Domingo, 19 de Noviembre de 2017
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Derechos Humanos

Sonia Garro: notas desde la cárcel

Una tarde gris de 2010, Sonia Garro me contaba sus motivos para crear un proyecto comunitario con niños pobres de su barrio Los Quemados, en el municipio habanero de Marianao.

Recordaba que mientras estaba sentada en su máquina de coser norteamericana de los años 50, con frecuencia observaba accidentes de niños que jugaban en la calle, por descuido de sus progenitores. Desde el portal de su casa, en las noches, miraba adolescentes de cuerpos escuálidos prostituirse por unos pesos o baratijas. Por esa época, Sonia trabajaba en un policlínico como técnica de laboratorio.

A los pocos meses tomó una decisión que cambiaría su vida. Creó en su barrio un centro independiente para niños de padres con bajos recursos. No importaba la afiliación política. La idea era que en su tiempo libre los menores no anduvieran jugando de forma peligrosa en las calles.

El proyecto creció. Y en su mejor momento llegó a tener más de 20 muchachos. Incluso, pensó abrir otras sucursales en las barriadas marginales de Pogolotti y Palo Cagao. Lo menos que supuso Sonia Garro fue que los servicios especiales de la policía la acosarían con rudeza. Pero sí, a los tipos duros de la inteligencia les molestó su labor.

Y con frecuencia en su casa de la Avenida 47 entre 116 y 118 le armaban actos de repudio. Ya se saben lo que son estos actos. Puros linchamientos verbales. Además de gruesas ofensas, palos y cabillas en mano, una banda de combatientes jubilados le lanzaban piedras y tomates.

Luego de fracasar en su intento de crear un espacio que ofreciera actividades a niños y adolescentes, Sonia decidió subir la parada. Junto a otras mujeres, como ella Damas de Apoyo a las Damas de Blanco, se iba a protestar en céntricas calles. Los motivos eran variados. Igual podía ser para recordar al disidente Orlando Zapata, que gritar con las venas del cuello a punto de reventar por la libertad y el respeto a los derechos humanos.

Fue su apuesta personal. Son precisamente las calles y las actividades públicas el gran temor del Gobierno de Raúl Castro, que utiliza todas las armas de su arsenal para ejercer el control. Así que, además de frecuentes golpizas, altos oficiales de la Seguridad del Estado le hicieron saber a Sonia que no les permitirían una protesta callejera más. Y así fue.

En marzo de este año, una semana antes de la visita del Papa, en un operativo espectacular, fuerzas antimotines la detuvieron junto a su esposo Ramón Alejandro Muñoz. Ahora ella espera sentencia en la prisión de máxima seguridad para mujeres conocida por Manto Negro.

Pudiera ser condenada a muchos años. El gobierno la incrimina por  "tentativa de asesinato" y "desorden público". Sonia no sabe a ciencia cierta por qué se le acusa de "intento de asesinato". Jamás por su mente le ha pasado la idea de matar a nadie.

A ratos, Sonia Garro me hace llegar pequeñas notas desde la cárcel. En una carta escrita en un trozo de papel de libreta dice: "Desde que estoy presa me han negado todo contacto con mi marido. A las mujeres de aquí, que tienen a sus esposos presos, las llevan al Combinado del Este para que los vean. A mí me dijeron que yo no estaba en el listado".

En otra nota me cuenta que el 30 de mayo sufrió un accidente mientras la trasladaban en un carro celular de la prisión. Ha tenido muchos problemas para atenderse con un médico.

Su hermana Yamilé, quien semanalmente carga una jaba de 10 kilos para llevarle alimentos y aseo a Sonia y su cuñado Ramón, me contaba que después de un registro a fondo efectuado por la Seguridad del Estado en la modesta vivienda del matrimonio en Marianao, el saqueo de supuestos vándalos los han dejado sin pertenencias.

Además de esperar sentencia en una cárcel de mayor rigor, y dejar atrás una hija de 15 años que crecerá sin el cariño y la educación de sus padres, Sonia Garro sufre represalias por parte de las autoridades. El mensaje enviado por el General Raúl Castro a los disidentes de barricada es alto y claro: hay una frontera tenue que no se debe traspasar.

Aunque nadie conoce a ciencia cierta cuál es la delgada línea que separa lo permisivo de aquello que el Gobierno considera delito. Sonia Garro tampoco lo sabe. Ella está convencida de que solo reclamaba sus derechos.

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