Domingo, 25 de Septiembre de 2016
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Derechos Humanos

'El Ñaño' de Cuba: un sacerdote rastafari menos

La cruzada política contra el movimiento rastafari cubano tendrá este viernes 13 de abril un clímax, cuando el líder de la banda de reggae Herencia, Héctor Riscart Mustelier (El Ñaño), sacerdote Bobo Shanti de 40 años, sea llevado a juicio por el delito de "producción, venta, demanda, tráfico, distribución y tenencia ilícitos de drogas, estupefacientes, sustancias sicotrópicas y otras de efectos similares".

Lo grandilocuente de la acusación no justifica que la vista oral sea a puertas cerradas, en una sala donde se ventilan los cargos contra la seguridad nacional. Sobre todo porque, en la oficina de Atención a la Ciudadanía del Ministerio del Interior, se le notificó a Zuraima Janero Dámaso, su esposa y madre de dos niños, que se trataba de un delito común sin interés para la seguridad del Estado. En definitiva, la evidencia contra Riscart, quien niega su culpa desde el inicio, solo depende del testimonio de los mismos agentes del orden público que lo capturaron la madrugada del 16 de noviembre de 2011, a la salida de su centro de trabajo como músico en el Cabaret Nacional de Centro Habana.

A su favor, Riscart cuenta con los testimonios coincidentes de los intérpretes de Herencia, presentes durante un arresto que devino violento sin causa. A su favor, cuenta con que desde hace años no lo citan para darle "seguimiento" o "re-educación" de la Dirección Nacional Anti-Drogas, aunque la Fiscalía insiste en que sí estaba siendo "controlado" por la DNA. A su favor, está el pésimo trabajo pericial, que no documentó de manera incontrovertible la escena pública en que se detectó la prueba incriminante. A su favor, hubo un registro realizado en su casa de Subirana 471 apto. 2, entre Manglar y Santa Martha (Centro Habana), donde no se encontraron trazas de "drogas, estupefacientes, sustancias sicotrópicas ni otras de efectos similares", por lo que tampoco se le decomisó ninguna propiedad obtenida gracias a la lucrativa "producción, venta, demanda, tráfico, distribución o tenencia de sustancias ilícitas".

En su contra, paradójicamente, Héctor Riscart tiene el desplante de clamar inocencia siendo un rastafari cubano —cultura contestataria de leones reyes y cáñamos sagrados—, ya antes convicto dos años durante la Operación Coraza por un delito similar. En su contra, ejemplarizantemente, le piden ahora, sin derecho a reducción de condena, diez años de cárcel y uno adicional por ofrecer "resistencia", ese comodín legal contra cualquier reclamo de derechos por parte de la ciudadanía: Riscart exigió ser conducido a la Estación Policial para evitar el escarnio de una requisa ante su público y los gerentes que contrataban a Herencia, aunque igual fue reducido contra el asfalto y la banda desde entonces está sin empleo, pues las autoridades se personaron en el Cabaret Nacional y mintieron sobre la existencia de cocaína y otras drogas extremas.

Las Conclusiones Provisionales (30 de enero 2012) de este caso son un monumento al desamparo legal en que se sobrevive en la Isla, barbarie burocrática que se burla del destino de los cubanos en una lotería de visos legales. A título de la Fiscalía Provincial de La Habana Vieja, no aparece un nombre legible sino apenas las siglas firmadas del Licenciado ARR. La redacción de los hechos es de una tendenciosidad infantil y, entre otras erratas insultantes o tal vez invalidantes, el texto concluye trastocando al acusado con un tal "Ángel Laguen", sobre el cual (si es que este documento conserva alguna fuerza legal) deberían interrogar entonces a los testigos el próximo viernes 13, y no acerca de Héctor Riscart, pues su nombre desaparece en el tercio final de dichas Conclusiones, rindiendo así el curioso caso de un hombre juzgado con una identidad ajena.

Contratada como defensa de ocasión, una abogada de bufete colectivo vacacionará por su cumpleaños hasta después del alegato, que ella asumirá casi de favor en horario extra-laboral, acaso por su magro honorario de 415 pesos nacionales (los familiares y amigos de Héctor y Zuraima no podrían reunir las altas cuotas en CUCs que son los gajes de este oficio hoy en Cuba). Como muchos Licenciados en Derecho, se parte del reconocimiento de que, cuando es la Policía Nacional Revolucionaria quien acusa en un tema tan tabú como las "drogas", es estéril cualquier estrategia triunfadora que desmonte las supuestas pruebas y los presuntos procedimientos improcedentes de la Fiscalía. 

Héctor Riscart, preso en el Combinado del Este tras una instrucción fulminante que su familia tilda ya no de manipuladora sino de mentirosa, fue privado del sacramento de sus dreadlocks incluso sin haber sido condenado todavía. Para colmo, él prácticamente sostiene una huelga de hambre no intencional por su condición religiosa de vegetariano, que las autoridades penitenciarias no consideran un asunto espiritual, sino un lujo o, peor, una excentricidad en rebeldía del reo.

