Lunes, 18 de Diciembre de 2017
17:43 CET.
América Latina

Rousseff o Kirchner

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Hay coincidencias que invitan a la reflexión, como la muerte repentina de Néstor Kirchner y la victoria electoral de Dilma Rousseff, ocurridas ambas hace apenas unos días. Mientras Argentina se hundía un poco más en la incertidumbre y la polarización, el júbilo estallaba en Brasil. Las imágenes de las dos protagonistas y de sus partidarios respectivos no podían reflejar mejor el estado de ánimo en los dos países vecinos. De un lado de la frontera una viuda con la mirada perdida, aferrada un día entero al ataúd del líder argentino, mientras una marea humana gritaba consignas rabiosas contra los que no comparten su admiración por Néstor Kirchner. Al otro lado del río Paraná, en cambio, un país alegre festejaba la llegada al poder de otra mujer, radiante ella, que se abrazaba efusivamente con su mentor, el presidente Lula da Silva.

Evidentemente, un triunfo electoral siempre es más divertido que un funeral. Pero en Argentina llueve sobre mojado. La muerte del ex presidente sorprendió a una sociedad increíblemente polarizada y frustrada por su imparable declive económico en los últimos cincuenta años. Muchos argentinos siguen creyendo en los hombres providenciales, y Kirchner era uno de ellos. Llegó a la presidencia en 2003 con apenas el 22% de los votos, pero logró consolidar su poder y aupó a su mujer, Cristina, para sucederle en el cargo, mientras él preparaba su reelección para 2011. Hoy, sus huestes se sienten huérfanas, desnortadas, sin candidato.

Para otros, en cambio, la desaparición de Kirchner es una oportunidad para romper el monopolio peronista del poder y sacar al país de un círculo vicioso que le impide progresar. Es sintomático que muchos periódicos, nacionales y extranjeros, titularan con el alza de las bolsas a los pocos minutos de anunciarse la muerte del ex presidente, lo que provocó un disgusto mayúsculo dentro del peronismo. Los agentes económicos no celebraban el fallecimiento de Kirchner, pero sí la posibilidad de que surgiera un candidato más afín a la empresa privada.

Hoy, Argentina es la sombra de lo que fue y pudo haber sido. Fue la nación más desarrollada de América Latina en la primera mitad del siglo XX, y todos los pronósticos le auguraban entonces un futuro de potencia mundial. Con su política irresponsable de redistribución autoritaria de la riqueza, el general Perón y todos sus herederos políticos, hasta los Kirchner, hicieron añicos esos vaticinios y llevaron el país a la ruina. En la última década, Argentina ha tenido altibajos, con momentos dramáticos, seguidos de recuperaciones parciales gracias a un contexto internacional favorable. Sus dirigentes, sin embargo, han sido incapaces de aprovechar la globalización porque no han querido romper con dos vicios muy enraizados, el autoritarismo y el proteccionismo, que le impiden entrar en el círculo virtuoso de la modernización económica.

Según el último informe de la Comisión de Naciones Unidas para América Latina (CEPAL), Argentina sigue siendo la tercera economía del continente, detrás de Brasil y México, pero bajó en 2009 del quinto al sexto puesto en términos de inversión extranjera directa, después de Perú. Y, si comparamos con Brasil, la tendencia es aún más preocupante. Hace diez años, el producto interior bruto argentino alcanzaba un poco menos de la mitad del PIB de su vecino. Hoy, representa apenas la quinta parte. A esto se debe la diferencia de ánimo entre los dos países.

Lo más probable es que los brasileños hubieran celebrado de la misma manera si el domingo pasado hubiera ganado José Serra en lugar de Dilma Rousseff. La victoria de la heredera política de Lula es una excelente noticia, tan buena como lo hubiera sido un triunfo de su adversario socialdemócrata. Se puede argumentar que Serra está más preparado que Rousseff para gobernar, o que Serra nunca cayó en la tentación de la violencia política, a diferencia de Rousseff, que colaboró con la guerrilla en la época de la dictadura militar. Pero Rousseff ganó las elecciones y eso nadie lo cuestiona.

Brasil se ha despojado de sus complejos históricos —la colonización, la esclavitud o la dictadura militar—, a diferencia de lo que ocurre todavía en algunos países del continente, donde un sector importante de las elites sigue aferrado a los mitos del pasado, como la revolución en México o el peronismo en Argentina. Brasil encabeza el grupo de las naciones que han encontrado el camino del éxito. Ahí están también Chile, Colombia, Perú y algunos más. En el otro extremo, irremediablemente anclados en el pasado, languidecen Cuba, Nicaragua y, claro, Argentina.

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