Martes, 12 de Diciembre de 2017
14:18 CET.
Crónica

Notas de un pasaje libertario

El sol ardía como nunca sobre el oriente de Cuba, era septiembre 10 cuando nos internamos en las lomas de Baracoa, debimos escondernos dos días para no hacernos notar. La Marcha Nacional por la Libertad de Cuba "Boitel-Zapata" el día 13 de este mes contó con la presencia de 36 activistas de derechos humanos de la Alianza Democrática Oriental, la representación del frente nacional de resistencia cívica OZT me invitó para cubrir las incidencias.

Desde Playa Duaba, donde Maceo y Flor Crombet desembarcaron en 1895, salió la comitiva oriental para dar inicio a la marcha. Las palabras iniciales de Rolando Rodríguez Lovaina fueron para esclarecer el procedimiento de esta acción cívica. No deberíamos responder a las ofensas de los civiles ni los paramilitares, ni a los golpes de siempre; no nos resistiríamos al arresto ni mostraríamos consignas escritas u orales, vestiríamos de blanco (los que pudieran). Nos mostraríamos lo más pacíficos posibles, como hicimos al fin.

La detención

A Eliécer Palma, José Triguero Mulet y a mí nos llevaron en un jeep de la Guardia Operativa hacia Moa. En esa unidad policial estuvimos nueve horas sentados en un muro de cemento a la espera de una supuesta decisión del G2 en Holguín sobre nuestro destino, hasta que finalmente fuimos enviados a las celdas inmundas de ese centro de horror.

MIentras esperábamos a ser recluidos allí se presentaron los activistas Annie Carrión Romero, Milagros Leyva Ramírez y Lewis Fajardo a interesarse por nosotros y fueron detenidos también. Al pasar una hora enviaron a las mujeres a Mayarí, y a Lewis a Cueto.

La comida fue más de lo mismo: un picadillo ácido y maloliente, un agua transparente con algunos fideos flotando, arroz con piedras y basurillas y un trozo de vianda.

Entre los detenidos que me acompañaron en la celda había dos jóvenes acusados de matar y vender una res, los de la celda contigua a la mía penaban por haber sido sorprendidos en el juego ilegal de la lotería criolla, la bolita, y supe de otros que habían sido revocados de su libertad condicional ¡por no trabajar!, y de más que debían multas que no habían podido pagar o habían comprado algún artículo de dudosa procedencia.

El jefe de unidad, el mayor Claudio Zaldívar Matos, un matón reconocido en Moa por su agresividad, tanto con los detenidos como con la propia guarnición, hizo un alarde de guapería para que me bajara de la litera y me incorporara a la fila de presos que se alistaron para la inspección matutina del día 13, la intervención de otro policía impidió que me golpearan como habían amenazado. Aún así intercambiamos varias impugnaciones, Zaldívar por no importarle que yo fuera un opositor pacífico, yo por saber asegurarle que son unos violadores y no cumplo órdenes de nadie, menos de militares.

Del tal mayor Claudio Zaldívar supe que en su aval cuenta un hombre paralítico por un supuesto accidente en las inmediaciones del municipio Sagua de Tánamo.

Al filo de las 2:00 pm nos liberaron sin cargos, lo que borró la farsa montada el día anterior, cuando intentaron que firmáramos unas actas acusatorias por un supuesto desorden público. No nos confiscaron nada, a esa hora otros que nos acompañaron en la marcha saboreaban un café y el calor de casa. Atrás quedó la sordidez de aquel lugar. Aún siento en la piel la pestilencia de los calabozos, un instrumento usado frecuentemente por el régimen para retrasar lo que a todas luces parece inevitable, aunque muchos lo duden debido a la distancia, la ceguera o el miedo que paraliza.


 

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