Domingo, 4 de Diciembre de 2016
15:28 CET.
Reportaje

¿Quién mató a Laura Pollán?

Concibamos un reportaje de investigación.

Un periodista se lanza a esclarecer la muerte de Laura Pollán. Quién o qué mató a la activista de derechos humanos es la pregunta a dilucidar. La acompañan otras. Cuáles fueron las circunstancias del fallecimiento, cuáles serán las consecuencias…

La sociedad civil cubana está conmocionada.

Antes de empezar, el periodista resume los antecedentes, esboza el contexto.

Todo comienza en la primavera de 2003. En apenas una semana, el castrismo apresa y fusila a tres jóvenes negros y detiene a 75 opositores pacíficos a quienes, en juicios sumarísimos, condena a penas de hasta 28 años de prisión. El delito es la traición a la patria; las pruebas, según los fiscales, la posesión de máquinas de escribir, sillas plásticas, radios de onda corta. Los opositores son encarcelados a cientos de kilómetros de sus casas, en celdas de castigo o junto a prisioneros comunes. La comida podrida los obliga a taparse la nariz. Solo se les permite recibir visitas cada tres meses, la policía política los sigue hostigando y las ratas que salen de las letrinas les defecan encima.

El periodista tiene en su poder testimonios de todo esto.

A fin de cuentas, los opositores pacíficos están en las mismas cárceles por las que en el último medio siglo han pasado decenas de miles de cubanos. En los muros quedan las huellas de reclusos que se han inyectado petróleo o excremento en las venas, se han introducido alambres en los penes, se han tragado anzuelos, se han cosido las bocas, han hecho morcilla de su propia sangre (sacándosela, hirviéndola en una bolsita de plástico sobre un reverbero, teniendo cuidado de invitar a los compañeros para que nadie acuse a nadie de egoísmo).

Hay mucha literatura sobre el tema, hay tradición.

Ante las detenciones, varias madres, esposas y hermanas de los opositores deciden agruparse y exigir su libertad. Comienzan a ir cada domingo a la iglesia de Santa Rita, a marchar por las calles vestidas de blanco y con gladiolos en las manos. Pacíficas, perseverantes, ganan notoriedad, desenmascaran al régimen, lo dejan sin respuesta.

Tras ensayar distintas estrategias de represión, las autoridades deciden que lo mejor es liberar a los 75, mandándolos, eso sí, al destierro. Calculan desactivar así al grupo de mujeres, despojarlas de su razón de ser. Pero no. Las Damas de Blanco redefinen sus objetivos, denuncian ahora cualquier violación de los derechos humanos en la Isla, exigen la libertad de todos los presos políticos.

Decidido entonces a aplastar a las mujeres de una vez, no bastándole con sus fuerzas represivas y su sistema judicial y el monopolio sobre los medios de comunicación, el régimen pasa a jugar todas sus bazas: la infamia, las golpizas, las detenciones arbitrarias, el chantaje, el secuestro exprés.

Y de pronto, en el punto más álgido de esta ofensiva, la líder de las Damas de Blanco, su cara más visible, su guía, enferma y muere en apenas unos días, aquejada, según la versión oficial, por el virus del dengue y por otro, respiratorio.

La investigación (ejercicio inconcluso)

Armado con estas notas, el periodista se dirige a la casa de la líder recién fallecida. Lleva, además, apuntes sobre varios casos de asesinatos de Estado. Envenenamientos, disparos en la nuca, accidentes aéreos y de tráfico, inoculaciones de virus…, todo ha valido y todo vale. La periodista rusa Anna Politkóvskaya, asesinada en 2006 mientras investigaba torturas llevadas a cabo durante la guerra de Chechenia, es el ejemplo más cercano, no solo en el tiempo.

El número 963 de la habanera calle de Neptuno se ha convertido en un lugar mediático. Desde hace meses aparece con regularidad en fotografías y videos, siempre rodeado de turbas paramilitares, acogiendo a un puñado de mujeres vestidas de blanco.

Es una casa humilde, una fachada más en una manzana de fachadas derruidas, las pequeñas ventanas enrejadas, el portón, de madera, abierto directamente a la calle.

El expreso político Héctor Maseda, del grupo de los 75, recibe al periodista. Se presenta a sí mismo como "el esposo de Laura Pollán".

