Sábado, 18 de Noviembre de 2017
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Periodismo

Sin Twitter ni Facebook

En una tarde calurosa de noviembre de 1996, luego de dos horas de viaje, primero en una ruta 201, luego de apearme en el entronque de la CUJAE y abordar entre empujones el camello M-2, llegué a casa del lanzador Orlando El Duque Hernández, en el barrio Calixto Sánchez, a espaldas del aeropuerto internacional José Martí y muy cerca de la avenida Boyeros.

Por esa fecha, el régimen de Fidel Castro había prohibido de por vida a El Duque —acusado de tener tratos con 'scouts' de las Grandes Ligas— competir en los torneos beisboleros del patio. No había concertado previamente la entrevista.

El periodismo independiente en Cuba no se podía dar tales lujos. Había que saltarse las reglas y el manual. Llamar con antelación y pedir una cita con alguna persona traía más problemas que beneficios.

Nuestros teléfonos solían estar pinchados. Y para evitar que el miedo provocado por una amenaza sutil de los servicios especiales llegara antes que nosotros, teníamos por costumbre ir a los lugares sin previo aviso.

Eran tiempos duros. Hacía un año, en diciembre de 1995, me había iniciado dentro del periodismo libre, estimulado por mi madre, Tania Quintero, quien había abandonado el periodismo oficial y escribía para Cuba Press, la más profesional agencia independiente, fundada y dirigida por el poeta Raúl Rivero.

La agencia, al decir de Rivero, era una abstracción. La sede radicaba en su apartamento de dos habitaciones, en el tercer piso de un edificio en el barrio La Victoria, Centro Habana. El equipamiento, lo que se tuviese a mano.

Lo más preciado era un bolígrafo Bic. Y el mejor regalo que te podía hacer un amigo extranjero era un bloc de notas. Escribíamos al dorso de añejos papeles oficiales. Un paquete de hojas blancas costaba 5 dólares. Demasiado para nuestros exiguos bolsillos.

En Cuba Press había un puñado de reporteros provenientes de la prensa oficial. Además de Raúl y mi madre, estaban José Rivero (sin parentesco con el poeta), Ana Luisa López Baeza, Iria González Rodiles y Plácido Hernández, guionista de la serie televisiva El hombre que vino con la lluvia.

Otros como Ricardo González Alfonso y Marvin Hernández llegaron después. El grupo era una piña. En ese tiempo ni soñar con tener un móvil. Internet era cosa de ciencia ficción.

Cuba no tuvo conexión oficial a la red de redes hasta 1996. Pero desde que el 23 de septiembre de 1995 surgió Cuba Press, nuestros textos se publicaron en la red, en sitios que jamás habíamos visto.

Cuando algún amigo residente en la Florida visitaba la isla, traía los artículos impresos. Después de leerlos entre todos, Blanca Reyes, la esposa de Raúl, los archivaba en files color cartucho.

En esa época teníamos una sola grabadora. Una Sony mediana que llevaba dos baterías AA. Había cola para usarla. Estuve dos semanas esperando para que Raúl me la prestara. Cariacontecido, me dijo: "Lo que no tengo es pilas".

Resolví un par de pilas, y con la Sony me fui a casa de El Duque. No tenía cámara digital. Juan Antonio Sánchez, Ñico, consiguió una y me sirvió de fotógrafo.

El Duque no estaba. Su esposa en ese momento me miró de arriba abajo y supo de golpe que no me iba a ir sin obtener la entrevista. Nos invitó a pasar a la sala.

Al rato llegó el destacado lanzador que años más tarde brillaría con los Yankees de Nueva York. Ya Orlando Hernández era una gloria del béisbol cubano. Lanzaba para la novena azul de Industriales y era, y aún es, el mejor pitcher después de 1959 en promedio de ganados y perdidos.

A simple vista se notaba que El Duque se sentía extraño fuera del terreno. Me dijo unas palabras que resultarían proféticas: "Las únicas puertas que me han dejado abierta son las del destierro". Así fue.

Tarde en la noche salimos de su casa. El viaje de regreso fue una odisea. Esa madrugada redacté la entrevista en una libreta escolar a rayas. Temprano en la mañana, Tania me la pasó en limpio en una Olivetti Lettera-25.

Después de mecanografiada, abordé otro camello, el M-6, rumbo a casa de Rivero. Los trabajos entonces se dictaban por teléfono. Al otro lado de la línea, en Miami, ese brillante reportero que es Bernardo Márquez Ravelo los grababa.

Ése era nuestro modus operandi. Con el tiempo llegaron los fax, hoy obsoletos. Tener un fax provocaba el acoso de los tipos duro de la policía secreta. Y si sospechaban que tenías una laptop, hacían una redada de película.

El 2 de junio de 1997 un comando de la Seguridad del Estado registró nuestro apartamento en La Víbora, en busca de esa "arma peligrosa" que para ellos resultaba una computadora. La primera vez que usé una, prestada, no me gustó. Para justificar mi ignorancia en el uso de Windows le dije al periodista independiente Ariel Tapia, vecino del barrio, "úsala tú, yo prefiero seguir escribiendo en una libreta".

De dinero siempre andábamos mal. Y para desgracia mayor, los servicios especiales, como burdos corsarios, se dedicaban a detener y quitarle el dinero a las personas que nos lo traían. Las cosas mejoraron cuando empecé a escribir para la Sociedad Interamericana de Prensa y Encuentro en la Red. En el año 2000, una tarde fría que amenazaba lluvia, fue que vi el primer billete de 100 dólares en mi vida.

A pesar de no tener celulares y que las redes sociales estaban por venir, los periodistas independientes cubanos hacíamos una labor loable. Fueron buenos tiempos, profundos y fructíferos, a pesar de la fortísima represión.

Dos horas de conversación con Raúl Rivero equivalían a un semestre en una cátedra de periodismo. Había, y hay, dentro de los reporteros, plumas de calibre al estilo de Jorge Olivera y Luis Cino, en mi opinión el mejor, después de Rivero, claro.

Obligados por las circunstancias políticas, casi todos los de Cuba Press tuvieron que marcharse irse del país. Dieciséis años después, más viejos, pero con el mismo deseo de reflejar esa Cuba que los medios gubernamentales pretenden ignorar, intentamos adecuarnos a los nuevos tiempos.

Tengo cuentas en Twitter y Facebook. Dos blogs (aquí y aquí) y un teléfono móvil. Ahora redacto en una laptop con el teclado en inglés. Pero en el closet guardo la vieja Olivetti Lettera-25 que mi madre me dejó al marcharse al exilio en Suiza. Nunca se sabe si algún día tendré que volver a utilizarla.

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