Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
13:20 CET.
Estados Unidos

Wisconsin, informe de guerra

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A puertas cerradas y a espaldas del pueblo, las últimas noticias que llegan de Wisconsin solo corroboran el estado de inconformidad inherente en el país. Se trata del escenario de una lucha situada más allá de una división partisana, o de un simple desencuentro sobre el futuro de la nación.

El gobernador Scott Walker y los legisladores republicanos han venido a confirmar la precaria situación de la democracia en la Era Post-9/11. Justificando sus acciones a partir de la actual crisis fiscal —crisis generada por los empresarios especulativos de Wall Street— las élites económicas y gubernamentales de no pocos estados de EE UU han comenzado a anunciar el fin de la democracia y la entrada en el estado de emergencia.

Si antes se murmuraba sobre una futura corporativización de las instituciones del Estado, de los bienes públicos, y del despojo de las formas-de-vida del ciudadano, ya quedan pocas dudas acerca de que estos hechos facilitan el tránsito de la palabra al acto. Y Walker no ha sido ni el primero ni el único.

Asimismo, el Estado de Michigan ha admitido una ley para que, en caso de emergencia, la administración pueda ser presidida por una corporación privada. Este modelo corporativo también se ha puesto a rodar en el Estado de Florida. Rick Scott, gobernador de Florida, busca sancionar, sin mesura, a sindicatos de universidades públicas, al margen de críticas y protestas. Por citar un ejemplo, una institución como la University of Florida (Gainesville), ha presenciado uno de los mayores recortes presupuestarios en su historia. El sindicato de estudiantes e investigadores graduados ha visto a punto de desaparier los mínimos derechos que han conseguido —seguro médico, extensión de liquidaciones por matrículas, respaldo legal— a lo largo de las últimas dos décadas.

Rick Scott, como Walker en Wisconsin o las autoridades de Michigan, sigue la línea de esos políticos que intentan desintegrar todo espacio donde el ejercicio de la política genere disenso y debate. Y pretenden instaurar un modelo corporativo, prototipo de gobernación donde unos pocos se adueñan del poder, destruyendo al paso bienes comunes y deteriorando el tejido de la ciudadanía.

Bajo el pretexto de remendar una economía en ruinas y una democracia en declive, el gobernador Scott Walker del Estado de Wisconsin, ha conseguido ganar un litigio que logra proscribir los derechos colectivos de negociación gremial, e impone recortes en los sectores de la salud pública y la educación. Camuflado en más de ciento cuarenta cuartillas —espacio que ocupa el esbozo de esta ley—, también introduce recortes presupuestarios en los menguados programas que quedan del Estado de Bienestar.

La disolución de dichas iniciativas y beneficios a escuelas públicas, la eliminación de programas gratuitos de salud para los más necesitados, o las pensiones de retiros —normalmente asociadas a un Estado que ofrece mínimos beneficios a la ciudadanía— han tocado fondo durante esta doble crisis que no desentiende a la superestructura política de sus intereses en la base económica.

No obstante, como advertía Antonio Gramsci, toda crisis política es un itinerario de doble ruta: emancipación radical o endurecimiento de las élites hegemónicas. Para aquellos que quisieron ver al final del túnel la luz que avisaba un nuevo tren de la Historia, estos eventos derrumban esa y otras muchas ilusiones. Entre tantas luces, presenciamos el apagón final de la esperanza Obama. La gestación de una crisis es justamente el momento en que el sistema capitalista resucita de sus escombros, se engrandece, y logra hacer de su malestar la panacea de sus detractores.

La crisis financiera de EE UU es responsable, no sólo de las profecías de un Barack Obama, sino del impulso del Tea Party y Sarah Palin, de la remisión de tropas sobre suelo afgano, o de dar rienda suelta a nuevas cacerías de brujas contra quien porte rasgos de musulmán.

Como hemos visto tras las revueltas en Túnez o Egipto, una crisis puede ser el momento en que los pueblos hacen de la política el espacio del disenso. América, en cambio, ha optado por otra ruta de la crisis. Una ruta por donde quien se ausenta, justamente, es el pueblo.

¿Qué pensar, entonces, de las recientes manifestaciones en Wisconsin? La toma del Capitolio por cientos de manifestantes responde a una lógica incomparable con las revueltas de Egipto o de Libia. Lamentablemente, la oposición y los sindicalistas han apresurado sus exigencias. De ahí que exhorten, dentro del marco jurídico, a ciertos principios elementales de la democracia, o al ajuste de enmiendas constitucionales. Su límite es justamente no poder ver que la democracia y la ley son categorías implicadas en el estado de emergencia que ellos mismos buscan traspasar. En plena guerra contra aquellos que buscan suprimir la democracia de un plumazo, es también necesario generar un discurso que no renueve y maquille el rostro humano del capitalismo empresarial.  

Wisconsin es hoy un llamado al despertar de una sociedad que no conduce a otra cosa que a la desaparición política, los consensos unilaterales o las privaciones más elementales de participación en la esfera pública. Estamos ante una guerra que, en su recorrido por el globo, ha llegado a EE UU. La tarea inmediata es hacer de esta crisis política un instante de resistencia contra la excepción, la corporación, o el autoritarismo de unos pocos.

Quizá valdría la pena comenzar objetando la protesta como medio para alcanzar un fin o como núcleo central de la política. Sería necesario dar un segundo paso que, como indicó alguna vez Ulrike Meinhof, transite de la esfera de la protesta hacia esfera de la resistencia. Solo la última es apta para dar fin a la guerra en la cual hoy nos encontramos.

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