Viernes, 9 de Diciembre de 2016
10:25 CET.
Opinión

Uruguay: Retrato de 'Pepe' Mujica con La Habana de fondo

José Mujica sabe todo lo que sucede en la Cuba de Fidel Castro. Pero José Mujica es el Presidente de un país pequeño, como las autoridades del Uruguay acertadamente reconocen, y además pertenece al Frente Amplio, una amalgama de partidos y corrientes políticas que abarca desde la socialdemocracia al trotskismo y el comunismo.

Observando a José Mujica en su oficina de la presidencia de la República, salta a la vista un hombre que desdeña cualquier etiqueta: cada gesto suyo parece encaminado a despojar a la realidad de toda ceremonia. Ajeno al falso optimismo inherente a los políticos en ejercicio del poder, José Mujica transmite, más bien, la angustia existencial de un personaje de Onetti. Larsen, el doctor Díaz Grey. Montevideo es Santa María, y cualquier trozo del diario del protagonista de Cuando ya no importe podría atribuírsele al Presidente: "Mi situación […] es muy mala y bordea la angustia, en la que no acepto entrar porque me ayuda siempre el recuerdo de un amigo de mucho tiempo atrás llamado Kirilov o algo parecido. Sé que lo expulsaron de su partido".

Con la camisa ajada, el pelo y las cejas revueltos y los ojillos socarrones, a Mujica se le ve incómodo en su alfombrada oficina. Es, probablemente, la habitación más moderna del Uruguay, y la figura de su morador, de 75 años, sólo adquiere cierta armonía cuando se aparta de las paredes blancas y se recorta en los ventanales con vista a los contenedores del puerto y el infinito marrón del río de La Plata.

Uno se imagina a Mujica andando por la Peatonal Sarandí o sentado en un banco de la Plaza de la Constitución, y apostaría cualquier cosa a que la presidencia de la República le resulta un fardo. Y no importa que uno se equivoque. El hecho es que, al menos según parece, Pepe Mujica está más allá del mal y del bien. El largo de sus silencios sólo es comparable con la caída de sus hombros. Se mira las manos como si fueran de otro, y afirma no representarse ni a sí mismo. Es decir, se trata de un hombre cuyas palabras y aspecto físico provocan disonancia con la dureza de los datos biográficos: guerrilla urbana, clandestinidad, muerte, asaltos, secuestros, seis heridas de bala, quince años de prisión…

Poco después de ganar las elecciones, en marzo de 2010, preguntado por un eventual viaje a Cuba, Mujica declaró preferir no encontrarse con Castro: "Debe estar muy mal, y estoy seguro que si voy me va a dar una sensación terrible. […] No quiero entrar en la nostalgia. […] Para viejo ya estoy yo". Demasiado solipsismo, máxime si el juego sucede entre compañeros de viaje. El presidente desataba, así, unas raras vibraciones en las izquierdas latinoamericanas. Del bloque bolivariano a líderes como Lula da Silva y Michelle Bachelet, todos habían ido a pagar su peaje al Palacio de la Revolución. Al rehusar ver al Máximo Líder, Mujica dio señales de una peligrosa independencia de criterio.

Y aquellos truenos trajeron estas tempestades. Hace un par de semanas, José Mujica recibió a un grupo de exiliados opositores al castrismo. Rodeado de ellos, el ex guerrillero tupamaro y fundador del Movimiento de Participación Popular escuchó sus demandas: libertad de expresión, de movimiento, libertad para los presos políticos, concordia, diálogo entre cubanos. Como ex preso, Mujica no puede dejar de sentir solidaridad hacia cualquier ser humano puesto tras las rejas. Eso dijo. Luego pidió discreción, se mostró comprensivo, habló de ayudar, en la medida de lo posible…

Ahora bien: ¿Por qué decidió Mujica recibir a estos miembros de la sociedad civil cubana, a estos "apóstatas" y "lacayos", según la prensa militante? Evidentemente, esta acción no le traería ningún rédito político. De modo que, más allá de cualquier debate o aclaración a posteriori, estamos ante la verdad incontestable de que, digan lo que digan La Habana y sus activas tropas de choque, en América Latina empieza a ser claro lo evidente: el hecho de que, en Cuba, de lo que hablamos es de un totalitarismo dispuesto a cualquier cosa con tal de no ceder ni un ápice de poder. Lo que antes era guía e inspiración, ahora es lastre. Incapaz de sostener el ritmo, la gran campaña de marketing político que ha sido la revolución cubana se ha venido abajo con el advenimiento de la era digital, el libre flujo de ideas y de información. Y José Mujica es, a fin de cuentas, un rara avis político, un hombre con un olfato curtido tanto por viejo como por diablo.