Tras la gritería de las turbas, el silencio que le rodea ahora resulta doblemente extraño, igual de denso que el calor en el interior de la vivienda. (En un rincón de la sala, el altar es humilde y patriótico: bandera, flores, un retrato de la fallecida.)

El periodista se sienta frente al anfitrión, quien incluso en estos momentos de duelo se mantiene afable; dominado, se diría, por una paz interna. Quizás más adelante se derrumbe. Los ojos le brillan. Y aunque desvaría un tanto, siente que su capacidad de síntesis y de discernimiento se ha afilado. No quiere perder esa sensación, dice, como tampoco quiere perder las señales de presencia de su esposa. (En el baño —el periodista lo verá— hay un pomito de pintura de uñas, un lápiz de labio muy rojo. Junto al teléfono, una ajada libreta de números y direcciones escritos con letra redonda, de maestra.)

Maseda habla del acoso y los vejámenes sufridos por Pollán. Los largos viajes a visitarlo a él en la prisión, los insultos, el estrés, las penurias, la humillación. Habla de su salud (hipertensión, diabetes), pero también de su energía, de sus ganas de vivir, de su decisión, premonitoria, de llegar hasta el final

El periodista busca un rasgo definitorio en Maseda, algo que resalte su figura en el fresco del reportaje. Hace años, a un amigo del periodista le salió una bola en el cuello. Resultó ser una branquia, un rezago genético de la época anfibia. Tras la operación, quedó una pequeña cicatriz. Maseda podría tener algo así.

Otra vez en Neptuno, la vida recobra su pulso. Las camisas a cuadros y los cortes de pelo castrenses delatan a dos policías en la esquina. Sobre ellos flota un reguetón: un palo encebado le va a partir los ovarios a una mujer.

Los próximos interlocutores del periodista se parecen entre sí. Son esquivos, hablan a regañadientes. Hasta que se vuelven enfáticos y, entonces, gritan y se dan golpes en el pecho, como San Jerónimo, solo que sin piedra ni león y —aunque los inunden las dudas— muy alejados de cualquier inclinación meditativa.

El periodista los localiza gracias a las nuevas tecnologías. Las camaritas digitales de la sociedad civil los han retratado, los usuarios de la web colaborativa los han identificado y publicado sus datos personales.

Se llaman Yoandri, Yuniel o Yurorvis. Da igual.

Nombres nuevos para el hombre nuevo.

El periodista se presenta en sus casas. El primero lo increpa y le tira la puerta en la cara.

El segundo está sentado en un pasillo —cenicero y lata de cerveza a su lado—, sin puerta tras la que refugiarse, aunque en realidad se cree (sinceramente) un tipo duro, y nunca huiría de ninguna amenaza.

Yuniel.

No hay amenaza si no tienes nada que ocultar, le dice el periodista, tratando de no ponerlo a la defensiva, centrado en su objetivo: llegar al fondo del asunto.

Pero es inútil. Tan pronto escucha el nombre de Laura Pollán, Yuniel habla de principios, de la independencia del país, de Martí, de los Estados Unidos. Las consignas recicladas y los lugares comunes le permiten mantenerse a una distancia sideral de cualquier tono humano. La galaxia ideológica es más amplia que cualquier otro cielo. Desde el cacique Hatuey hasta la constelación de cinco espías presos en Estados Unidos, las estrellas son infinitas.

Mientras lo escucha, el periodista estudia a Yuniel. Lleva gorra Adidas; bermuda de mezclilla y gran etiqueta, según la moda y la ley de la calle; camiseta ligeramente desteñida por el sol, atravesada por letras brillantes; chancletas de goma.

El periodista anota una frase que desechará más tarde. Algo referente al paso del verde olivo al brillo y a las nuevas formas de represión.

¿Son espontáneos esos actos de repudio contra las Damas de Blanco en los que él participa?, le pregunta a Yuniel. Si lo son, ¿cómo se enteran él y sus amigos de cuándo pretenden marchar las mujeres y adónde planean ir? ¿Por qué cree que el régimen le ha impedido a mujeres de toda la Isla asistir al entierro de Pollán? ¿Quién reparte juguitos y bocaditos a los espontáneos después de las protestas? ¿De qué vive? ¿De dónde sale su convicción política?

Preguntado acerca de su vida, Yuniel se vuelve parco. ¿Qué quiere del futuro? ¿Cómo se ve?

Quiero vivir en un país libre, revolucionario, antiimperialista, dice.

No, le interrumpe el periodista, hablo de ti. ¿Qué quieres ser ?

