Martes, 27 de Septiembre de 2016
01:21 CEST.
Derechos Humanos

La soledad de la rebeldía

Los grupos opositores, la disidencia interna, el periodismo independiente, los jóvenes comprometidos con la libertad a través de las redes sociales y la incipiente sociedad civil cubana no reciben ni un gesto de respaldo, ni siquiera un mensaje discreto de solidaridad de ninguno de los gobiernos considerados democráticos de América Latina.

Para los líderes de esos países, elegidos en comicios libres y sujetos a la ley de la alternancia del poder, una dictadura totalitaria de más de medio siglo es la representante legítima del pueblo cubano.

Fieles a esa indiferencia con la gente que trabaja y lucha contra un Estado avasallador, le dan ese mismo jarabe a los activistas que se rebelan todos los días en Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador.

Lo demostraron en la ceremonia de fundación del nuevo antojo de los radicales: la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Allá fueron a hacerse la foto para salir en las postales de fin de año con Hugo Chávez, Raúl Castro, Rafael Correa, Evo Morales y Daniel Ortega.

A darle de beber a sus grupos de izquierda para que no les dé rabia. Y a recibir con entusiasmo y disciplina una ración de insurgencia verbal.

Los caballeros demócratas no escucharon allí el cacerolazo que le regalaron los opositores a su anfitrión a pocos metros del lugar donde se pronunciaban los discursos. Estuvieron tranquilos, atentos a la palabrería de los que persiguen a periodistas y cierran medios de prensa, los que asaltan las urnas de las elecciones y a los que ordenan a la policía y al ejército atacar a quienes los llevaron al poder.

Siguieron al pie de la letra el mensaje humilde del representante de Cuba que fue a decir que estaba dispuesto a compartir con el continente la pobreza de su país.

Pero no aclaró si ponía también al servicio de sus camaradas la experiencia represiva de su régimen que, a esa misma hora, ordenaba una oleada de arrestos masivos, golpizas y persecuciones en La Habana, Matanzas, Villa Clara y Santiago de Cuba.

Los presidentes de México, Republica Dominicana, Chile y muchos otros países estaban allí con encargos estratégicos, lejos de esos reconcomios políticos. Fueron a oír a sus colegas, a unirse y a comprenderlos como si de verdad se creyeran el cuento de que un hombre puede encarnar a una nación entera.