Domingo, 17 de Diciembre de 2017
10:46 CET.
Libia

Enigmas de la guerra

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Mal ha empezado la intervención militar extranjera en Libia. En lugar de dedicarse únicamente a proteger la vida de los civiles amenazados por las tropas de Muamar el Gadafi, tal y como lo pedía la resolución 1973 de la ONU, los europeos y los estadounidenses han puesto su enorme poder de destrucción al servicio de unos rebeldes enigmáticos para forzar un cambio de régimen en Trípoli. Y, hasta ahora, no han logrado ninguno de esos dos propósitos: siguen muriendo civiles y los rebeldes han tenido que replegarse ante la contraofensiva relámpago de los soldados de Gadafi.

Las potencias occidentales hicieron un mal cálculo. Apostaron a que el régimen se desmoronaría con el efecto combinado de los bombardeos aéreos y de la presión de los rebeldes sobre el terreno. Al inicio, los hechos parecieron darles la razón. Las tropas de Khadafi se replegaron y abandonaron las instalaciones petroleras de Ras Lanuf y Brega, además de la ciudad estratégica de Ajdabiya, que controla el acceso a Benghazi, la capital de la oposición. Con sus proclamas triunfalistas —hablaban de llegar a Trípoli, a unos 600 kilómetros, como si de un paseo se tratara—, los rebeldes persiguieron al enemigo hasta las puertas de Sirte, lugar altamente simbólico por ser la cuna del clan Khadafi. La euforia les duró poco. Tuvieron que emprender una retirada caótica ante la respuesta vigorosa del Ejército, que logró eludir los bombardeos aliados.

No era necesario disponer de información privilegiada para saber que la correlación de fuerzas era muy desigual. Las imágenes difundidas por Al Jazeera y otras televisoras lo decían todo: de un lado, un Ejército regular, quizá no muy profesional según los criterios de la OTAN, pero infinitamente superior a ese tropel de civiles suicidas e indisciplinados, que disparan al tuntún sus AK47 y su artillería, antes de huir despavoridos cuando los morterazos del otro bando empiezan a provocar estragos en sus filas. Además, los enfrentamientos se dan en un terreno poco propicio a la guerrilla: una carretera totalmente expuesta, entre mar y desierto, sin un solo lugar para protegerse, ni selva ni cerros, sólo arena y piedras.

A pesar de su fracaso inicial, la intervención internacional ha permitido despejar algunas incógnitas, pero no todas. Sabemos ahora que el clan Gadafi no se siente derrotado —está debilitado por la defección de varios altos cargos de confianza, pero dispone todavía de un gran poder de fuego y de mucho dinero—. También nos hemos enterado de que la oposición no es tan fuerte como se creía. En cambio, siguen las dudas sobre sus intenciones, más allá de acabar con la dictadura de Khadafi, que está por cumplir 42 años en el poder. ¿Quiénes son exactamente esos rebeldes que Al Jazeera llama "combatientes por la democracia"?

La propia Hillary Clinton reconocía esta semana que el Departamento de Estado y los servicios secretos no lo tenían muy claro. Sus comentarios, así como los del jefe militar de la OTAN, el almirante James Stavridis —"estamos analizando en profundidad la biografía de cada uno de los dirigentes de la oposición"—, denotaban una cierta preocupación a raíz de la publicación de algunas informaciones en las webs dedicadas al estudio del terrorismo islamista. Los datos más inquietantes provienen de un informe redactado hace cuatro años por el Combating Terrorism Center, de la academia militar de West Point. Se trata de un análisis de los documentos descubiertos en Irak por el Ejército estadounidense sobre el origen de los combatientes extranjeros. Los saudíes eran el grupo más importante, seguidos de los libios, casi todos procedentes de las ciudades donde los rebeldes tienen ahora mucha presencia: Darnah, Benghazi, Misrata y Ajdabiya.

Washington no quiere repetir el error que cometió en Afganistán cuando armó a Osama Bin Laden para luchar contra los soviéticos. Antes de pertrechar a los rebeldes libios con material sofisticado, no estaría de más que la OTAN averiguara la solvencia política del Gobierno rebelde de Benghazi, donde dominan por el momento los antiguos compañeros de Gadafi, entre ellos sus ex ministros del Interior y de Justicia. Ahí está también un coronel golpista de los años 70, que se exiló en EE UU y colaboraba con la CIA. El tercer grupo lo conforman unos pocos militantes de derechos humanos que lucharon contra el régimen, como el abogado Mustafa Ghoga. Y, por último, los islamistas, cuyo cometido parece limitarse a sacrificar su vida por la causa. Fueron carne de cañón en Irak contra EE UU. Y ahora luchan bajo la protección de la OTAN. ¡Qué ironía!

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