Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
11:53 CET.
Guerra mediática

Wikileaks

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¿Qué diferencia hay entre Wikileaks y el ordenador de Raúl Reyes? En el primer caso, nadie parece dudar de la autenticidad de los casi 400.000 documentos "secretos" filtrados sobre la guerra de Irak. En cambio, el acervo informático incautado al dirigente de la guerrilla colombiana, muerto en un bombardeo aéreo en 2008, sigue siendo objeto de una feroz campaña de deslegitimación por parte de los que aplauden ahora el trabajo de Wikileaks. Y esto a pesar del peritaje realizado por Interpol, que ha descartado cualquier manipulación de los 37.000 documentos encontrados en los discos duros del número dos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

No hay que hilar muy fino para entender por qué, en un caso, se habla de hazaña periodística y, en el otro, de patraña propagandística. El criterio es el antiamericanismo. Wikileaks ha puesto al descubierto los aspectos más feos de las guerras que Estados Unidos encabeza en Irak y Afganistán. Y todo lo que sirve para desprestigiar al "imperio" es bueno a priori. Aquí está la diferencia con lo ocurrido en Colombia, cuya alianza con EE UU descalifica automáticamente todas sus actuaciones e invalida la documentación requisada a las FARC, que deja al descubierto a sus cómplices en la clase política nacional y en el Gobierno de Hugo Chávez. Esa visión maniquea sigue teniendo predicamento incluso en las sociedades más desarrolladas y democráticas.

Las filtraciones masivas de Wikileaks y las revelaciones de los ordenadores de las FARC contribuyen, cada uno a su manera, a entender mejor los conflictos respectivos. Encontré, sin embargo, mucha más novedad en los correos de Raúl Reyes —hasta entonces, no se sabía casi nada del entramado clandestino de la guerrilla— que en los informes escuetos redactados por los soldados estadounidenses en el campo de batalla iraquí. La mayoría de los datos difundidos por Wikileaks eran conocidos. Ya se sabía de las torturas practicadas por la policía iraquí y de los miles de civiles muertos. Lo impactante está en la difusión masiva de documentos originales sustraídos al Pentágono, que certifican con crudeza administrativa cada muerte o cada caso de tortura.

Curiosamente, EE UU sale bastante bien librado, a pesar de su responsabilidad inicial en la guerra. La inmensa mayoría de las víctimas se debe a los enfrentamientos interreligiosos —el atentado más bestial provocó casi mil muertos el 31 de agosto de 2005 en un puente de Bagdad— y a la brutalidad tradicional de las fuerzas de seguridad iraquíes. Según los cálculos de Wikileaks, unos 109.000 civiles habrían muerto entre 2004 y 2009, algo comparable a lo que ocurrió en la guerra de independencia de Argelia contra Francia (1954-1962). Es, sin duda, un dato espeluznante, pero queda muy por debajo de una evaluación anterior hecha por la prestigiosa revista médica británica The Lancet, que no dudó, hace cuatro años, en hablar de 655.000 defunciones. Hasta los médicos confunden la propaganda con la verdad científica.

¿Por qué EE UU ha reaccionado con tanta vehemencia contra las filtraciones? No será por el contenido, finalmente menos desfavorable que lo esperado, al punto tal que los seguidores más radicales de Wikileaks empiezan a sospechar de una manipulación orquestada por Washington. El Pentágono, en cambio, está preocupado por el asunto de las filtraciones en sí y está decidido a encontrar a los responsables para castigarles. Mientras los whistleblowers, como llaman en EE UU a los abanderados de la denuncia, se limiten a publicar ese tipo de documentos, no hay peligro para la seguridad nacional. Pero, ¿qué pasaría si, bajo la excusa de la transparencia, algunos de esos cruzados tuvieran acceso a información muy sensible? Es precisamente lo que Washington quiere evitar, y la detención de una de las fuentes de Wikileaks, un militar de 22 años, indica que se toma las cosas muy en serio.

A pesar de las ínfulas de su fundador, el australiano Julian Assange, Wikileaks no es un "nuevo estándar" de periodismo de investigación. Es un simple buzón, donde llegan documentos robados a gobiernos o a empresas, y no tiene la capacidad de contrastar la información (esta vez, a diferencia de lo que había hecho antes, Assange buscó el apoyo de los grandes medios para analizar los documentos sobre Irak). Esa debilidad abre la puerta a cualquier manipulación interesada, especialmente de parte de los servicios de inteligencia, que suelen colar información falsa para crear un clima de opinión o para desacreditar a un grupo. Quizá ya está ocurriendo y Wikileaks no se ha enterado.

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