Lunes, 18 de Diciembre de 2017
19:04 CET.
Opinión

A la calle, no

"La política es el negocio de los muertos", dice una madre cubana en Las Iniciales de la Tierra, obra cumbre de Jesús Díaz que en su momento aspiró al sambenito de Novela de la Revolución.

Parece una frase sabia. Política doméstica de quien ha visto desde su alcoba el incontenible carnaval de cadáveres durante eso que nuestros poetas patéticos han llamado República. La escena novelada se hunde en una noche de La Habana de los sesenta tempranos. Con la Revolución no tendría por qué ser diferente. La violencia es la única vox populi verosímil entre vecinos. El vivo vive del bobo. El cementerio como fuente de Derecho secular. La madre cubana como una fiera que defiende a su prole del entusiasmo luctuoso de las masas ciegas. ¡Quién supiera leer así hoy…!

Un escenario nacional vaciado de espontaneidad se convierte ipso facto en un guiñol de puertas afuera. Toda institucionalidad es ilusoria. Hay que desconfiar del prójimo precisamente por ser marionetas. El secretismo como medida de todas las cosas. El menor acto público de la voluntad compromete nada menos que a la mismísima seguridad del Estado y merece la pena máxima, para colmo de horrores con cierto viso de legalidad. En estas condiciones, la calle es sólo para la canalla. Se parecen morfológicamente, pero sería inmoral pedirle peras al aguacate, igual si se arenga suicidamente dentro o cínicamente fuera de nuestra granjita post-siboney.

Las consecuencias de una paz póstuma tan prolongada son seguramente nefastas para nuestra noción de sociedad civil y otros conceptos capciosos, pero acaso también existan algunas ventajas colaterales. Los cubanos nos negamos a matarnos como carroña de cañón ante las cámaras y micrófonos de quienes se aburren en la Isla con sus altos eurosalarios. Los cubanos hemos perdido la ingenuidad de cacarear consignas creíbles (la polifonía está ganándole al coro por debajo de la manga). Los cubanos hemos extraviado nuestra politicidad y, en la pugna vital del día a día, para nada la extrañamos.

Ya en la fase espontáneamente terminal de un largo y tortuoso totalitarismo de Estado, no tenemos ninguna prisa por pagar el precio de hacerlo talco con un golpe de timón tétrico, sangrevolucionario. Hay como una desconfianza constitucional en cualquier conato de cambio descontrolado. No es miedo, es memoria. Y por eso delegamos la desgracia en los gurús groseros de nuestro gobierno. Que se machaquen ellos allá arriba con sus mil y una mutaciones ministeriales. Que yerren y rectifiquen y gocen y se desgasten en su propia demagogia triunfalista. Que se crean Cristos materialistas desde la tribuna de sus biologías octogenarias. En definitiva, el tiempo de nuestra novela privada es eterno (quien espera lo mucho, espera lo poco). De suerte que los cubanos somos ahora como aquella madre cubana que nadie leerá de nuevo en una escenita olvidada de Las Iniciales de la Tierra.

Negocios. Muerte. Desde nuestro infantilismo histórico hemos madurado como pueblo después de todo. La resistencia en Cuba hoy pasa por aferrarse con fe fútil a la vida. Renace esa enfermedad efímera llamada esperanza. La mejor insubordinación será entonces sobrevivir en pleno al Consejo de Estado. Sin necesidad de salir a la calle, sin convocatorias más o menos carismáticas o criminales, ese plebiscito de futuro la Revolución ya lo ha perdido por unanimidad.

 

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