Martes, 27 de Septiembre de 2016
23:21 CEST.
Muerte de Wilman Villar

El infierno sin agua

Una "balita" de dos litros —un envase plástico de Coca Cola— es lo que las autoridades penitenciaras entregaban diariamente a Víctor Campa para beber, bañarse y lavar la ropa. En la cárcel de Aguadores, donde el preso político Wilman Villar Mendoza enfermó de neumonía y empezó un ayuno que le llevaría a la muerte, el agua es el bien de consumo más codiciado, lo que más se trafica allá adentro. Oro incoloro.

"Teníamos que bañarnos cada 15 ó 20 días. A veces, después de almorzar, no había ni agua para tomar. Aquello es un infierno", explica Campa, quien ha pasado por allí en dos ocasiones.

De camino al aeropuerto Antonio Maceo, y a la izquierda de su terminal de vuelos ejecutivos, una cerca perimetral delimita la prisión de Aguadores del monte y la roca. Al sur, el Mar Caribe; al norte, una circunvalación que evita al visitante el deterioro de la entrada antigua de la ciudad. El papamóvil de Juan Pablo II tomó esa autopista en 1998. Muy probablemente, Benedicto XVI también lo haga. A unos dos kilómetros del sitio donde aterrizará el Papa, el próximo 26 de marzo, casi mil presos comunes y políticos sobreviven en barracas, entre ratas, insectos y otros animales peligrosos.

La otra Shakira

La fama de Aguadores supera su jurisdicción. Desde Boniato (en teoría, una cárcel de mayor pedigrí) envían allí a los presos más indomables.

El teniente coronel Luis Enrique López Díaz, jefe del penal, se enorgullece públicamente de que así sea. Es el más señalado promotor del método conocido como "Shakira", que consiste en amarrar los pies y las manos, juntos, a la espalda del prisionero, para dejarlo como un balancín.

El capitán Jesús Boulí, oficial del Combinado de Guantánamo, le puso el nombre de la cantante colombiana, pero López Díaz le ha robado el protagonismo de la tortura.

"Hasta tres días dejan a los reclusos amarrados así. Nadie me lo contó. Yo fui testigo", asegura el ex-preso del Grupo de los 75, José Daniel Ferrer García.

La adrenalina del coronel López Díaz se eleva con las huelgas de hambre: "ordena a otros presos agredir al ayunante, luego lo desnudan y lo encierran en la celda de castigo, para obligarlo a desistir. Por eso murió Wilman", refiere Ferrer, que pasó cuatro meses confinado allí.

"Después de que se denunciaba la huelga de hambre en la prensa independiente, enviaban un médico a la celda de castigo. Y ya cuando se ponía la cosa difícil, entonces mandaban al preso al hospital provincial", explica.

El caso más reciente no es el de Wilman Villar. Desafortunadamente, mientras el miembro de la Unión Patriótica de Cuba recibía sepultura en Contramaestre, Vicente Trille Orozco ingresaba en el hospital Juan Bruno Zayas. Después de 20 días en huelga de hambre, amaneció quemado en el barracón. Su estado es de cuidado.

'Alta seguridad, extrema severidad'

Aguadores es una de las 200 prisiones del país, con una población penal cercana a las mil personas. La Comisión Cubana de Derechos Humanos la clasifica como de "alta seguridad y extrema severidad".

"Es un lugar horrendo, diseñado como campo de concentración, con barracas, doble cercado y guardias con ametralladoras", ilustra Elizardo Sánchez.

Siguiendo el orden inverso de otros casos, primero fue escuela y luego cárcel. La segunda casa del hombre nuevo. Sus horrores irían en ascenso. Según el ex-preso y periodista José Gabriel Ramón, de centro de reclusión para chóferes condenados por delitos de tránsito pasó a prisión de mujeres, y más tarde, de hombres. La modalidad actual incluye un pequeño destacamento para enfermos de sida.

Miguel Cabrera Montoya, que pisó sus instalaciones por última vez el verano pasado, tras los incidentes de Palma Soriano, pasó 23 días en huelga de hambre y experimentó la odisea de enfermarse.

"Tuve úlcera, gastritis e hipertensión. Nunca dejaron que mi familia me llevara mis medicinas habituales. Y para el catarro, repartían masivamente té de hojas de yuca", apunta.

El sistema de barracas favorece la criminalidad interna. Las únicas celdas individuales son las de castigo. Al amanecer, tras los habituales apagones nocturnos, emergen reclusos "acuchillados, golpeados o bañados en mierda". Los comunes que exhiben mayor beligerancia frente a los disidentes (contrarrevolucionarios, CR, en el lenguaje oficialista), reciben premios en especie: pabellón con sus esposas.

Hasta para eso hay que negociar. Las citas conyugales requieren aseo, y en la bolsa de valores de Aguadores, un pequeño garrafón de agua cuesta dos cajetillas de cigarros. O más.