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Una noche de béisbol

Llegar de Alamar al viejo estadio del Cerro le lleva más de hora y media a una familia de aficionados. Y eso es solo el comienzo de su odisea.

Llegar al estadio Latinoamericano, colindante con el barrio de Carraguao en el municipio Cerro, siempre es un problema para José Carlos y su familia. Hace una semana les llevó hora y media trasladarse desde el reparto Alamar, al este de La Habana, hasta el añejo recinto.

Luego de abordar un P-11 atestado y caminar algo más de un kilómetro por Ayestarán desde Carlos III, llegaron justo antes de que el hombre de negro diera la voz de a jugar. Las gradas techadas estaban repletas. Y a pesar del amplio espacio en las gradas de sol, la administración del estadio decidió mantener cerrada el área.

Se acomodaron como pudieron en un escalón de concreto, y el jolgorio y juego reñido entre las novenas de Matanzas e Industriales les hizo olvidar pronto los contratiempos.

"Las autoridades beisboleras no saben ni siquiera vender el mayor espectáculo deportivo del país. En los descansos no hacen actividades recreativas. Cuando usted mira hacia la horrible pizarra de procedencia vietnamita, no puede encontrar estadísticas sobre el promedio ofensivo de los jugadores. Tampoco se venden pegatinas, afiches, cromos de jugadores o la guía de béisbol de 2013. Lo único positivo es que la entrada cuesta un peso y hay una variada oferta gastronómica", dice José Carlos.

Tampoco es fácil adquirir una franela de un jugador determinado. Cuando se venden, cuestan entre 15 y 20 cuc, el salario mensual de un obrero. Un pulóver de cualquier equipo vale 80 pesos, el sueldo de cuatro días. Y no siempre se encuentran en las tiendas.

Súmesele a eso la falta de higiene en los baños y el mal estado constructivo de algunos estadios que se pretende camuflar con una mano de pintura. También la calidad de los terrenos deja bastante que desear.

Precisamente las irregularidades del campo son la principal causa de que sea mediocre la defensa colectiva en nuestros clásicos nacionales. Tomando como muestra los últimos diez años, el fildeo oscila entre 974 y 975.

En las ligas de primer nivel, llámese MLB o Grandes Ligas de Japón, el promedio supera los 980.

Es cierto que los guantes de no pocos jugadores parecen estar descosidos y su pensamiento táctico a la hora de cortar la pelota o tirar hacia las bases es de categoría cadete. Pero resulta muy difícil defender en terrenos como el del viejo estadio del Cerro, que parece una pista de hielo. Debido a un levantamiento del campo, el suelo no está bien compacto, lo cual ha provocado caídas y lesiones en los jugadores.

Otro elemento en contra a la hora de asistir a los estadios es la poca comodidad de las gradas. Excepto el Latino, que tiene sus gradas techadas y con sillas metálicas —aunque unas con espaldar, otras no— el resto de los estadios solo tiene sillas en los palcos: el grueso de los asistentes debe estar casi cuatro horas sentado en el cemento puro.

Así y todo, quizás lo que más incide para que muchas familias no acudan al estadio es el pésimo servicio del transporte público en la capital. José Carlos, su esposa y sus hijos demoraron hora y media en llegar al Cerro.

"El regreso a casa fue peor. Tardamos dos horas y veinte minutos. Si sumamos las tres horas y media de juego, más el tiempo de ida y vuelta, utilizamos siete horas y media: demasiado", señala.

Hay aficionados que se trasladan en taxis particulares de diez pesos. Otros tienen autos. Pero la mayoría debe ir y regresar en ómnibus urbanos. O a pie.

Cuando termina un juego donde se ven envueltos equipos de calibre como Santiago de Cuba, Matanzas, Villa Clara o Pinar del Río, y el aforo en el Latino se acerca a los 50 mil espectadores, coger una guagua se convierte en una odisea.

Por eso muchos prefieran escuchar los partidos por la radio. O verlos por la tele, como suele hacer la familia de José Carlos.