Sábado, 16 de Diciembre de 2017
13:04 CET.
Oposición

Hay que quitarse la policía de la cabeza

Adolfo Fernández Saínz fue a finales de la década de 1990, un conocido político liberal y escritor del movimiento por la democracia. Había trabajado como traductor, primero para el ejército cubano y luego para el Ministerio de Relaciones Exteriores cubano. Una época estuvo destinado en Finlandia y la familia tuvo desde entonces una mesa de cocina de pino que podría haber estado en cualquier casa escandinava. Una breve visita a Estocolmo también había acabado con el souvenir de un caballo de madera.

Por falta de opciones, en octubre de 1998 tomamos un café en el Hotel Inglaterra en la Habana Vieja. La cafetería era estéril y estaba vacía de decoración, como tantos otros lugares en la industria turística cubana a finales de la década de 1990. El hotel acababa de ser renovado, pero no para crear un entorno en el que el visitante se sintiera como en casa, sino con el fin de tener un nivel mínimo de aceptación para que funcionase. De todos modos no había ningún turista que volviese. Después de unos días en La Habana, ya habían hecho lo que debía hacerse. Era imposible tratar de encajar, ser parte de la ciudad, como se puede hacer en la mayoría de otras grandes ciudades. La atmósfera del hotel se asemejaba a la de una cafetería de hospital. Nadie va allí sin una razón específica.

Todos los hoteles, bares, discotecas y restaurantes eran igual de aburridos. Los cubanos no eran bienvenidos a menos que trajeran a un turista. El vigilante les paraba en la entrada si lo intentaban. Ellos no pertenecían a ese ambiente y unas cervezas les hubieran costado un salario mensual. Adolfo tampoco se sentía cómodo, pero se sentó de todos modos. Le pregunté cómo había llegado a ser un disidente.

—Todo comenzó alguno de los primeros años de la década de 1990. Y lo que finalmente me hizo tomar una posición y me trajo todo el camino hasta el movimiento de la disidencia, fue una entrevista televisiva con una de las comunistas que habían participado en el acto de repudio contra la poeta María Elena Cruz Varela.

El acto de repudio, se lleva a cabo por la Seguridad del Estado junto con los vecinos, a veces un centenar, delante de la casa de los activistas por la democracia. Gritan consignas, lanzan suciedad a las casas y destruyen ventanas para mostrar su disgusto. A veces, usan la violencia. María Elena Cruz Varela había sido durante los primeros años de la década de los 90 una de las representantes más importantes del movimiento por la democracia. En octubre de 1991, llevó la palabra en la primera conferencia de prensa real. Unos 50 periodistas internacionales se agolpaban en el comedor de Elizardo Sánchez para oír el primer intento de reunir a los distintos grupos de la oposición. Un mes más tarde, un nutrido grupo de vecinos enojados se reunió delante de su puerta y gritaron consignas. Una asistente explicó a la cadena de televisión que ella se había cabreado porque María Elena Cruz Varela había repartido cartas donde invitaba a una reunión.

—La mujer dijo que no habían pegado a María Elena, pero que le habían metido las cartas en la boca a la fuerza y que la obligaron a tragárselas —recordaba Adolfo con repugnancia.

—Aunque no lo dijeran, comprendí por supuesto que alguien había sujetado sus brazos, otro su cabeza y las piernas. Además alguien le habría tapado la nariz para que abriese la boca y después se la habrían cerrado para que tragase.

Todos ellos la forzaron, a ella y a varias otras personas que se encontraban en el piso a bajar por las escaleras hasta donde esperaba la policía, y se los llevaron. Poco después de eso, ella fue condenada a dos años de prisión.

—La entrevista fue muy importante para que yo pudiera tomar partido, fue la gota que colmó el vaso.

Adolfo nos dijo que esto fue casi al mismo tiempo que la epidemia de neuropatía en Cuba. Entre 1991 y 1993 la "neuritis" afectó a 50.000 personas en Cuba. Perdían la vista o el tacto, o sufrían la pérdida y movimiento en las piernas y brazos. Los motivos fueron principalmente la deficiencia de vitaminas y la desnutrición. En 1993, el gobierno inició la entrega de suplementos vitamínicos y frenó la epidemia y muchos de los afectados, con el tiempo, mejoraron.