Similitudes y diferencias

Uruguay y Cuba son países pequeños con vecinos grandes. Más que ser, Montevideo y La Habana son ciudades que dejan a la vista lo que pudieron haber sido. Se haga lo que se haga, el pasado de ambas estará siempre más cerca que su futuro.

Pero al margen de estas semejanzas, hay una diferencia crucial: la exacta perspectiva de los uruguayos acerca de sí mismos, de su verdadera dimensión. Empezando por la elite política y terminando por el último murguista, los uruguayos se saben pequeños. Y eso les ayuda. Los cubanos nos creemos el centro del universo, y ahí radica el meollo de nuestra desgracia.

Ventaja para Uruguay.

Hay un común denominador, una sencillez admirable que va desde el primer presidente de la democracia, Julio María Sanguinetti, sentado en su salita verde y  atestada de libros, a Pepe Mujica. Se trata de un fair play, de un patriotismo relajado (alejado de demagogia), de la persecución de un objetivo explícitamente definido por todos, el del bienestar y la armonía social.

En Cuba no hay políticos así. En Cuba están todos infectados de ideología. Y los que no lo están, lo aparentan. El propio Mujica explica admirablemente lo que ha de ser la política exterior de un país pequeño, y esto es la antítesis de lo practicado y exportado por La Habana a lo largo del último medio siglo: paciencia, constancia, gestos breves, esperar momentos, alejarse de la injerencia en los asuntos de otras naciones, exceptuando el tema de los Derechos Humanos,  que es universal y, paradójicamente, infinito.

Después del encuentro con Mujica, los cubanos cruzan la Plaza de la Independencia, con la estatua ecuestre de Artigas en el centro, y se meten en el quinto piso del Hotel Radisson a ofrecer una conferencia de prensa. Agradecen haber sido recibidos por el gobierno y los distintos partidos uruguayos, algo que nunca les ha sucedido en su propio país. La periodista más activa en la salita atestada de cámaras y micrófonos es, cómo no, una agente de La Habana. Nadie sabe para qué medio trabaja. Pero trabaja. Sin perder un segundo, se lanza al grotesco ejercicio de comparar dictaduras, sin darse cuenta de que, desde su atalaya, incluso ella admite a Castro como dictador. Esta periodista intenta juzgar con los patrones que conoce a una dictadura que desconoce, a un régimen tan sofisticado que no necesita matar masivamente (puestos ya a comparar, los militares uruguayos tampoco lo hicieron), pues su adoctrinamiento empieza con la infancia, y la destrucción de la sociedad civil convierte la represión armada en un ejercicio de vulgaridad represiva.

Al hablar de desapariciones y torturas, a esta periodista —como a ningún entusiasta del régimen cubano— no le avergüenza desconocer los profusos testimonios producidos por las víctimas de la dictadura más larga del continente. No ha visto Nadie escuchaba, Conducta impropia ni Seres extravagantes, no ha leído los testimonios de Valls, Valladares y tantos otros. El propio Alejandro González Raga, sentado al centro del estrado durante la conferencia de prensa, ha escrito un libro sobre su detención y paso por el presidio político. Por cuestiones ideológicas, la memoria histórica cubana tiene que enfrentarse a una ignorancia voluntaria. No se quiere saber, no se quiere oír. No hay que asombrarse, pues, que desde su perspectiva, la dictadura militar uruguaya parezca incluso cándida. Resulta que los militares golpistas no se plantearon nunca refundar el país, apropiarse de él. Tan sólo quisieron frenar el peligro comunista. Desde el primer día hablaron de futuras elecciones y vuelta a los cuarteles y a la democracia. Que alguien vaya y le cuente semejante lógica de pensamiento a Fidel Castro y su club de amigos de la Sierra.

Pocos días después de que la comitiva cubana dejara Montevideo, acosado por presiones del Partido Comunista Uruguayo (parte del Frente Amplio), Mujica se desdijo. Dijo: "Apoyaré a la revolución cubana en su lucha contra EE UU". Dijo: "Gente de los partidos tradicionales [oposición] nos pidió que recibiéramos a una delegación […] donde había cubanos que están enfrentados con su gobierno y nosotros le contestamos que, por respeto a quienes nos pedían, los íbamos a recibir".

El segundo argumento fue para los uruguayos que propiciaron el encuentro. En cuanto al primero… suena a barricada, a confesión de juicio de Moscú. Con su tufillo a consigna de mitin político, resulta una aseveración sospechosamente enfática, vieja: música para ciertos oídos, bálsamo para conciencias anquilosadas.

Desgraciadamente para esos oídos y esas conciencias, la propia vida de Pepe Mujica es un recordatorio de su sinrazón. A fin de cuentas, hablamos de un ex guerrillero, de un ex violento que, tras reincorporarse a la vida política y tomar parte en unas elecciones democráticas, es votado como presidente de todos los uruguayos. Y no pasa nada. ¿Acaso podría pasar algo así en la Cuba de los Castro?