Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
00:58 CEST.
Opinión

Benedicto XVI y los viacrucis de Andrés Carrión y José Daniel Ferrer

En el vuelo que lo llevaba de Roma a México y Cuba, el Papa Benedicto XVI declaró sin cortapisas que "el marxismo no se corresponde con la realidad". El proclamar esa verdad indiscutible no le causó ningún percance al Santo Padre en ese reducto del marxismo-leninismo que es Cuba. El régimen anfitrión optó por pasar por alto tal afrenta ideológica a fin de poder capitalizar plenamente, en términos de imagen internacional, la estadía del Pontífice en tierra cubana.

El silencio del régimen ante aquella declaración mostraba que el Papa disponía de cierto margen de maniobra para abogar por la fraternidad y el respeto de los derechos fundamentales de la persona humana que durante más de 50 años se le ha negado al pueblo cubano.

Desafortunadamente, el Papa no supo aprovechar la oportunidad que esa permisibilidad protocolar le brindaba para ampliar sus puntos de vista sobre el marxismo y reclamar, a la luz del Evangelio, el respeto de la libertad de expresión y asociación. Benedicto XVI optó por sacrificar tal posibilidad en aras de la concordia diplomática.

No obstante, aunque ese viaje estuviese a fin de cuentas desprovisto de toda referencia explícita a las violaciones de derechos humanos en Cuba, la escueta necrología del marxismo, pronunciada por el Papa antes de su aterrizaje en Cuba, creó grandes expectativas, tanto dentro de la disidencia como en la población en general, en torno a la posibilidad que ofrecía la visita de Benedicto XVI a la causa de los derechos humanos.

Dichas expectativas, dicho sea de paso, eran tanto más fundadas cuanto que en México el Papa supo encontrar palabras fuertes para denunciar "las falsas promesas y mentiras del narcotráfico". Y si antes de llegar a Cuba el Papa tuvo el arrojo de condenar enérgicamente el narcotráfico, amén de proclamar la muerte del marxismo, los cubanos no podían sino confiar en que el Benedicto XVI, una vez en tierra cubana, diese prueba de una bravura similar y denunciase las injusticias a las que ellos viven sometidos.

Fue pues la presencia del Sumo Pontífice y su impactante condena del marxismo y del narcotráfico lo que estimuló a Andrés Carrión Álvarez a dar riendas sueltas a sus ansias de libertad y a proferir, con el ceño fruncido revelador de la gravedad de su compromiso, aquel "¡Abajo el comunismo!" captado por las cámaras de televisión y que estremeció la conciencia de todo el mundo.

Carrión está hoy pagando muy caro su gesto valeroso. A los golpes que le asestaron los perros de presa del régimen en el momento de su captura, hay que añadir veinte días de detención injustificada. Lamentablemente su infortunio no se detiene ahí, pues apenas unas pocas horas después de su liberación fue nuevamente fue llevado a los inhumanos calabozos del castrismo.

Carrión está hoy atravesando un viacrucis por el único delito de repetir, con palabras a la medida de su desesperación, lo que antes de aterrizar en Cuba el Santo Padre había expresado más sutilmente y sin consecuencia alguna.

Es lo mismo que le sucede al líder de la Unión Patriótica de Cuba, José Daniel Ferrer, detenido el pasado 2 de abril, en Santiago de Cuba, en la ola represiva que recorrió la Isla tras la visita de Benedicto XVI.

El Sumo Pontífice y el Cardenal Jaime Ortega no pueden permanecer indiferentes ante las agresiones físicas y morales, y la injustificada privación de libertad, sufridas por este joven cubano. A ellos les incumbe denunciar responsablemente el drama de este valiente joven y asumir la iniciativa, e incluso el liderazgo, de la lucha por su liberación definitiva e incondicional, con todas las consecuencias e implicaciones jurídicas internacionales que su actitud pudiera conllevar.

De todas maneras, se impone una iniciativa urgente ante las instituciones internacionales competentes, tales como la Corte Interamericana o Europea de Derechos Humanos y el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, para presionar y exigir al régimen cubano que garantice la libertad de esos nuevos símbolos de la resistencia cubana que son Andrés Carrión Álvarez y José Daniel Ferrer.