—El gobierno no decía nada acerca de la enfermedad, pero la gente hablaba, claro. El tiempo pasaba pero el origen y las causas de la enfermedad nunca se publicaron. Al mismo tiempo también murió un viejo amigo de la provincia de Pinar del Río, donde yo nací y me crié, y lamenté profundamente que una persona que había sido profundamente anticomunista hubiera muerto sin decírselo a nadie más allá del círculo de amigos y que no llegase a vivir el momento en que moría el comunismo.

Todo el proceso de salir como disidente es largo y difícil. No es que te envíen al exilio después de hacer algunas declaraciones contra el sistema. En cambio, están constantemente tratando de convencerte de que debes permanecer en el partido y seguir teniendo confianza en la revolución. Por lo tanto, es difícil, y se tienen que tomar muchas decisiones. Se está cerca del abismo, se echa un vistazo al otro lado, y te retiras. El hueco es demasiado grande para poder saltar al otro lado. Pero cuando vuelves, encuentras todas las cosas que molestaban antes y, entonces, sales a mirar el abismo de nuevo. Adolfo me explica que a él le sucedió varias veces.

—Hice cálculos cuidadosos de lo que perdería, y si me meterían en la cárcel. Lo que faltaba era algo bien definido a lo que agarrarme, para poder luchar en su contra y de esa manera salir del agujero en el que el Estado quiere que vivas.

Adolfo se agarró a la neuropatía. En una reunión con el Partido en el Ministerio en abril de 1993, pidió la palabra y se puso de pie y explicó que la manera en que el gobierno había tratado el problema era irresponsable.

—“La gente pierde la vista, y les cuesta caminar, y todos hablan de ello, pero el gobierno y la prensa no dicen absolutamente nada. Es una falta de respeto hacia los que sufren", dije yo. Mi estrategia era criticar la política del gobierno, no al gobierno. En la reunión, me dijeron que tenía razón, pero que teníamos que esperar.

Unas semanas más tarde, los periódicos empezaron a escribir sobre la enfermedad y culparon de todo a la CIA y a otras circunstancias internacionales.

—Pero no dijeron nada sobre la falta de alimentos. Así que en la siguiente reunión del partido, pedí la palabra de nuevo y critiqué una vez más la manera que tenían los periódicos de analizar la situación, y expliqué que no creía que la CIA fuese la culpable. Ellos trataron de convencerme que esperásemos de nuevo, pero yo fui persistente y continué con mi argumento hasta que una mujer se levantó y dijo: "¡Oye chico, tienes que tener confianza en la revolución!". Contesté que era exactamente eso lo que no tenía.

Tras ello, el Partido Comunista lo convocó a una reunión.

—Cuando comenzó la reunión, me dijeron que podría durar cinco minutos o cinco horas, todo dependía de mí. Me preguntaron si seguía pensando lo que había afirmado, y dije: "mi afirmación sigue siendo válida". Y solo entonces me pidieron el carné del Partido y me excluyeron, duró cinco minutos. Cuando me fui de allí, pensé que alguien de la policía secreta probablemente me esperaba, pero no pasó nada. Ni siquiera me echaron del trabajo.

¿De dónde sacaste la confianza?

—En los años 90, muchos pensaban que el gobierno estaba a punto de perder el poder. Todo el mundo escuchaba Radio Martí y se hablaba mucho. Para mí, la guerra del Golfo en 1991 fue decisiva. En el trabajo, teníamos acceso a revistas y periódicos americanos, y yo lo leía todo. A la hora del almuerzo, a menudo hablábamos sobre la posición de Cuba de no condenar la invasión de Irak a Kuwait, sino que solo se criticaba a Estados Unidos. En esas discusiones, encontré la confianza en el discutir y decir lo que realmente pensaba. Luego lo utilicé en las reuniones con el Partido y eso hizo que me atreviese a ponerme en contra de ellos.

El colapso de la Unión Soviética y la aguda crisis económica en Cuba en ese momento, hizo que muchos pensaran que el gobierno de Fidel Castro caería.

—Estaba aterrorizado de que llegara una nueva revolución y que me encontraran con el carné del Partido en el bolsillo. Yo no quería ser una de esas personas que solo se ponían en el bando adecuado en el momento oportuno, sino uno de los que provocaban el cambio. Así que cuando me pidieron que tomara parte en el trabajo voluntario en el campo, dije que no. Dos semanas de trabajo agrícola dos veces al año es una falta de respeto hacia las personas bien formadas.

La falta de gasolina y transporte público también hizo que Adolfo empezara a llegar tarde al trabajo. Cuando su jefe se quejó y le dijo que tenía que levantarse más temprano, él respondió que el problema era del municipio, que era incapaz de proporcionar el servicio del cual era responsable.

