Viernes, 15 de Diciembre de 2017
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Cuba

El testamento de Zapata Tamayo

"Mi sangre al servicio de la libertad y de la democracia de once millones de cubanos que, al tratar de expresarse, por miedo se hacen más encarcelados de lo que están", escribió Orlando Zapata Tamayo lo que ahora bien pudiera considerarse su testamento político, en una ensangrentada pieza de algodón.

"A mi hijo lo golpearon no una vez, sino muchas, porque nunca tuvo miedo al exigir sus derechos", dijo Reina Luisa Tamayo Danger a DIARIO DE CUBA pocas horas después del sepelio de Zapata Tamayo, mostrando una camiseta blanca, de algodón, talla L, profusamente manchada, cual si hubiera estallado un hemotórax directamente sobre ella.

"Yo he lavado ropa de Zapata, traída de la cárcel por Reina Luisa, tan manchada de sangre o más que esa. Ya costaba trabajo quitarle las manchas", dijo Araceli Vega Desdín, vecina de Reina.

En la espalda de la camiseta, en tinta negra, reza: "Hora 3:00 de la tarde, ciudad de Holguín, Orlando Zapata Tamayo, quien fuera golpeado el día 26-10-2009 por la policía política del dictador Fidel Castro y su hermano Raúl, asesinos los dos".

Las palabras, el soporte en el que fueron escritas y el tono de su expresión, sólo habrían significado una protesta carcelaria más si su autor no hubiera rebasado la frontera de lo dicho a los hechos. Pero ahora Orlando Zapata Tamayo está muerto, y sus palabras, su callado suplicio y hasta el cerco al que fue sometido su funeral tienen el valor del martirio.

"En el velorio ellos estaban cercados, sin apenas qué comer, porque la policía no dejaba entrar. Entonces les dije [a las autoridades] 'yo vivo aquí, déjenme pasar', y así fue como les llevé un poco de boniatos", dijo Ramón Eloy Vargas Piñero, un amigo de la familia. "Boniatos y espaguetis fue lo que comieron en el velorio de Zapata".

"La inmolación de este hombre, porque la suya fue una hombrada que muy pocos se atreven a acometer, y menos todavía son los que cuentan con valor para llevarla hasta el final, sin dudas va a repercutir en la juventud cubana a medida que se conozca cómo ocurrió su muerte", dijo un experimentado psicólogo.

"Los jóvenes se identifican con las proezas, los actos de martirio, esos de valor y perseverancia extrema, y la muerte de un prisionero en huelga de hambre entraña una aureola, irradia precisamente el espíritu de rebeldía tan común en la juventud", añadió, vaticinando la conversión del sufrimiento de Zapata en un mito.

Quizá el especialista no esté desencaminado, pues la tumba del prisionero de conciencia —muerto el 23 de febrero al expirar en estado séptico tras una huelga de hambre de 86 días—, situada bajo frondosos pinos, justo a la entrada del cementerio, al sur del poblado de Banes, tiene el aura misteriosa de lo prohibido.

El sepulcro, un humildísimo rectángulo de hormigón, levantado apenas 50 centímetros del suelo, se encuentra a la derecha y a la vera del sendero que atraviesa el camposanto, entre la tumba de Julio Alfonso y el panteón de la Familia Fonbellida. Tal vez más temprano que tarde se convierta en destino de peregrinación, aunque este viernes 26 de febrero, a poco más de 24 horas de efectuarse el funeral bajo rigurosas medidas de seguridad, en Banes nadie hablaba en la calle del suceso, y los escasos comentarios eran reticentes o, para decirlo de forma gráfica, un reflejo de las palabras escritas por Zapata en su camiseta ensangrentada.

Sin embargo, la situación de silencio puede revertirse en la medida en que la gente obtenga información fidedigna y comience a comentarla.

Nadie lo ha dicho, pero es un hecho cierto: Este 24 de febrero el general Raúl Castro cumplió dos años en la presidencia del Consejo de Estado con un proceder innoble: impidiendo los funerales de un hombre que prefirió la muerte antes que la sumisión.

En lo que constituye su testamento político, Orlando Zapata, un albañil, sintetizó el acatamiento de la sociedad cubana, pero ese rendibú puede quebrarse con su inmolación y las autoridades lo saben; por eso impidieron acercarse a su cadáver.

Habrá que ver qué sucede cuando el discurso oficial termine de desfondarse y la gente comience a pensar y a actuar por cabeza propia. De hecho, ya muchos comienzan a despertar.

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