Héctor Riscart le pide a Zuraima y a sus hermanos en dios que oren por él, acaso en uno de esos retiros rituales en los montes de Baracoa o Pinar del Río, donde la policía puntualmente los detiene (en ocasiones, con amenaza de decomiso de fincas privadas) y les impone actas de advertencias pre-delictivas por practicar el rastafarismo en este país. Riscart no concibe la menor posibilidad de un error divino en el absurdo en que él habita desde hace meses, pues aún confía en que la mano salvadora de una verdad suprema abrirá la mente de los jueces y limpiará de falacias la voz de los agentes que declararán contra él.

Preocupantemente, uno de ellos, Ernesto Martínez Ramírez, de la Policía Especializada sita en Cuba y Chacón (La Habana Vieja), en una mesa del Cabaret Nacional y minutos antes del arresto de noviembre 2011, provocó con ropa de civil a los miembros de Herencia para que le vendiesen cigarrillos prohibidos. A pesar de la respuesta negativa, y de no estar oficiando como policía, los denunció a los servicios de guardia y patrullaje de la zona (Maikel Atiet Creagh, Wilbert Durruthy Favier, David Rousseaux Columbié: todos también localizables en Cuba y Chacón). La declaración inicial de Martínez Ramírez en un punto del proceso fue cambiada, sin causa aparente, para tornarse menos impresionista y más incisiva en contra de Héctor Riscart.                                                      

Aunque todo ocurrió bajo las cámaras policiales de la esquina de Prado y San José, las grabaciones no han podido ser incluidas como evidencia jurídica, tal como lo reclamó la esposa afectada a nombre del acusado, pues los oficiales a cargo (coincidentemente de la propia estación de Cuba y Chacón) adujeron que dichos registros desaparecen en pocos días por falta de personal para procesarlos. Al respecto, solo queda en pie la palabra policial sobre la "resistencia" del rastafari, así como el "hallazgo" in situ de un nylon con cannabis sobre la calle, que ningún testigo no policial constató, y que se le endilgó en exclusivo a Héctor Riscart, ya cuando él estaba maniatado en la Estación de la calle Dragones (La Habana Vieja).

Es significativo que no se buscaran huellas dactilares incriminatorias contra Riscart, por más que las sustancias ilícitas fueran ratificadas como tales en el Laboratorio Central de Criminalística, retratadas en solitario para las denominadas foto-tablas, e incineradas enseguida por la División de Investigaciones Criminalísticas de 100 y Aldabó. Tampoco se intentó evidenciar restos químicos u odoríferos en su largo pelo ni en el turbante que lo cubría: una pieza blanca que nunca fue incautada, a pesar de ser citada en las Conclusiones Provisionales como clave para asociar el hallazgo con la persona del acusado. El instructor de la Unidad de Picota rehusó convocar a un careo aclaratorio entre testigos, pues al parecer la versión de los policías no acababa de concordar entre sí respecto a la de los músicos de Herencia —Adrián Obregón Janero (utilero), Germán Daniel Rivera Díaz (percusionista), Zenén Mario Abreu Peña (sonidista)— y el propio Héctor Riscart (director).

Como colofón farmacológico, queda una muestra de orina positiva que, en última instancia, podría relacionarse con el consumo privado de cáñamo en días anteriores a los hechos concernientes a la actual causa (el "consumo" en puridad queda fuera del Código Penal cubano): evento, en cualquier caso, no relacionable con ese crimen de rango global que es el tráfico y producción pecuniaria de sustancias nocivas.

Más allá de la anti-moderna legislación local sobre el uso responsable de productos naturales psicoactivos; más allá de las ventajas clínicas e industriales de la Cannabis (demonizada por el Código Penal, a la par que se bendice la rentabilísima exportación de alcoholes de marca registrada, por ejemplo, o la comercialización de la coca por gobiernos aliados al de La Habana); más allá de las contraculturas que pujan por liberarse de todo establishment opresor (sea de signo mercadual o comunista o ambos); más allá de un culto híper-sensorial encarnado por carambola en cierto ritmo caribeño y en la momia de un dictador africano; más allá de los otros rastafaris cubanos que han cumplido, cumplen y cumplirán prisión sin atreverse a reivindicar su cosmovisión castrada por el comunismo; más allá de ese miedo a ejercer aquí la abogacía, que va de lo mediocre a lo mezquino (gana quien paga más) y de lo mezquino a la muerte de nuestra sociedad (pagan más los más próximos al poder); más allá de toda esta tragedia quedará ahora huérfana de hombre una familia humilde, decapitada de su eje espiritual y económico durante una década, todo por culpa de medio minuto de miseria humana ante la mirada muda del mundo y sus Babilonias del siglo XXI.

Me temo que este viernes 13 de abril, uno de los poquísimos sacerdotes insignes de la orden Bobo Shanti en Cuba, el popularmente estimado como Ñaño, hombre de paz interior inmutable, tendrá su fe en el amor y en la luz universales puesta a prueba por una Cuba complotada en su contra, donde la solidaridad sigue siendo un sueño incivil que se va quedando sin otros dioses que el odio y el despotismo.