Lunes, 18 de Diciembre de 2017
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Filtraciones

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Se puede ver las filtraciones de Wikileaks de dos maneras. Para muchos, los cables del Departamento de Estado publicados esta semana por cinco periódicos son una prueba concreta de la injerencia del "imperio" en los asuntos internos del resto del mundo. Para otros, en cambio, esos documentos reflejan la seriedad del trabajo diplomático de la primera potencia mundial en su afán por defender sus intereses estratégicos, tanto políticos como económicos. Ambas lecturas no son necesariamente contradictorias, pero la primera pone el énfasis en las malas artes de Washington en el ejercicio de su inmenso poder, mientras que la segunda subraya su ansia por recopilar información contrastada para conocer la opinión de todos los protagonistas en cada país o para terciar en los múltiples conflictos del planeta.

Los que esperaban revelaciones sobre actos ilegales cometidos por Estados Unidos se han quedado con las ganas. Incluso el título de portada con el que El País iniciaba, el pasado lunes, la publicación de los papeles de Wikileaks —La mayor filtración de la historia revela los secretos de la diplomacia de EU—, no corresponde a la realidad. Esos secretos lo siguen siendo, por el momento. En cambio, sí nos hemos enterado de la agenda oculta de varios países, empezando por España.

Las mentiras del Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero han quedado al descubierto con la divulgación de los telegramas enviados por el ex embajador de EE UU en Madrid, Eduardo Aguirre, a sus jefes en Washington. Ahora sabemos que, a pesar de los desmentidos oficiales, "España no [puso] reparos a los vuelos secretos" de la CIA, que trasladaban a detenidos por terrorismo. Según otro cable diplomático, la Moncloa maniobró para neutralizar dos querellas presentadas contra EE UU ante la justicia española por torturas a presos en la cárcel de Guantánamo. Y, en otro asunto que amenaza con tener un costo político muy alto para Zapatero, el embajador relata que, a petición suya, tres ministros (Presidencia, Exteriores y Justicia) y el fiscal general han "ayudado entre bastidores" para obstaculizar el procesamiento de tres militares estadounidenses acusados en el caso del cámara José Couso, muerto en Bagdad en 2003 por disparos de un tanque cuando filmaba desde un balcón del hotel donde se alojaba la prensa.

Los papeles de Wikileaks tienen la gran virtud de poner en evidencia el doble discurso de Zapatero y de otros líderes conocidos también por sus arranques antiimperialistas cuando se expresan en público. Es el caso de Cristina Kirchner, que intenta ayudar a Washington a mejorar las relaciones con el boliviano Evo Morales. La presidenta argentina pide, sin embargo, que nadie se entere, "dadas las sospechas de Evo", según un cable diplomático. Ocurre lo mismo en los países árabes, a una escala aún mayor. Varios gobiernos del Golfo han llegado a presionar en privado a EU para que ataque militarmente a Irán antes de que desarrolle el arma nuclear. Esos países exigían la máxima "discreción" a sus interlocutores estadounidenses para evitar represalias de parte de Teherán.

Y ahora que el Gobierno iraní se ha enterado de las intenciones aviesas de sus vecinos, ¿qué puede pasar? No parece haber sido una de las preocupaciones del fundador de Wikileaks, el australiano Julian Assange. Tampoco ha tenido el más mínimo reparo en dejar los nombres de muchas de las fuentes que aparecen en los telegramas. Cuando se trata de Estados democráticos, como España o Argentina, donde varios políticos han quedado en evidencia, el castigo no va más allá del escarmiento público. En cambio, en los países autoritarios, el que habla demasiado pone en riesgo su libertad o, incluso, su vida. El País cita "un cable secreto de la Embajada de Washington en Moscú que prefiere no identificar en público para no comprometer a las personas mencionadas en él". ¿De qué sirve tanta cautela si todos esos "personajes de la vida académica y mediática de Rusia" aparecen con nombres y apellidos en la web de Wikileaks? Y el tema no es intrascendente: hablan de la posible participación de las más altas autoridades rusas en el envenenamiento en Londres de un ex agente del KGB, Alexander Litvinenko, y en el asesinato de la periodista Anna Politkovskaya.

Washington mueve cielo y tierra para interrumpir la publicación de su acervo diplomático, pero los más perjudicados son otros.

 

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