Lunes, 18 de Diciembre de 2017
09:34 CET.
Opinión

'Baby Doc' en la Tremenda Corte

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No importa si Baby Doc ha venido como "ex dictador" (¿existe siquiera esa categoría?), lo importante es que está aquí, ahora, y que regresa como todo un estadista. Lo ha reclamado su pueblo, y no explícitamente, sino de una manera oscura, como un antojo y una nostalgia.

Nótese esa añoranza (llamémosla peronista) de los pueblos. Compárense las fotos del boteresco principito con las del hombre sufrido, de rostro ajado, listo para hacerse cargo de la situación (¿y quién quita que pueda resolverla?).

En ausencia de verdaderas instituciones democráticas, las familias dictatoriales acumulan, en los países tercermundistas, los conocimientos requeridos para legislar y administrar con eficacia. Por muy grosero que nos parezca, los Duvalier vienen a ser la única institución válida, y valiosa, de un Haití arruinado: Baby Doc y Veronique Roy combinan, en sus personas, un poco de Rockefeller, de Kissinger, de Oprah y de Obama.

Después del terremoto, Haití dejó de ser un país, aunque nadie lo diga. ¿Por qué no anexarlo, o declararlo en bancarrota perpetua? ¿Por qué no sacrificarlo, como en un remate? Consideramos apropiado seguir manteniendo la ficción de "Haití", como mismo, después de la revolución de 1804, estimamos oportuno reconocer a los "ayitianos", aunque en secreto nos persignáramos al paso de ese fantasma que recorrió todo el siglo diecinueve, y que aún aparece en los mataburros de Historia bajo el curioso lema de "la amenaza de Saint-Domingue". Los cubanos, especialmente, temieron que aquello pasara de allí, que les pasara a ellos.

Ahora lo "peor" ha sucedido: Cuba es otra Saint-Domingue, La Habana una Sans-Souci que espera supersticiosamente la apoteosis de sus líderes negros. Nuestros prospectos de libertad son barajados en una especie de vudú patriótico. Lo cual no debería ser óbice para acabar de admitir que, después de sus respectivos terremotos, Cuba y Haití dejaron de existir, que son países zombis.

El regreso de Baby Doc, como antes el de Eva Perón, interesa a la prensa amarilla y al circo mediático, pero al intelectual debía ponerlo en guardia: ¿acaso no hemos comenzado a preguntarnos, sin pensarlo dos veces, si el régimen de los Duvalier no arroja, visto desde la perspectiva del caos actual, un saldo casi positivo? Y, ¿cómo puede ser que un dictador regrese de entre los muertos y sea capaz de mostrar una dosis obscena de plausibilidad?

También está la pregunta: ¿no fue Jean-Bertrand Aristide el Baby Doc de los progresistas, y no es hoy otro exdictadorzuelo que amenaza con aparecerse? Efectivamente, bajo una cierta luz favorecedora, el régimen de Duvalier o el de Batista podrían considerase benignos, como también puede verse con cierta aquiescencia el régimen del Sha Reza Pahlevi. De hecho, la revisión de la etapa prerrevolucionaria iraní ya ha comenzado, con Persépolis, la película, en una videoteca cercana a usted. Comenzada la revisión de las dictaduras, el regreso de los dictadores no podía andar muy lejos.

Para complicar más las cosas, existe ahora un mecanismo de inmunidad dictatorial no declarado: mientras haya castrismo, todos los "exdictadores" latinoamericanos serán más o menos inmunes, más o menos revisables. De esta cláusula se benefició Augusto Pinochet, pues los jueces liberales —que se negaron a procesar a Castro— no contaban con suficiente autoridad moral para condenarlo: la democratización chilena era un incómodo monumento al dictador.

Mientras Jorge Rafael Videla recibe otra cadena perpetua, uno no puede menos que preguntarse hasta cuándo podrá ignorar Argentina su responsabilidad en la desgracia de Cuba, o si en un futuro democrático deberíamos sancionar a la patria del Che en pleno, metafóricamente, por crímenes cometidos contra nuestra nación. Un país donde se organicen actos de repudio contra las víctimas del totalitarismo merece ser juzgado tan severamente como sus mismos déspotas. Porque, ¿hay actitud más arrogante que la del Estado que castiga a ex dictadores propios mientras alaba y recompensa a los ajenos?

Las veleidades del sistema legislativo panamericano son dignas de la Tremenda Corte: guerrilleros y golpistas en el despacho presidencial, tupamaros y montoneros en el senado; terroristas en el palacio de Justicia, y Baby Doc, que viene dispuesto a someterse al proceso electoral, a ofrecer la experiencia de sus años de caudillo… ¡a la reja!

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