Lunes, 11 de Diciembre de 2017
23:52 CET.
Opinión

Contra el concepto de 'masa'

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Cuba está inmersa en la crisis estructural más profunda de su historia. La salida de la misma requiere del conocimiento de sus causas y de la voluntad política para emprender los cambios, en los cuales la participación ciudadana se alza como ineludible necesidad. Los intentos de solución, como ha ocurrido antes, no deben conducir a nuevos retrocesos.

El gobierno cubano, una vez que agotó todas las posibilidades de conservar el “modelo” sin cambiar, ha decidido introducir ciertas reformas que, aunque distan mucho de ir a la raíz de los problemas, han resquebrajado el inmovilismo. En el nuevo contexto, la formación ciudadana —una carencia histórica de nuestro país— tiene que ocupar un lugar esencial. En ese sentido, resulta de interés recordar las enseñanzas de figuras cubanas que se preocuparon y ocuparon de ese tradicional déficit.

Colonia, República

En la colonia, el padre Félix Varela comprendió que la formación cívica constituía una premisa para alcanzar la independencia; en consecuencia, eligió la educación como camino para la liberación. Por eso insistía en que lo primero era empezar a pensar. José de la Luz y Caballero arribó a la conclusión de que, antes de la revolución y la independencia, lo primordial era la educación. “Hombres más bien que académicos —decía— es la necesidad de la época”. Y José Martí comenzó por un estudio crítico de los errores de la guerra de 1868, en el que develó un conjunto de factores negativos, como la inmediatez, el caudillismo y el egoísmo, estrechamente relacionados con la débil formación cívica.

En la república, Enrique José Varona, en Mis consejos, escrito en 1930, se quejaba de que la sociedad había entrado en crisis, pues gran número de ciudadanos creyeron que podían desentenderse de los asuntos públicos. Cosme de la Torriente y Peraza, convencido de lo inútil de la violencia para fundar pueblos y conformar naciones, encaminó sus pasos hacia la conciliación y el diálogo como cimientos ético-culturales de la acción política. Gustavo Pittaluga, médico italiano radicado en España que emigró a Cuba en 1937, en su obra Diálogos del Destino, demostró que la violencia es el signo precursor del destino de Cuba e insistió en que la solución de los conflictos sólo se podría alcanzar desde la política y el entendimiento.

Fernando Ortiz, en La crisis política cubana: sus causas y sus remedios, destacó entre nuestras limitaciones: Falta de preparación histórica del pueblo para el ejercicio de los derechos políticos; debilidad psicológica del carácter cubano, la impulsividad, característica de esa índole psicológica, que nos lleva con frecuencia a actuaciones intensas, pero rápidas, precipitadas, impremeditadas y violentas. Jorge Mañach, por su parte, decía: Cada persona tiene su pequeña aspiración, su pequeño ideal, su pequeño programa; pero falta la aspiración, el ideal, el programa de todos. Y añadía, “el individualismo inhíbito en nuestra raza hace a cada uno quijote de su propia aventura. Los esfuerzos de cooperación generosa se malogran invariablemente. Los leaders desinteresados no surgen. Se ansía vagamente un estado mejor; pero no se lucha en cruzada de todos por realizarlo”.

Las observaciones citadas nos colocan cara a cara con la falta de preparación del pueblo para el ejercicio de los derechos políticos. Una carencia que ha conducido a la mayoría de los cubanos a desentenderse de los asuntos públicos, un mal del pasado y del presente que constituye un serio obstáculo para salir de la actual crisis estructural.

Una acción educativa

Entre el actual contexto y un país democrático media la formación de una cultura de derechos humanos. Parafraseando el concepto de acción afirmativa —que en otras latitudes define las leyes y proyectos encaminados a la inserción social de sectores tradicionalmente relegados—, en nuestro medio se impone de forma similar una acción educativa, pues la experiencia indica que los esfuerzos encaminados a la democratización serán nulos si no se cuenta con los sujetos capaces de exigir, promover e impulsar los cambios. 

Sin esa cultura, aunque el gobierno introdujera transformaciones económicas y políticas, y los derechos y libertades fueran restablecidos, los ciudadanos nunca estarán en condiciones de asumir las responsabilidades que desde la sociedad civil impone la vida en democracia. No es nada casual que en 1878, en plena colonia, se implementaron libertades cívicas que hoy son inexistentes. Se impone, pues, trabajar en la conformación de una cultura de derecho como cimiento de la nueva Cuba, para detener nuestra marcha hacia el pasado.

En La rebelión de las masas, al referirse a las multitudes que se incorporan impetuosamente como sujeto de cambios sociales, decía José Ortega y Gasset: “puede, en efecto, ser tránsito a una nueva y sin par organización de la humanidad, pero también puede ser una catástrofe en el destino de lo humano. No hay razón para negar la realidad del progreso, pero es preciso corregir la noción que cree seguro este progreso”. Y añadía: “Todo, todo, es posible en la historia —lo mismo el progreso triunfal e indefinido que la periódica regresión”.

A pesar de los pocos espacios y las muchas dificultades se puede avanzar por diferentes caminos: el estudio de la Declaración Universal y de los Pactos de derechos humanos que Cuba firmó en el 2008; el debate de ideas en los pequeños círculos que están emergiendo; la multiplicación del periodismo ciudadano y de los diferentes gérmenes de sociedad civil autónoma; la impartición de cursos acerca del derecho y de historia política de Cuba; y las proyecciones de filmes y documentales. Esas y otras vías deben fomentarse y multiplicarse para promover el intercambio de análisis y de opiniones. En el futuro, una política en ese sentido tendrá que ser incorporada al sistema educativo.

El reto es lograr que la conciencia de valores cívicos y la visión integral de los derechos humanos se conviertan en una incorporación cultural profunda y sólida. Emprender esa labor en un contexto en el que predomina la moral de sobrevivencia, la frustración en las mentes, la tendencia al escapismo y la escasa formación humanista, es una misión extremadamente compleja, pero ineludible. Una acción educativa —usando una frase del Apóstol— en la que vayan los gérmenes de la democracia de mañana. Para que ninguna élite política pueda alzarse como representante de lo que en términos totalitarios se denomina como “masa”.

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