Viernes, 15 de Diciembre de 2017
01:49 CET.
América Latina

Obispos nocivos

Archivado en

En estos tiempos de laicización acelerada y de escándalos de pederastia eclesial, llama la atención el extraño compadreo entre la izquierda sectaria y algunos obispos católicos. Sólo en América Latina hay por lo menos tres casos emblemáticos de ese coqueteo entre ateos y jerarcas de la Iglesia: en Cuba, el cardenal Jaime Ortega se ha vuelto cómplice de los hermanos Castro; en Nicaragua, el cardenal Obando y Bravo se ha asociado con el impresentable Daniel Ortega, que esconde su propio pasado pedófilo detrás de una fe repentina, y en México el fallecimiento del ex obispo de San Cristóbal de Las Casas, Samuel Ruiz, ha desatado un alud de homenajes sonrojantes, especialmente en las filas de la izquierda fundamentalista.

En este último caso, y sólo en este, se trata claramente de un coletazo de la teología de la liberación, que tuvo tanto predicamento en la segunda mitad del siglo XX, después del Concilio Vaticano II y de la Conferencia de Medellín (1968). Esta corriente teológica llevó, incluso, a algunos sacerdotes en Centroamérica o Colombia a tomar el fusil (o a animar a otros a que lo tomaran, que siempre era más cómodo) en nombre de la opción preferencial por los pobres. En México, fueron catequistas los que empuñaron las armas en la diócesis dirigida durante cuarenta años (1959-1999) por Samuel Ruiz, fallecido el pasado lunes. Lo hicieron con la anuencia del obispo, que sin embargo se cuidó siempre de decirlo públicamente.

Fue el propio Samuel Ruiz el que introdujo la semilla del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) cuando invitó a Chiapas, a finales de los años 70, a varios universitarios maoístas reclutados en el norte de México para dar asesoría técnica y política a las comunidades indígenas de la selva Lacandona. Y, cuando se dio cuenta de que "sus" indios se habían puesto bajo las órdenes de un recién llegado, el subcomandante Marcos, don Samuel se enfureció e intentó parar la máquina. Era demasiado tarde. El 1 de enero de 1994, el EZLN "declaró la guerra" al Estado federal y cientos de indígenas mal armados tomaron varios pueblos, incluyendo la sede de la diócesis, San Cristóbal de Las Casas.

Es posible, como aseguran sus numerosos partidarios dentro y fuera de la Iglesia, que Samuel Ruiz tuviera intenciones generosas y buscara realmente sacar de la pobreza a las poblaciones indígenas. Sin embargo, cuando llega la hora de los balances, lo que vale no son las intenciones, sino las consecuencias de las acciones y omisiones. Y las cuentas no salen a favor del "obispo de los pobres", como se le suele llamar en los medios afines, que alaban también al "protector de los indios", como si fuera una reencarnación moderna de fray Bartolomé de Las Casas.

A diferencia de su ilustre antecesor del siglo XVI, que liberó a las poblaciones autóctonas de la esclavitud en tiempo de la colonia, Samuel Ruiz era reacio a la modernidad. Frenó, bajo cuerda, varios proyectos empresariales que hubieran contribuido al desarrollo local y se oponía con fiereza a cualquier planificación familiar.

Por otro lado, el obispo sembró la cizaña dentro de las comunidades y no quiso intervenir a favor de los que se oponían a la lucha armada. Dejó que los zapatistas los echaran de sus tierras y les quitaran sus bienes. A la diócesis llegaron decenas de cartas desgarradoras, que denunciaban todo tipo de atropellos cometidos por los milicianos del EZLN. "Don Samuel" no contestó ninguna. Estaba demasiado ocupado con sus giras internacionales y su campaña para conseguir el Nobel de la Paz, que afortunadamente no le dieron.

Frente a lo que había ocurrido quince años antes en Guatemala, donde un sector de la Iglesia y algunas comunidades indígenas también se involucraron con la guerrilla, en Chiapas no hubo matanzas. Murieron decenas de indígenas y algunos soldados, pero la respuesta militar del Gobierno mexicano, que decretó un alto el fuego a los once días, fue muy comedida. Es lo que salvó a Samuel Ruiz de cargar con una mayor responsabilidad por la sangre derramada. Su papel de mediador le permitió luego salir del trance y aparecer como un hombre de paz. Y es lo único que quieren recordar ahora tanto el Vaticano, que le alaba después de haberle censurado en los años 90, como los simpatizantes del EZLN y hasta el presidente Felipe Calderón. Los historiadores serán, quizá, más rigurosos y rescatarán del olvido los rasgos menos gloriosos de un obispo intolerante que gobernó su diócesis como un feudo y echó a los sacerdotes en desacuerdo con su línea.

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.