Martes, 13 de Noviembre de 2018
Última actualización: 20:33 CET
Opinión

Entre la represión y la depresión

Ser disidente político en Cuba puede ser un modo de preexistencia. Recuérdese que existir es tener esos derechos de los cuales la mayoría de nuestros hermanos no tienen conocimiento. El simple acto de recordarles que son seres racionales, potenciales creadores del cambio que les despoje de los harapos de la servidumbre, te convierte en disidente.

La angustia y la sensación de ahogo son los primeros síntomas. El delirio persecutorio se añade como elemento acechante de la locura. La soledad y la desconfianza se incorporan y establecen los muros del terror. La dinámica del día a día es una lección de paciencia y capacidad de resistencia. Se trata de lidiar con la angustia que supone no saber lo que será de uno el día de mañana. Es comprender y asumir la realidad de un país donde el ejercicio del derecho a la libre expresión política es coartado, y la amenaza de represión y cárcel penden sobre la cabeza como una espada. Se necesita de mucha fuerza y valor interior para rebasar esa etapa inicial, los primeros pasos en el territorio recién liberado de la psiquis.

Desde pequeños nos dijeron que el Comandante era el "superman" de verde olivo. Nos enseñaron la historia tergiversada como una sucesión de hechos que lo justifican y lo absuelven. Nos apuntaron una y otra vez que nuestro futuro sería luminoso. Irónicamente, la adolescencia y la juventud de mi generación transcurrió entre apagones eternos y desapariciones en el mar. Los delirios del "líder" se hacían escuchar durante los breves lapsus de electricidad y la oscuridad, paradójicamente, nos curó de su dictadura de conciencia.

Durante los más de cincuenta años de dominio monárquico castrista, cada generación de opositores ha vivido su despertar y su Gólgota: la de los sesenta participó y sufrió de los avatares de la violencia. Resistió el escarnio, la incomprensión de la familia como parte de un entorno social hipnotizado y enfermo de una mística engañosa y excluyente. Enfrentó la soledad fundacional del exilio o afrontó la de los muros de la cárcel o el paredón de fusilamiento.

La de los setenta maduró en el estancamiento y la clausura psicosocial de un pueblo rehén de un poder subvencionado. Vivió la tristeza de los templos vacíos y el oro de la fe cambiado por espejitos "Made in URSS". Se lanzó contra las cercas de una embajada para huir. Cruzó el mar, se sumó a la diáspora y sus miembros fueron llamados "marielitos". La división interna sumo odios, mítines de repudio, dolores y ofensas cuyo perdón parecía entonces muy lejano. El terror y la represión tenían índole común pero se refugiaban bajo la máscara de la coyuntura. Sin embargo estaban las voces del disenso: Arcos-Bergnes, Bofill, Cruz Varela, Paya…

Mientras la metrópoli soviética se hundía bajo el peso de su propio lastre, el castrismo se entregó al disfrute faraónico de unos Juegos Panamericanos. Apenas un año y medio después, el medioevo se adueñaba en sesiones alternadas, diurnas o nocturnas, de una Isla en crisis y apagón. Algunos cambiaban libras de plátanos por libros, ropa, zapatos, o buscaron pasaportes con sus cuerpos. Otros decidieron que había concluido el tiempo del silencio y el miedo: 75 seres humanos fueron confinados porque se salieron de la línea amarilla que marca el camino entre la vida cotidiana y gris y los barracones.

¿Cuál será la generación que vivirá el cambio? ¿Cuánto tiempo más habrá que resistir bajo la represión, en riesgo de depresión?

Sí, es cierto que cuando cualquiera de nosotros levanta el auricular del teléfono escucha el inconfundible eco del "chequeo en línea". También son duros los "mítines de repudio", las paredes de las fachadas pintadas con carteles ofensivos y el asedio constante. Las golpizas y las amenazas de muerte como un paisaje mucho más despiadado a medida que te alejas de la capital. La cruda realidad de los opositores en Banes o el sacrificio de las huelgas de hambre como única arma en un país sin derechos.

A veces uno siente que no vale la pena el sacrificio cuando mira a su alrededor y solo ves desidia, ignorancia, miedo. Duele en el corazón no saber si podremos presenciar, en vida, el masivo y definitorio despertar de la conciencia cívica en esta Isla. Asoma la trampa de la depresión.

Somos gladiadores sin más arma que nuestra conciencia libre. Las calles e incluso las salas de nuestras casas pueden convertirse en la arena. Es el espacio donde tenemos que encontrarnos frente a frente con ese represor que no es más que un esclavo idiotizado o envilecido por el sistema.

En esos instantes resulta vital el aliento de los hermanos de causa, porque cada día estamos menos solos.

Archivado en