Martes, 12 de Diciembre de 2017
01:53 CET.
Represión

La patria a pedrada limpia

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Sus líderes siempre hablan rodeados de flores (como en la Norcorea de las kimilsungias): flores decapitadas para que aromaticen la peste a muerto de tantas tribunas y tribunales al peor estilo de la Edad Media (el calendario iraní así lo demuestra), flores fúnebres, polen fatuo a ras de patíbulo, coriza cómplice del crimen organizado por un Estado que se asume como sinónimo de Dios.

Oriente, palabra rotunda como un cero. Cuba también tiene el suyo. Su cercano Oriente. Una provincia arrasada desde la genética hasta la Revolución. Irán también tuvo la suya. Su impopular Revolución populista, que puso para siempre en el poder a unos barbudos que usan traje pero nunca corbata. Un Estado homofóbico en el sentido total del término: fobia al ser humano, asco ante la historia (el Islam como Idilio a construir en la tierra santa que Alá nos alquiló en las aleyas del Corán).

El muerto ha llovido a cántaros en uno y otro Oriente. Ese es el precio de ser la cuna de una y otra Revolución. La carnicería parece ser la condición que condimenta a la justicia en los dos Orientes. Y la mujer oriental no podía de ninguna manera ser la excepción. Sería discriminarlas en nombre del Estado o de Dios (Alá no es miserable, sino misericordioso).

No hay peor ira entonces que la de Irán contra su incipiente ciudadanía: por eso se humillan los cuerpos como castigo, por eso se delincuentiza al deseo, por eso a Sakineh Ashtiani allá en su tétrico Tabriz le toca morir un miércoles en la carota cobarde del mundo.

No hay peor Cuba tampoco que la del mismo palo: por eso las cárceles criollas rebosan de público, por eso se delincuentiza a la disidencia, por eso a Reina Luisa Tamayo allá en su Banes de la barbarie le darán bien duro domingo tras domingo (días precisamente del Señor) hasta que el desenlace sea una desgracia. Otra desgracia, porque ya su hijo Orlando Zapata Tamayo murió a principios de este año 2010, entre especialistas del Ministerio del Interior que respetaron demasiado su penúltima voluntad (la del huelguista de hambre), pero no la primera y la última (la del prisionero político llevado al límite de su resistencia).

Piedras contra manifestantes. Piedras contra mujeres. Piedras contra madres. Piedras para que florezca la muerte, y para que los verdugos de Dios o del Estado aneguen las arenas de nuestros jardines de Oriente en sangre, ese líquido devaluado desde que la Modernidad (Marx como contemporáneo de Mahoma) popularizara la práctica de la transfusión.

Las democracias del siglo XXI son caricaturas demacradas ante tanta legislación atroz. El papel aguanta todo el repudio que le lapiden. Los códigos penales de medio mundo dan pena. Pero justo así se fecunda mejor la patria. A base de piedras y pánicos. No temáis una muerte grosera.

En este sentido, Sakineh Ashtiani y Reina Luisa Tamayo son en verdad mucho más que adúlteras: ambas han adulterado las heces fundacionales de una y otra nación. Orinaron sobre el horror de uno y otro Oriente. Se creyeron libres por ellas y por nosotros, a pesar de lo que está estipulado desde la gran rebelión, acaso desde la gran revelación de las escrituras sagradas de Cuba e Irán.

Sakineh Ashtiani y Reina Luisa Tamayo no se supieron quedar calladas ni disimularon los queloides de su dolor. ¿A qué aspiraban estas madres? ¿A qué aspiraban estas mujeres? ¿A qué aspiraban estas manifestantes sin miedo? Las dos tienen apenas su merecido.

Piedras, primero. Después, la Constitución de sus respectivos países garantiza generosamente que flores no les faltarán.

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