Jueves, 29 de Septiembre de 2016
08:24 CEST.
Opinión

Dos años sin Adrián Leiva

Se cumplen dos años de la extraña muerte de Adrián Leiva. Según sus allegados, Adrián partió para Cuba en una lancha junto a otras personas el día 22 de marzo de 2010. La primera y única noticia que tuvimos de él fue el 7 de abril de ese año, cuando la policía del régimen notificó su muerte a los familiares y les entregó el cuerpo para que fuera sepultado ese mismo día. Además, les entregaron el certificado de defunción que señalaba como fecha de fallecimiento el día 24 de marzo, o sea, 14 días antes. Todo sucedió en circunstancias que todavía desconocemos, dada la falta de transparencia imperante en la Isla.

Independientemente de lo sucedido —que como toda verdad algún día saldrá a la luz—, hay algo que sí es un hecho probado: Adrián Leiva fue víctima indirecta de la injusta política migratoria cubana, definida por él mismo como "aversión anticubana y humana del gobierno hacia el pueblo".

Antes de emprender la arriesgada aventura de cruzar el estrecho de la Florida y entrar a Cuba, acompañado por personas desconocidas, Adrián había solicitado en varias ocasiones el infame permiso de entrada o la "habilitación del pasaporte". La respuesta siempre fue negativa, pero Adrián insistía una y otra vez. Escribió denunciando su caso al ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, a Gobiernos extranjeros, al Vaticano e incluso a Silvio Rodríguez. Todas las semanas sus amigos y compañeros recibíamos copia de esas cartas.

Había tres grandes razones que movían a este buen hombre a reclamar de manera insistente su entrada a la patria. En primer lugar, estaba su convicción de que era un "ciudadano cubano" (a su firma siempre acompañaban esta dos palabras: "ciudadano cubano") y que como tal tenía derecho a exigir la libre entrada y permanencia en su país; en segundo lugar, y en la misma dirección, estaba su defensa abierta, sin barreras ideológicas o políticas, del artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que reza así: "Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país"; y en tercer lugar, y no menos importante, Adrián quería estar junto a su madre octogenaria y enferma, acompañándola hasta sus últimos días. Lo paradójico y cruel de esta historia fue que ella tuvo que asistir al entierro de su hijo.

El caso de Adrián Leiva, "ciudadano cubano", debería recordarnos a todos la tarea de seguir insistiendo en el derecho que tenemos los cubanos a entrar y salir libremente de nuestro país, sin necesidad de que alguien tenga que autorizarnos; en pedir la desaparición de la odiosa categoría migratoria de "salida definitiva"; en reclamar que los cubanos, cuando salgan de Cuba, no pierdan sus propiedades; y en exigir que la deportación o la cárcel no sigan siendo alternativas para el discrepante. Este debería ser el camino para la verdadera normalización de las relaciones entre el régimen y la diáspora o exilio.

Hace solo unas horas varios cubanos que formaban parte del grupo de peregrinos de la Arquidiócesis de Miami que viajarán a Cuba para participar en las celebraciones del Papa —entre ellos Marcelino Miyares—, han sido informados de que no están autorizados para entrar a su patria. Una decisión que no sorprende, pero que aun así, no deja de ser lamentable.