Domingo, 20 de Agosto de 2017
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Sociedad

Maltratos carcelarios

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Una tarde fría y con una llovizna persistente, me contaba el poeta y periodista Raúl Rivero en su apartamento del barrio habanero La Victoria, que lo peor de la cárcel era la hora del sueño.

Cada noche, mientras dormía en su húmeda celda de la prisión de Canaleta, Ciego de Ávila, se sentía un hombre libre. En esas madrugadas la fantasía saltaba la tapia y descorría con sigilo los candados chinos.

Entonces tomaba café con sus amigos, de golpe retornaban momentos felices y compartía relajado con su madre, esposa e hijas.

Todo el encanto se quebraba al toque de campana y el paso atropellado de botas militares anunciando el de pie o una requisa a fondo en la celda. Para Rivero, dormir era lo más duro.

A los 75 presos de la primavera negra de 2003, los años de cárcel les parecieron siglos. No eran delincuentes. Ni terroristas. No habían violado ninguna ley que pusiera en peligro la seguridad nacional.

En juicios sumarios se les fabricó una sarta de necedades útiles al gobierno de Fidel Castro. Sus armas eran la pluma y la palabra. Las pruebas acusatorias presentadas ante la fiscalía fueron libros, máquinas de escribir y ordenadores portátiles.

Oscar Elías Biscet durmió muchos años en una tremebunda celda de castigo. Al salir de prisión, el periodista independiente Jorge Olivera aparentaba tener veinte años más y cargaba un rosario de enfermedades. Orlando Zapata murió en prisión producto de una huelga de hambre. Ariel Sigler traspasó el umbral de su celda convertido en un guiñapo humano.

Cuando un hombre recto e íntegro sabe que no ha cometido delito y la verdad está de su parte, es muy difícil de doblegar. Y no suele ser doblegado por los interrogatorios al mejor estilo de la KGB, las amenazas, humillaciones y castigos corporales.

En las prisiones donde cumplieron sus sanciones, los disidentes nunca dejaron de reportar las brutalidades acaecidas dentro de los penales. Pablo Pacheco, desde su galera en Canaleta y con la ayuda de amigos, abrió un blog donde contaba relatos que parecían sacados de un libro de horror.

La historia del presidio político en Cuba es terriblemente dolorosa. Algún día, en una fecha señalada, guardaremos un minuto de silencio por los prisioneros políticos fallecidos en cárceles de la isla.

Pero si rigurosa ha sido la cárcel para los opositores, qué decir de los atropellos que reciben los presos comunes. Yoilán, de 26 años, ha sufrido desde los 14 la severidad del sistema penal cubano.

Yoilán no se considera inocente. Fue un ratero. Se dedicaba a robar dinero o artículos de valor a los turistas. Siendo un adolescente estuvo en un centro de reeducación de menores.

"Los guardias del penal, ante cualquier indisciplina, te esposaban en la reja y a patadas y con tonfas te golpeaban. A veces utilizaban artefactos eléctricos de alto voltaje. Poco importaba que fuéramos casi niños", recuerda.

En las cárceles de adultos, las golpizas y los malos tratos casi son una norma. Está por saber el número de reclusos comunes fallecidos producto de palizas propinadas por los vigilantes del penal.

Las prisiones no son hoteles. Pero los castigos corporales y ofensas verbales por parte de quienes cuidan los penales deberían ser prohibidos. Suficiente tienen esos hombres y mujeres que delinquieron con purgar su sanción tras los barrotes de una celda.

Si hablamos de activistas como Sonia Garro, Ramón Alejandro Muñoz o Niurka Luque, encarcelados desde mediados del mes de marzo, entonces la injusticia es doble. Su único delito ha sido reclamar un puñado de derechos en pacíficas protestas callejeras. 

Por suerte, no son mayoría las naciones del planeta en las cuales se puede ir a prisión por ser opositor político. China, Rusia, Corea del Norte, Vietnam, Birmania y algún que otro estado africano, además de Cuba. Es una vergüenza.

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