Lunes, 11 de Diciembre de 2017
14:23 CET.
Venezuela

Chávez en su laberinto

Archivado en

La reconciliación escenificada en la ciudad de Santa Marta por los presidentes Juan Manuel Santos y Hugo Chávez ha silenciado los tambores de guerra y, al mismo tiempo, provocado el desconcierto de muchos colombianos. Esperaban compromisos concretos del líder bolivariano para desmantelar los campamentos que la guerrilla colombiana mantiene en territorio venezolano. No los hubo, porque oficialmente no existe tal santuario, y el asunto ni siquiera figura en el comunicado firmado por ambos mandatarios.

Todo depende del cristal con que se mira. Si, en lugar de fijarse únicamente en lo que no aparece en los acuerdos, se recurre al gran angular para poner en perspectiva lo que acaba de ocurrir, resulta obvio que Colombia ha cosechado un gran éxito político. El arte consiste, precisamente, en no jactarse de ello y evitar así que el adversario derrotado pierda la cara ante sus huestes. Cuando no hay vencedor ni perdedor, las partes no andan buscando cualquier pretexto para suspender el diálogo. Y, en su afán de apuntalar la complicada negociación que apenas empieza, Santos ha tomado el riesgo de decepcionar a los suyos.

De hecho, Colombia ha logrado la mayoría de sus objetivos: el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los dos países y, mucho más importante aún, el reinicio del comercio bilateral (vital para Bogotá y suspendido a iniciativa de Caracas). Además, Chávez ha reconocido el derecho soberano de su vecino de "ratificar convenios", lo que incluye implícitamente el acuerdo firmado con Estados Unidos para el uso de varias bases militares colombianas. El dirigente bolivariano renuncia así a uno de sus argumentos favoritos para movilizar a sus simpatizantes en América Latina contra "el imperio".

No es poca cosa. Hay, sin embargo, algo más. Chávez se ha descolgado con un llamamiento a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) para que dejen las armas. No es la primera vez que lo hace, pero también es cierto que, en otras oportunidades, dijo lo contrario cuando pidió a la comunidad internacional que reconociera a la guerrilla como una fuerza beligerante. La coherencia no va con su carácter fogoso. "Creo —dice ahora— que no hay condiciones en Colombia para que [los movimientos armados] en un plazo previsible puedan tomar el poder. En cambio, se han convertido en la principal excusa del imperio para penetrar Colombia a fondo y desde ahí agredir a Ecuador, Venezuela, Cuba".

¿Se puede creer lo que dice Chávez, una cosa hoy y su contraria mañana? La respuesta es un no rotundo. Él sabe que nadie le cree, pero necesita una salida honrosa que le permita desmantelar los campamentos de las FARC sin reconocer su existencia. Sus propios aliados, empezando por Brasil, Argentina o La Habana, están dispuestos a colaborar con él en esa tarea. Y quieren hacerlo a través de Unasur, la nueva entidad multilateral que aglutina las naciones suramericanas y compite con la Organización de Estados Americanos (OEA).

Aquí se encuentra, quizá, la clave de la moderación repentina de Chávez. En la Declaración de principios, consensuada el 10 de agosto en Santa Marta, el mandatario venezolano y su colega colombiano piden que Unasur colabore en el diseño de "una estrategia conjunta que […] busque prevenir la presencia o acción de grupos alzados al margen de la ley" en la frontera entre las dos naciones. Así queda excluida la OEA —un ente de Washington, según los países del eje bolivariano—, donde Bogotá presentó el mes pasado las pruebas gráficas de la presencia en Venezuela de unos 1.500 guerrilleros de las FARC y de varios de sus más altos dirigentes.

Puede parecer una concesión importante de parte de Juan Manuel Santos, y lo es sin ninguna duda, porque la mayoría de los miembros de Unasur, empezando por su secretario general, el argentino Néstor Kirchner, tienen más cercanía con Chávez. Todos, sin embargo, conocen las evidencias abrumadoras divulgadas ante la OEA. Y, si fuera necesario más adelante, Colombia se reserva el derecho de pedir una verificación internacional para confirmar la existencia de los campamentos.

Nada de lo que está ocurriendo ahora hubiera sido posible sin la jugada magistral del presidente saliente, Álvaro Uribe. Con su decisión audaz de presentar una denuncia contra Chávez ante la Corte Penal Internacional, Uribe ha hecho el trabajo sucio para que su heredero político, Juan Manuel Santos, pudiera empezar su mandato con la mesa limpia. Y éste, con su buen talante, invitó al venezolano a una reunión a solas en la Quinta de San Pedro Alejandrino, donde murió Simón Bolívar. Bajo un retrato del prócer que inspira todas sus decisiones, Chávez no ofreció mucha resistencia. Lo más probable es que, dentro de poco, reniegue de sus compromisos y denuncie la encerrona.

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.