Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
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Cuba

El 26 de Julio desde otra acera

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La voz del vicepresidente José Ramón Machado Ventura se filtraba por entre los barrotes de una celda de la estación de la Policía de Manicaragua, en la Sierra del Escambray villaclareño, distante casi 40 kilómetros de la Plaza Che Guevara, donde el funcionario intentaba, ante los ojos de toda Cuba y medio mundo, una tarea imposible: hacer creer que el 26 de Julio se celebraba en Santa Clara, mientras Fidel Castro se robaba las cámaras en la Plaza de la Revolución de La Habana.

Capturado pasadas las siete de la tarde del 25 de julio a la salida de la casa de Guillermo Fariñas, y recluido en la unidad de Manicaragua, este reportero pidió escuchar el discurso que se suponía iba a pronunciar el general Raúl Castro, por lo que el carcelero colgó una radio no lejos de la reja. Pero a medida que el vicepresidente Machado avanzaba en su intervención, quedaba claro que el general no se levantaría de su silla sino para marcharse.

Menos avezado en los asuntos de entrelíneas, cuando las notas de los himnos confirmaron el final insulso un compañero de celda preguntó estupefacto: "¿Pero, ya? ¿Se acabó todo ya?". Para Yordanis Suárez, de 25 años, detenido por un presunto delito de robo, resultaba inaudito que un 26 de julio terminara así. "Yo pensaba que iba a hablar Fidel, pero mira tú, no habló ni Raúl".

"Qué van a hablar esos dos, si ya no tienen nada que decir", le respondió alguien desde una celda vecina.

En la víspera de este 26 de julio, más que la ausencia de un mensaje nuevo lo que en Cuba podía captarse era la carencia de receptores eficaces de un discurso oficial gastado, sostenido ya sólo por la represión policial.

"Cuando vaya a escribir, hágalo sobre el entusiasmo del pueblo villaclareño", dijo el capitán Hanoi, jefe de la Seguridad del Estado en Manicaragua, el día 25 por la noche, mientras trasladaba a la posta médica con una subida de presión a este reportero detenido.

"¿De qué entusiasmo habla, capitán? No veo más de ocho o diez personas reunidas alrededor de un caldero con una bandera. La calle está desierta", le respondí.

"Es que esta es la calle principal; esas son oficinas de organismos, la Unión de Jóvenes Comunistas, los sindicatos… la gente vive para allá abajo", dijo el oficial.

"Con más razón, ¿no son los jóvenes comunistas, los trabajadores, los que deberían estar festejando? Para allá todo está oscuro, no veo fiesta alguna", le repliqué.

A pesar de la oscuridad y el silencio, el capitán insistió en mostrar entusiasmo. Era media noche y por algún altoparlante solitario comenzaron a escucharse las notas del Himno Nacional.

"Escuche, toda Villa Clara está de fiesta", dijo, asegurando dispondría que situaran una radio cerca de mi celda para que pudiera escuchar el discurso del general Castro.

Pero el capitán estaba desinformado y, cuando a la mañana siguiente apareció ante mi reja de prisionero, le dije: "Me ha engañado, capitán… ¿Cómo pretende pasarme a Machado Ventura por Raúl Castro?".

Fidel Castro se roba el show

El jefe de la policía política de Manicaragua es de esos peones de la patria, uno más del montón que a última hora se toma o se deja. Ni ellos mismos saben en qué se les empleará pues, en definitiva, aunque algunos se refieran a instituciones, ministros y presidentes, en Cuba sólo existe un amo, y lo ocurrido este 26 de julio debió servir de lección a quienes no acaban de entenderlo.

Sirva un ejemplo: Mientras pasadas las cuatro de la tarde del 25 de julio un hombre macilento se ganaba la vida paseando chiquillos alrededor del Parque Vidal en un improvisado carricoche tirado por un chivo —"este chivo tiene ocho años", se vanagloriaba—, instalado cómodamente en la barra del Teatro La Caridad, el pintor Kcho bebía cerveza y hablaba con el ex pelotero Víctor Mesa.

¿Sabía ya el artista de palacio que al día siguiente sería empleado en la Plaza de la Revolución de La Habana para obsequiar banderas e intentar formular preguntas… "de todas maneras no hizo la pregunta", diría Fidel Castro del balbucear de Kcho en aquella especie de teatro bufo. ¿O pensaría el pintor encontrarse con Hugo Chávez y el general Castro en la Plaza Che Guevara?

La respuesta carece de importancia cuando hombres de presunto talento son utilizados como títeres y todo un pueblo a lo largo de medio siglo ha sido arreado como un rebaño.

Importantes resultaron las declaraciones de Fidel Castro cuando habló de presos que, hipotéticamente, no estaría en sus manos liberar, a menos que contara con medios para ello. Refiriéndose a los cinco agentes de la inteligencia cubana condenados en Estados Unidos, Castro aseguró: "Los van a tener que soltar antes de fin de año. Me responsabilizo con decírselo a las familias".

Luego, cabe preguntarse, ¿el gobierno de Estados Unidos y el régimen de La Habana ejecutan un canje de prisioneros de forma encubierta, utilizando al gobierno de España y a la Iglesia Católica como fachada?.

El capitán de la Seguridad del Estado Léster González Hernández, adscrito a la Sección de Enfrentamiento a la Contrarrevolución de la provincia Villa Clara, dijo a este reportero: "No crea usted, ni nadie, que los presos son puestos en libertad por la huelga de Guillermo Fariñas".

Si el gobierno de Estados Unidos y el régimen de La Habana están en conversaciones, bienvenidas sean, siempre que sean útiles no para abrir algunas rejas, sino todas las puertas; mientras no sólo abran las puertas de los norteamericanos para viajar a Cuba, sino también permitan a todos los cubanos moverse dentro y fuera de la Isla.

Cuba es una nación vitrina, y sobre ese detalle deberían meditar los que en sus manos tienen la posibilidad de decidir. Hay una imagen para dentro y otra para afuera. Este 26 de julio la Plaza Che Guevara estaba engalanada, pero justo detrás de ella, a pocos metros, hay un basurero. Eso no lo recogieron las cámaras, por supuesto.

Las calles de acceso a la plaza fueron adornadas, pero las adyacentes seguían mostrando una imagen deprimente. Entre tanto, Fidel Castro, para amplificar su imagen, empleaba como auditorio a músicos, pintores y poetas, en Santa Clara la Policía ejecutaba detenciones arbitrarias de periodistas independientes e incautaba ejemplares de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Si detrás de la reaparición de Fidel Castro, de los discursos y los silencios, existen conversaciones, que estas no estén destinadas a ser escuchadas detrás de la reja.

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