—Pero tampoco eso llevó a que tomaran ninguna acción contra mí, en cambio me dieron trabajo para hacer en casa, traducciones que podía entregar una semana más tarde. También dejé de pagar la cuota del sindicato, lo cual es grave, pero tampoco pasó nada después de eso.

En 1994 se implicó en un grupo humanitario que trabajaba con presos políticos.

—Les dábamos Biblias e intentábamos infundirles esperanza. El grupo era pequeño, pero pensábamos más o menos igual, y a través de la cohesión, fuimos capaces de convencernos mutuamente de que no éramos nosotros los que estábamos locos.

El grupo, después de un tiempo, estableció contacto con el Partido Solidaridad Democrática, que era uno de los principales partidos políticos de la década de 1990.

—Era un partido suficientemente grande para que valiese la pena dar el paso. Además, nos ofrecieron a todo nuestro grupo participar a la vez.

A través de los contactos del Partido, fue capaz de hablar por Radio Martí. Solo después de eso fue despedido del trabajo. —El motivo oficial para despedirme, que se puede leer en la resolución, no es más que una farsa. Me agradecieron todo el buen trabajo que había hecho en los años que traduje para el gobierno, pero como había tenido "contactos con terceros", es decir, las personas que están fuera del sistema, tenían que dejarme ir.

Si has perdido tu trabajo en Cuba por razones políticas, es casi imposible conseguir uno nuevo. El Estado te expulsa de todas las comunidades. Después de algunos años, Adolfo solicitó una licencia para enseñar inglés de manera privada.

—No pensé que me la darían. Hasta había preparado una apelación para enviarla a la organización internacional del trabajo, ILO, diciendo que no tenían otra razón para negarme la licencia que por mis opiniones políticas. Pero me dieron la licencia sin ningún problema. Solo quieren que todo parezca normal, así que intentan mantenerte en el Partido y en el trabajo y no buscar conflictos. Los conflictos hacen que la gente tome partido y diga lo que piensa.

¿En algún momento te has arrepentido?

—Ahora no me arrepiento de nada, y nunca volvería a ponerme la máscara para entrar en el sistema otra vez. Una vez estás fuera, es un alivio. Tienes que ser honesto contigo mismo, decir lo que piensas y no mentir. Si la gente empezase a decir abiertamente lo que piensa, el sistema no sobreviviría mucho más.

Los otros activistas a favor de la democracia que entrevisté, me dijeron más o menos lo mismo, habían pasado por las mismas situaciones. Casi todos habían sido, en algún momento, un pilar del aparato del Estado cubano como funcionarios, periodistas, figuras culturales, médicos o profesores. Para algunos, el impulso para salir como disidentes era deshacerse de la falsedad y aspirar a ser libres para decir lo que pensaban y sentían. Comenzaban doblándose, removiéndose, vacilando y tratando de escapar de su propio disgusto contra el sistema de una manera u otra. Otros comenzaban el proceso descubriendo fallos y errores en el trabajo o en la zona donde vivían e intentaban cambiarlo. Una y otra vez golpeaban la cabeza contra la pared en sus intentos. Con el tiempo, el muro que rodeaba el sistema empezaba a verse cada vez más claramente, y al final, se daban cuenta de que había que derribarlo todo.

El descubrimiento de la doble moral y el darse cuenta de que era imposible alterar el sistema, fue para muchos un proceso muy individual. Al principio, no hablaban con nadie, tal vez durante varios años. Pero a medida que su crítica era más clara, el sistema de control los descubría. Podía ser el Partido Comunista, la asociación juvenil, el sindicato u otra persona, y eran llamados para ser interrogados. En su interrogatorio, las autoridades intentaban manipularlos, discutir y explicar que estaban equivocados, que había que tener confianza en el gobierno y que realmente no era tan malo. Para muchos futuros disidentes estos interrogatorios funcionaban como ejercicios de argumentación. No tenían a nadie más que argumentara contra ellos.

A medida que las autoridades los iban descubriendo, ellos empezaban a encontrar a otras personas en su entorno que se atrevían a criticar. Se unían, formando pequeños grupos, que se reunían para hablar y compartir libros. Estos grupos llevaron a que se separaran del sistema político, que se intentasen colocar fuera de la ideología y construir una identidad que no dependía de los valores impartidos por el gobierno.

