Sábado, 1 de Octubre de 2016
15:34 CEST.
Opinión

No violencia en Cuba: ¿un caso particular? (II)

El artículo anterior de esta serie desató una polémica en la que, paradójicamente, no pude participar. Las razones del gobierno —la plaza sitiada, el embargo norteamericano—, le confieren el derecho a negarme el acceso a internet, o a vendérmelo a un precio impagable.

Los demócratas cubanos han dado fe de su decisión de "resistir la opresión", un escalón de relevancia mayor tanto para el movimiento juvenil serbio Otpor como para los antisegregacionistas sudafricanos.

Para Gandhi, volver una y otra vez al lugar de las detenciones, en masa, agotaba las fuerzas colonialistas británica; lo sabía, por ello incluso se presentaba junto a sus seguidores en las comisarías, para que los detuvieran.

En el caso cubano aparece un ejemplo de "resistencia a la opresión" que resulta una bandera, una luz, si se habla de constancia. Son las Damas de Blanco, el puñado de mujeres que se presentó ante la Asamblea Nacional a decir: ¡Estamos aquí y no nos detendremos hasta que liberen al último de nuestros presos! La persistencia, la disciplina y la convicción de que el único camino a seguir es el de la resistencia, les ha rendido numerosos frutos.

Pero hay más.

Las detenciones de activistas de derechos humanos (esa práctica ya común por parte del Estado) van ahora seguidas de gritos de alarma, de mensajes a la red de redes, de llamadas a emisoras en el exterior y de la activación de una red que en pocos minutos disemina la noticia a lo largo de la isla.

Presentarse en una estación policial a indagar por la suerte de un disidente detenido puede significar que las autoridades nieguen cualquier tipo de información. Sin la indicación expresa de la policía política, la Policía Nacional Revolucionaria asume todo el rol en la cadena represiva, y ni siquiera informa. ¿Pero, siempre es así?

Cuando un pequeño grupo de opositores ha logrado organizar una red solidaria de manera efectiva, los resultados han sido una victoria moral que incide inclusive ante los impávidos ciudadanos, aquellos que no creen que se les puede arrancar algo a quien detenta el poder.

Los casos de Raudel Ávila Losada en Palma Soriano, Santiago de Cuba; o el del conocido Premio Sajarov, Guillermo Fariñas, en Santa Clara, bastan para afirmar que se puede resistir a la opresión y salir airosos. En numerosas ocasiones, uno y otro han protagonizado plantones delante de diferentes estaciones policiales exigiendo la liberación inmediata de activistas de derechos humanos. En otras oportunidades han reclamado el cese de los atropellos a ciudadanos desconocedores de sus derechos laborales, y hace poco fueron protagonistas de una sonada protesta que los condujo a una victoria que aún hoy celebran.

"El poder de la noviolencia" es una excelente compilación que en 2005 Orlando Gutiérrez hizo desde el Centro de Estudios para una Opción Nacional (CEON). En ella hace una relatoría de casos y testimonios de organizaciones que lograron socavar a dictaduras postcomunistas y hace énfasis en "algunos factores que no puede perder de vista el movimiento cívico en la Isla". El carácter comunitario y local, comenta Gutiérrez Boronat, le hará más fuerte y exitoso. Amén de los tentáculos de la maquinaria represiva, la resistencia cívica ha fraguado acciones que, enfocadas en las necesidades de la comunidad más cercana, han sido un quebradero de cabeza para las autoridades.

No por gusto los centros de trabajo, las iglesias y las asociaciones fraternales son vigilados de cerca y penetrados por oficiales de la inteligencia. En todos los casos el miedo gubernamental radica en la posibilidad de que una iniciativa local se articule con los proyectos de emancipación a nivel nacional.

Liberar al país de la catástrofe nacional es tarea de muchos, vale la pena que pensemos todos.