Jueves, 14 de Diciembre de 2017
15:56 CET.
Colombia

Uribe, Salinas, Fujimori

Además del narcotráfico, Colombia y México comparten cierta afición por despedazar a sus ex presidentes. Los ataques contra Álvaro Uribe después de entregar el poder a su ex ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, en agosto pasado, me recuerdan al ensañamiento con Carlos Salinas a los pocos días de ser relevado por Ernesto Zedillo, en diciembre de 1994. La diferencia es que, en Colombia, la embestida contra el ex mandatario no es la consecuencia de una tragedia económica, como ocurrió en México, sino la expresión de un odio visceral por parte de una minoría estridente que no le perdona sus éxitos, su intransigencia y su asombrosa popularidad.

Después de varias semanas de escaramuzas verbales entre Uribe y el poder judicial, que investiga a algunos de sus antiguos colaboradores por supuestos abusos de poder, la polémica ha subido de tono a raíz de la decisión de su ex directora de Inteligencia de pedir "asilo territorial" a Panamá. María del Pilar Hurtado, que encabezó el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) en 2006-2007 y está imputada por espionaje ilegal a magistrados, políticos y periodistas, alegó motivos de seguridad y de indefensión ante una campaña de descrédito contra ella en los medios.

La concesión del asilo ha desatado un intercambio inusualmente virulento entre Uribe, el Presidente de la Corte Suprema de Justicia, Jaime Arrubla, y el Procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez. Según Arrubla, que comete así la grave imprudencia de vulnerar la presunción de inocencia de Hurtado, "Panamá protegió al victimario, no a la víctima". La respuesta de Uribe no se hizo esperar. Denunció la "persecución" contra sus "compañeros" y las "imputaciones basadas en testigos con comprobada capacidad de mentir". Y, en un intento fallido para calmar las aguas, el procurador Ordóñez ha sugerido al ex presidente que se lea "con calma y sin apasionamientos los sólidos argumentos de los fallos de destitución […] de sus subalternos".

El propio Santos, que se había cuidado hasta ahora de intervenir en el debate, se ha bajado a la arena para defender el sistema judicial y, de paso, ratificar públicamente su "admiración" por su antiguo jefe. Esa reválida de la adhesión a su mentor político es una señal destinada a los que sueñan con una ruptura entre los dos hombres. Hasta hace poco, los enemigos de Uribe eran también los de Santos. En la campaña electoral, la inmensa mayoría de los intelectuales y de los columnistas apostaron por Antanas Mockus, el candidato del Partido Verde. No dudaron entonces en descalificar a Santos, tildado de "fotocopia" de Uribe. Su victoria holgada, con el 69% de los votos, y su buen talante, muy alejado de la inflexibilidad de su antecesor, han desarmado a sus adversarios.

Con esa picardía que caracteriza al adicto al póquer, Santos ha escenificado varios golpes de efecto que han deslumbrado a la oposición. Antes incluso de tomar posesión, el nuevo presidente buscó la reconciliación con el poder judicial, que tenía una pésima relación con su antecesor y la sigue teniendo. Luego, se reunió con Hugo Chávez apenas unos días después de que Uribe hubiera denunciado ante la comunidad internacional la existencia de varios campamentos en Venezuela de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC), que se beneficiaban de la protección de las autoridades del país vecino. Y, ahora, Santos apoya el proyecto de ley de reparación a las víctimas, que permitirá la restitución a los campesinos de las tierras expoliadas.

Ninguna de esas iniciativas ha gustado a los uribistas de hueso colorado y, menos aún, el inmerecido piropo de Santos a Chávez —"mi mejor nuevo amigo"—, que no acaba de creérselo pero hace como si fuera cierto. Esa pantomima, en cambio, ha sido bien recibida en el campo antiuribista, que afila los cuchillos contra el ex presidente, supuestamente abandonado por su sucesor. Algunos ya se imaginan a Uribe tras las rejas, como ocurrió con Alberto Fujimori en Perú. O, si no logran criminalizar al presidente que machacó durante ocho años a las FARC y restableció la "seguridad democrática" en casi todo el país, entonces intentarán mandarlo al exilio en alguna tierra lejana, como pasó con Carlos Salinas.

Lo más probable, sin embargo, es que nada de eso suceda. Santos es un pragmático a ultranza, con mucha mano izquierda para minimizar las divergencias, pero tiene los mismos objetivos que Uribe: acabar de una vez por todas con las FARC para dedicar todos los esfuerzos al desarrollo de un país que no ha podido hasta ahora aprovechar su enorme potencial humano y sus cuantiosos recursos naturales.

 

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