Lunes, 26 de Septiembre de 2016
19:11 CEST.
Opinión

Galeano, el invidente

Había una vez un excelente escritor. Un hombre que enamoraba a base de palabras. Hasta que los flashes de las cámaras y otros compromisos vagos le dejaron ciego sin remedio. Por estos días la Casa de las Américas agasajó al escritor uruguayo Eduardo Galeano. Lo premió por la obra de toda una vida. No está mal que los censores locales gratifiquen a quien entre muchas loas les ha dicho alguna que otra verdad de manera dulce, a quien sin pelos en la lengua y públicamente criticara al régimen en 2003 por haber encerrado a 75 opositores pacíficos y luego, en solitario, fuera a ofrecer sus disculpas.

En una entrevista publicada por el diario Juventud Rebelde el domingo 22 de enero, Galeano cuenta haber escrito un libro en Guatemala cuando los Escuadrones de la Muerte sembraban el terror. Explotaban bombas y tiros todo el tiempo, nos refiere, y los grupos puestos por los militares marcaban con cruces de alquitrán las puertas de los condenados, de aquellos que no verían el amanecer. "Y yo sobrevivía —dice Galeano—, lo cual me parecía milagroso… De modo que iba sabiendo cada vez más cosas, y decidí escribir un libro".

Lo malo es que ahora el mismo autor se ha olvidado de escribir otro libro. Si una vez logró relatar a su manera las venas abiertas de un continente, ahora no quiere ver las heridas expuestas de un país. Mientras apuraba un cóctel en algún sitio limpio, de lujo y tranquilo en La Habana, las turbas paramilitares sembraban el terror con actos de repudio desde Pinar del Río a Guantánamo.

El 24 de enero se dio un cacerolazo por la Resistencia y hubo sesiones de odio en la capital, Camagüey y Holguín. ¡Galeano, nuestras casas también las pintan de alquitrán antes de matarnos de esas otras maneras que son la injuria pública, la humillación, la golpiza, el arresto arbitrario y colgándonos el sambenito de vende-patria y mercenarios! La puerta de mi casa un día la embarraron de alquitrán, sólo porque empecé a juntar unas palabras con otras, intentando conciliar lo que pienso con lo que digo.

Les dejo una gráfica que no deja dudas [al pie del artículo]. Son las casas de los disidentes Sarah Marta Fonseca Quevedo, en La Habana; Yoandri Naoki Mir en Banes, Holguín; y la de los hermanos Jorge y Agustín Cervantes en Contramaestre, Santiago de Cuba.

Si en verdad hablamos en Cuba de un pueblo espontáneamente indignado contra nosotros, ¿por qué siempre se sigue un mismo modus operandi? Atacan en la madrugada y usan el mismo alquitrán, como la estrella colgada en las puertas de los judíos cuando el Holocausto.

Ahí tiene Eduardo Galeano un buen tema para el libro que nos debe. Su tomo de ensayos Las venas abiertas de América Latina fue incluido una vez entre los diez libros que debe leer todo idiota latinoamericano. Junto a La historia me absolverá, de Fidel Castro, La guerra de guerrillas, de Ernesto Guevara y otros siete más, componen el decálogo que todo idiota debe leer sin hacer preguntas incómodas a las dictaduras de izquierda. No creo que Galeano lo sea, pero la ceguera intelectual y acomodaticia también es una especie de complicidad que la Historia se cobra a su debido tiempo.