Lunes, 26 de Septiembre de 2016
20:49 CEST.
Opinión

El banquete de los caníbales

En su hora última, la dictadura cubana apela al respeto en su aproximación al exilio, el cual, por respeto, debe ser nombrado como "la  emigración". Sin dejar de sembrar el respeto a porrazos entre la disidencia, a la que debe llamársele, sin respeto, "mercenarios al servicio de la CIA".

Hasta ayer a los exiliados se les exigía el apoyo incondicional. Pero hoy basta con un encuentro respetuoso de las dos orillas, en aquella orilla. La dictadura permite el acceso a lo que ha sido nombrada "la sede de la Patria" y el emigrado (o sea, el exiliado convertido en turista) confirma los impresionantes cambios bajo la dirección de Raúl Castro. ¡Mirad, la sal ya está por la libre!

Hasta se habla de dar a los emigrados un papel en la economía. La posible compra de casas ha causado furor en algunos círculos sedientos de respeto. Podrás comprar la casa que la dictadura le confiscó a otro emigrado. Quizás hasta podrás comprar la casa que te confiscaron a ti mismo. La imaginación de los pensionistas es tentada con proyectos de complejos de apartamentos a bajo costo y valéryanamente respetables cementerios junto al mar.

También un par de millonarios ha visto arribar la ocasión de contribuir a la apertura. Uno de ellos ha esbozado la idea de que las inversiones y el respeto a largo plazo harían de la Isla una caribeña Singapur. Entre otras inteligentes y graduales iniciativas, la concesión de créditos a los cuentapropistas determinaría la liberación de todo un sector respe(c)to a la dictadura, que debe ser nombrada como "el gobierno". Por respeto, entiéndase.

En fin, para subir al tren de los cambios hay que abonar el boleto del respeto. Será un tren fantasma, pero el respeto debe ser de carne y hueso.

A la vanguardia del respeto dentro de la Isla marchan los obispos cubanos, respetuosamente encabezados por el cardenal Jaime Ortega Alamino. A cambio de su respeto a la dictadura, la Iglesia ha podido desarrollar un notable programa de asistencia social. Su misión profética puede esperar, digamos, a que seamos como Singapur. Mientras tanto, a las continuas concesiones morales y políticas de los obispos las autoridades responden con esporádicas concesiones inmuebles. ¡Mirad, nos devolvieron un pequeño local en Santiago de Cuba!

Ni siquiera el clero franquista llegó tan lejos. A cambio de que la Iglesia pueda hacer la parte del bien que a la dictadura le conviene que haga, la Iglesia le permite a la dictadura hacer todo el mal que se le antoje. El hecho de que Cristo solamente haya ofrecido las dos mejillas debe ser una angustiosa limitación teológica para unos obispos que ya no saben qué ofrecer.

El respeto de los intelectuales se da por descontado. La dictadura, para ellos, es un fenómeno metahistórico, consustancial al territorio. Surgen respetuosos espacios de reflexión. Se ha levantado la veda a la crítica del modelo soviético. Entran en veda los modelos chino, vietnamita y ¡mucho ojo! el angolano, más afín a la dictadura en su carácter callejero, nepótico y cleptocrático.

Los debates sobre el quinquenio gris, la censura de los escritores que viven fuera de la Isla y la proliferación de la claria en las fuentes fluviales (con alarmantes casos de ataques a humanos) pasan por alto la causa primera del problema, es decir, la dictadura. La Seguridad del Estado ha de vanagloriarse por lograr con un mínimo de terror tan amplia corrupción semántica. Académicamente, no podemos hablar de una intelectualidad en ejercicio sino de una cooperativa de eufemistas.

En tales circunstancias, el respeto del exilio a la dictadura implica la pérdida del respeto a sí mismo. El llamado a reencontrarnos, con respeto, en el ámbito de la patria por encima de la coyuntura política implica una contradicción en sus términos. A menos que el exilio no solo renuncie a su identidad, sino que además actúe como si la dictadura hubiera renunciado a la suya.

En la mesa del convite al respeto quieren servir el cadáver de la oposición interna. Una estrategia que toma como premisa nuestra potencial inmoralidad, nuestra fatiga. Por respeto a Cuba espero que la dictadura se quede con hambre.