Luego llegaba el abismo, cuando el conflicto con el gobierno era inevitable, y tenían que decidir si saltar o no. Me dijeron que lo único que funcionaba para deshacerse de la frustración, era mantener la cabeza erguida y desafiar al sistema. La acción principal era demostrar públicamente que ya no reconocían la legitimidad del sistema, que trabajaban para cambiar el poder. Las autoridades respondían enton-ces excluyéndolos del partido y despidiéndolos del trabajo. Muchos lo tomaban como un alivio y como que el gobierno, por consiguiente, aceptaba que la resistencia existía.


 

Erik Jennische ha trabajado en apoyo a las organizaciones de los Derechos Humanos en Europa Oriental, los Balcanes y América Latina. Desde 2014, Jennische es el Director del programa para Latinoamérica en Civil Rights Defenders en Estocolmo.

Hay quitarse la policía de la cabeza se publicó en sueco en la primavera de 2013 y recibió una acogida muy positiva en los medios del país europeo. El libro, publicado en 2015 por Ertigo, está disponible en español a partir de hoy en Amazon, Readontime.com y en libros.elmundo.es.

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Comentarios [ 10 ]

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Muy bien escrito , pero solo demuestra una cosa : EE UU traiciono a la oposicion cubana en 1990 . Todo el mundo sabe que EE UU si quiere puede derrocar el gobierno que quiera me refiero a gobiernos bananeros y miserables , no hablo de Rusia , Iran o China que son tiburones " incomibles " pero Cuba en 1990 era un pais quebrado , sin gasolina ni para los aviones Mig 23 obsoletos y oxidados . En 24 horas podrian haber tumbado al gobierno y la condena internacional habria sido nula , ellos controlan la prensa , la radio y la tele . NO QUISIERON TUMBAR A FIDEL . Entonces surge mi duda . Si los yankis han sido complices de los Castro entonces son tan inmorales como ellos . Asi que no veo la razon por la cual hay que cambiar a un inmoral por otro . Yo era anticomunista pero ya me cambie de bando . EE UU esta acabado . Es la Roma de Romulo Augustulo , no es ni la sombra de lo que fue . Raul ha ganado y solo los estupidos se apuntan al caballo perdedor . La mafia de Miami no existe , son inofensivos payasos . En realidad se trata de negocios . EE UU sabe que mientras haya comunismo en Cuba la industria turistica en Mayami esta a salvo . Sus hoteles en Cancun tambien . Cuba tiene que seguir siendo una finca de esclavos para que la gente siga huyendo a Mayami y alimente la burbuja de carros , casas , teles de plasma .  Los que mueren por un ideal equivocado han muerto en vano , por eso yo no lucho contra nadie , lucho solo por mi . Mi patria soy yo . 

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Dentro de los análisis que quedarán pendientes para más adelante, deberá estar el por qué no cayó el régimen castrista en los '90, si todo estaba mal.Hay un dato que me llamó la atención del escrito: el autor cuenta que en Octubre del '91 corresponsales extranjeros estaban en la casa de Elizardo Sánchez ("...unos 50..."), cuando hoy no pasan ni cerca de la vivienda que posee en Miramar.La claudicación de la prensa extranjera pienso que tuvo que ver con el ocaso de la oposición, hoy día diezmada, pero por suerte, latente. 

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Voy por el capítulo doce, y puede ser que mi opinion cambié cuando termine la lectura. Pero lo dudo. Este libro debe ser estudiado por todos los que aspiren a ser combatientes contra el castrismo. Ningún cubano pudiese haber plasmado las ideas y las percepciones que este sueco ha logrado plasmar en su narración. Lo recomiendo a todos, teniendo en cuenta la importante aclaración que he hecho al comienzo. Arnaldo de Armas

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Muy buen testimonio personal del militante del partido que renuncia a la doble moral impuesta,al precio de su vida.

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Como se va uno a quitar la policia de la cabeza si su porra rompe cabezas a diario?

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     hoy  en Cuba, el miedo y la desconfianza sembrado por el socialismo en las personas aun hace daño, pero el buen trabajo que va realizando la disidencia con su resistencia y postura ante la represion, hace que cada día principalmente la jueventud se quiten la careta y se incoporen a la lucha dentro y fuera de la isla.(INFILTRADO EN PUNTO CERO)

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Debe regalarle un ejemplar del libro al sueco que iba con Carromero y Payá a ver si se espabila y se acuerda de algo.

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Traduzcan nuevamente el capítulo. Eso sigue en sueco.

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Muy buen libro, a comprarlo.

Imagen de Anónimo

hay que sacarse el policia de la cabeza y el penco del alma