Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
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Gente

Réquiem por Rosendo

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En la Bodega de mi tío Mario, en el Güines de los tardíos años cincuenta, escuchaba canciones que después nunca pude sacar de mi cabeza:

 

Hay que ser como yo,

bohemio y poeta, tener sentimiento,

y además corazón…

 

Uno de mis grandes placeres cuando rodeaba los 10 años, era acercarme a la Vitrola y escuchar aquella música que nunca en mi vida me ha soltado. Moverme entre mayores era uno de mis gustos favoritos; flaco como un güín, y largo, según el decir de la época, contemplaba y escuchaba aquella gente que bebía vasos de cerveza a diez céntimos. Así siempre estaba fría.

 

Mi negra no te molestes si te dicen sabrosona,

por ese andar que tú tienes, tan tremendo y retozón…

 

Me escapaba de María, mi madre, y veía al más joven de mis primos, Gustavo, chachareando con unos amigos. El misterio de aquel mundo, bullanguero y vital, me resultaba mucho más interesante que el plácido diálogo de mis tías, más rutinario y alejado de mi curiosidad.

Muchos años después de estas remembranzas, más de cuarenta y tantos, entrevisté a Rosendo Rosell en su casa de Miami para mi desconocido documental Actrices, Actores, Exilio. Corría el año 2005. Sus ojos vivaces, su intensidad a pesar del habla cansina de un hombre de 87 años, me deslumbraron. Estaba frente al gran cómico y presentador, y también frente al compositor que ha sido memoria viva de toda una época. Tres títulos serían suficiente para demostrarlo; el danzón Caimitillo y Marañón y los inolvidables cha cha chas Sabrosona y Calculadora, título de la cita musical que encabeza este comentario.

Rosendo Rosell arribó a Miami en 1961 con una mano delante y otra detrás; fue de los artistas que nunca se creyó la revolución. Llegó sólo del alma y habitó una ciudad a su vez solitaria y extraña; le costó a aquel güajiro de Placetas salir adelante. Y salió. Hoy, es uno de los iconos de la cultura popular del exilio.

Pero varias generaciones de cubanos que permanecieron en la Isla le perdieron la pista y, peor aún, generaciones más recientes, lo desconocen totalmente. Hay que admitir que los que nos creímos el cuento de un mundo mejor, de iguales que nunca han sido tales, "aprendimos" a borrar de nuestras vidas al que pensaba distinto.

Así… nos perdimos a Rosendo Rosell; el no-compañero, el hombre alejado del pueblo trabajador y sacrificado de la Cuba revolucionaria. Al cubano pachanguero, actor, presentador ligado a las raíces más profundas de la nacionalidad cubana. Porque se trataba y lamentablemente se trata, de amigos y enemigos. No habrá una letra por el "traidor" Rosendo Rosell en el periódico Granma; él, con su permanente sentido del humor, agregaría; ni falta que me hace.

Cuando fui a entrevistarle para el documental, desencantado ya de la experiencia cubana, nunca me preguntó quién era, ni a quien representaba. Simplemente confió, asumió, como lo hizo desde un inicio en su condición de hombre libre y sin odios, porque así me lo dejó saber en la entrevista, cuando hizo referencia a su condición de cubano por encima de rivalidades de cualquier tipo. 

Siempre pensé lo interesante que sería que otros como yo, que sobrepasando los sesenta supo de la existencia de Rosendo por el inquietante papel de la memoria, hubieran podido conocerlo personalmente y saber quién era aquel hombre que tenía una inmensa mochila de recuerdos colgada de sus hombros. Evocaciones, interpretaciones, vida; letra y música que estaba dispuesto a compartir con cualquiera de sus compatriotas, siempre que no tuvieran la postura de un o una…

 

Calculadora, mercantilista, interesada

te compadezco, porque no sabes,

porque no debes, porque no puedes, disfrutar del amor…


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