Yuniel se encoge de hombros. La pregunta le parece estúpida. ¿Cómo que qué quiero ser yo?, dice.

Se rumora que, antes de entrar en terapia intensiva, Laura Pollán rechazó una oferta del régimen: ser trasladada a la clínica de la alta nomenclatura. Prefirió quedarse allí, donde se atendía "al pueblo". Y allí murió.

Orgullo del país durante la primera mitad del siglo XX, el Hospital General Calixto García, con sus pabellones neobarrocos, parece ahora una inmensa ruina. No hay sombra entre sus edificios ni agua potable en sus instalaciones. Los propios médicos desaconsejan ingresos y cirugías a menos que sean absolutamente necesarios.

Desde la dirección, invitan al periodista a abandonar el recinto. No pueden darle ninguna información, no están autorizados. Dos policías se encargan de hacer cumplir la orden.

Pero el periodista vuelve a entrar. Conoce a una enfermera, la enfermera a un conserje, el conserje al médico que atendió a Pollán.

El doctor González Rivera es el jefe de servicios de la unidad de cuidados intensivos. Puede que tenga ojeras, el pelo entrecano. Algo contrariado —no le sobra el tiempo— se detiene a hablar con el periodista. Explica que Pollán ingresó con "síntomas de un cuadro respiratorio agudo y cifras muy elevadas de glicemia". Se hizo lo que se pudo: respiración artificial, antibióticos, traqueotomía, transfusiones, antivirales. Tenía una neumonía y una infección bacteriana.

¿Es posible que se le haya inoculado algo?, pregunta el periodista, y González Rivera, ya a punto de marcharse, se detiene en seco. Tal posibilidad agita algo en su interior.

Su tarea es salvar vidas, no acabarlas.

El periodista no lo duda, pero insiste. Tiene en las manos una foto de Laura Pollán rodeada y zarandeada por una turba, empujada contra una pared: ¿Cuánto puede haber influido en su final el estrés al que estaba sometida Pollán por la policía política? ¿Es complicado inocularle algo a alguien?

El doctor González Rivera niega con la cabeza.

Eso no puede ser, dice.

Pero la barbarie existe, dice el periodista.

Aquí no, responde el doctor.

¿Por qué aquí no?

Porque no.

¿Y antes de llegar al hospital? ¿Por qué el gobierno se ha sentido en la necesidad de demostrar su inocencia, entregando su nombre, González Rivera, a la prensa?

Yo no sé, dice el doctor, yo solo soy un profesional, y le digo algo: cualquiera que llegue aquí con el cuadro clínico que presentaba la señora Pollán, podría morir.

Pero a cualquiera podrían provocarle una grave enfermedad antes de llegar al hospital, ¿no?

González Rivera, por cuestiones de ética, se niega a responder a esta última pregunta.

Durante los días siguientes, el periodista trata de escalar en la cadena de mandos: el presidente del Comité de Defensa de la Revolución de la cuadra de Pollán, el policía jefe de sector, el secretario provincial del Partido.

Hay miedo, desinformación, oportunismo, convicción, mezquindad. Todo mezclado. En una de las entrevistas es él el cuestionado: ¿Por qué no se va a Ciudad Juárez, en México? ¿No matan allí a un montón de mujeres diariamente? ¿Qué hace en Cuba? ¿Por qué le dedica tanto tiempo a una sola muerta?

La investigación no puede avanzar, entre otras razones, porque el Gobierno no le ha otorgado al periodista una credencial de prensa, y de hecho ya es un milagro que haya llegado hasta aquí. La Ley Mordaza, la misma que el régimen usó para condenar a los 75 opositores pacíficos, sigue en pie.

El periodista se dice que quizás debió pensar en todo esto antes de empezar. Hay mucho aún por precisar, pero también varias cosas claras. Los totalitarismos tendrán siempre sobre sí la sombra de la duda. Sin la independencia de prensa y la garantía de la libertad de expresión, de nada valen los golpes de pecho y la proclamación a los cuatro vientos de una supuesta superioridad moral.

A falta de poder llegar al fondo del asunto, el periodista cree encontrar las respuestas en plena superficie, a la vista de todos, en forma, eso sí, de preguntas: ¿Por qué no puede desfilar por las calles de su propio país un grupo de mujeres con flores en las manos? ¿Por qué impide un gobierno que ciudadanos libres asistan al entierro de alguien al que consideraban su líder?