición porque tiene múltiples efectos perversos. Desalienta el trabajo y la creatividad de los pueblos que viven de las regalías. Y, peor aún, esa riqueza que brota de la tierra es un maná para las dictaduras, que usan los recursos para perpetuarse en el poder. Trabajen o no, todos los libios reciben un salario mensual de 400 dólares de parte del papá Estado. Con esa zanahoria y mucho palo, se compraba la paz social y la apatía política, hasta que los libios se hartaron. Quisieron seguir los pasos de sus dos vecinos, Túnez y Egipto, que habían logrado deshacerse de sus déspotas en unas pocas semanas de manifestaciones callejeras. La mecha prendió en las calles de Benghazi y en algunos barrios de Trípoli, pero la contraofensiva brutal de Khadafi ha cambiado totalmente el panorama. En lugar de primavera democrática, después de casi 42 años de dictadura, los libios tienen ahora una guerra civil y una intervención militar extranjera.

¿Por qué se torció la revolución? Algunos analistas árabes pensaban que la dinámica regional, con todos los países en ebullición, compensaría la falta de madurez de la sociedad libia para enfrentarse a una dictadura que dispone de un enorme poder coercitivo con sus milicias y su policía secreta. Subestimaron la obcecación de Khadafi y su indiferencia ante las condenas internacionales. A diferencia de Túnez o Egipto, donde preexistían algunos partidos políticos de oposición y unas pocas instituciones plurales, en Trípoli hay un régimen totalitario muy similar al cubano —por eso, el apoyo incondicional de Fidel Castro a su bróder beduino—.

La resolución 1973 de la ONU y la consiguiente zona de exclusión aérea han logrado frenar los ataques de Khadafi contra la población civil y han salvado Benghazi de unas terribles represalias que hubieran acabado con la vida de todos los miembros del Consejo Nacional rebelde. La comunidad internacional no puede, sin embargo, dar a la oposición una fuerza política y militar que no tiene. Y los dirigentes de la insurgencia, que al inicio rechazaban cualquier apoyo externo, le reprochan ahora su “tibieza” y exigen más bombardeos aéreos, a pesar del riesgo para la población civil y para sus propias tropas. Los graves incidentes del pasado jueves, cuando el “fuego amigo” de la OTAN provocó la muerte de varios combatientes, han envenenado la relación con los aliados. De un día para el otro, los rebeldes retiraron del paseo marítimo de Benghazi casi todas las banderas francesas, estadounidenses o italianas. Y algunos no dudaron en gritar “¡Abajo la OTAN!”.

El ejemplo viene de muy arriba, del propio jefe militar de los rebeldes, el general Abdelfatah Yunes, que tuvo el descaro de afirmar lo siguiente: “La OTAN no hace nada para nosotros e, incluso, nos hace daño”. Los comentarios de ese general, que fue ministro de Interior de Khadafi antes de pasarse al otro bando y carga con la acusación de haber ordenado o encubierto torturas a presos del régimen, habrán sido muy bien recibidos en Trípoli. En el búnker de su palacio, el dictador debe de estar de pláceme al ver las desavenencias entre los rebeldes y sus aliados.