Lunes, 11 de Diciembre de 2017
14:23 CET.
Juegos Olímpicos

Londres olímpica: una ciudad y unos juegos en movimiento

Archivado en

El pasado domingo una sinfonía de color y música puso fin a la trigésima olimpiada de la era contemporánea, celebrada en Londres. Tras los Juegos de la Austeridad en 1948, luego del desastre de la Segunda Guerra Mundial, la capital inglesa se volvió a preparar para organizar unas olimpiadas que bien pudieron haberse llamado los Juegos de la Crisis. Más de diez mil atletas de 204 países se concentraron en la ciudad para optar por preseas de oro, plata y bronce, pero solo representantes de 85 naciones lograron alcanzarlas.

De cualquier manera, los alarmistas salieron más derrotados que quienes no consiguieron medallas. Fallaron desde los que pronosticaron un caos total justo al primer día de competencias, hasta los que esperaban que colapsaran el transporte público y los servicios de sanidad, y que en el centro se aglomeraran hordas de turistas indisciplinados. También quienes presagiaron un atentado terrorista, basándose en el hecho de que un día después de la concesión de la sede, apenas transcurridas unas horas de que una multitud lo celebrara en la Plaza Trafalgar, Londres se había unido a la lista de ciudades víctimas del terrorismo.

Sin embargo, aún en la primera semana, toda Londres e incluso Gran Bretaña, comenzaron a despojarse de los malos presagios y decidieron disfrutar del espectáculo. Los londinenses, fuera de los miles de voluntarios uniformados de violeta y rojo que partían a animar las sedes de las diversas competencias, continuaron sus vidas con metódica normalidad. Mientras acontecían dramáticos torneos o parsimoniosos desafíos olímpicos, los puntos más neurálgicos del atareo londinense apenas mostraban alteraciones. Porque, claro, ya apenas se puede hablar de un "centro" en Londres, dividida en tantos barrios. La calle Oxford, Leicester Square, Covent Garden y hasta el marchoso Camden Town, lucían semivacíos en estos días olímpicos.

Anfitriones, el antes y el después

En 2004, la actuación británica se redujo a los éxitos de Kelly Holmes, los relevistas del 4x100, los ciclistas Chris Hoy y Bradley Wiggins, un jinete, dos tripulaciones de velas y un bote de remos. Cuatro años más tarde, en 2008, el equipo británico llegó a Beijing con la indiferencia de los principales medios de prensa. Las noticias sobre la mayoría de los deportes olímpicos ocupaban minúsculas columnas en las páginas finales de los diarios, mientras que el resto se llenaba con entrevistas, reportajes y moralizantes comentarios sobre fútbol, cricket, rugby, tenis, carreras de caballos o de automóviles Fórmula 1.

Grandes cantidades de tinta apuntalaban la grandeza de un espíritu deportivo enraizado en tradiciones y anticuadas nociones de nobleza o localismos. Y siempre desde la perspectiva clasista que aún rige la nación inglesa, según la cual los niños de bien juegan al cricket, visten de blanco y compiten en inmaculados estadios de césped reluciente, mientras que los pobres tienen que conformarse con la vulgaridad de correr tras un balón blanquinegro acosados por igualmente vulgares espectadores.

Para sorpresa de comentaristas, la delegación regresó de Beijing con 47 medallas, diez de oro más que en Atenas, y con el rompecabezas que significaba entender tal éxito. Por ejemplo, los dos oros de la nadadora Rebecca Adlington no los había pronosticado nadie por lo imposible de que surgiera un campeón de natación inglés cuando en la ciudad australiana de Sydney existen más piscinas olímpicas que en todo el Reino Unido.

De modo que tras el voto de confianza por el desempeño en 2008, los británicos se alistaron para más sorpresas en Londres 2012. Doce meses antes del comienzo, las vallas publicitarias se llenaron de aspirantes olímpicos. Algunos como Hoy y Jessica Ennis partían como favoritos en sus eventos; otros, como Liam Tancock y Phillips Idowu, terminaron sin medallas. Y también está el caso del vallista William Sharman, que ni siquiera llegó a integrar el equipo a pesar de que las gigantografías con su rostro todavía adornan algunas gasolineras en Gran Bretaña.

En la Olimpiada de las marcas y las grandes transnacionales, el "Equipo GB" logró adueñarse de una fuerte identidad corporativa, un símbolo que, con los colores de la bandera de la Unión, fue exhibido por participantes y espectadores. Así lo mostraron en las competiciones de los días iniciales, cuando la exigua cosecha de medallas de oro parecía darle la razón a los escépticos de scones y té con leche. Y así lo agitaron en la segunda semana, cuando el país se despertó sorprendido de ubicarse en el tercer lugar en la tabla de medallas y de calificarse como una potencia deportiva.

Para cualquier analista formado en los tiempos de la Guerra Fría, cuando el deporte se usaba con fines políticos, la actuación de los anfitriones viene a ser una continuidad de esa débil construcción social que es el patriotismo. Para quien escuchó a los atletas británicos hablar de su preparación, de los triunfos y sobre todo de la amargura de fracasar cuando se esperaba tanto de ellos, quedó claro que los juegos fueron una simple oportunidad para pasarla bien y competir.

Habrá más de un interesado en teorías conspirativas que se atreva a descontextualizar eventos y a presentarlos como una estratégica labor de los británicos para despojar de medallas a contrarios más débiles. Es posible que otros se empeñen en demostrar que las victorias locales fueron pura casualidad. Quedará, sin embargo, una gran masa de voluntarios, londinenses de origen y por adopción, que cuando se apagaron las últimas luces del estadio tras la ceremonia de clausura, sintieron que las palabras de Sebastian Coe agradeciéndoles el haber hecho posible Londres 2012 tenían un significado especial.

Héroes y heroínas de lidias y arenas

Muchos deportistas llegaron con el calificativo de superfavoritos, pero debieron luchar contra el empuje de adolescentes y la habilidad de los más experimentados. Estos juegos se recordarán como los últimos del nadador norteamericano Michael Phelps, quedará su actuación para siempre relacionada con la de los no menos talentosos Yannick Agnel (FRA) y Chad Le Clos (RSA), quienes impidieron que la cuenta total de medallas del más laureado deportista de nuestros días fuese aún mayor.

De los adolescentes, la lituana Ruta Meilutyte se reveló como una excepcional pechista para quien el rango de campeona olímpica, a los 15 años, todavía no tiene una dimensión extraordinaria. El que sí no tendrá ninguna duda al respecto es el velocista jamaicano Usain Bolt, quien con otras tres doradas tras igual éxito en Beijing, se autocalificó como leyenda. Legendario fue también el triunfo de la gimnasta Gabrielle Douglas, primera afroamericana en conseguir el título de máxima acumuladora; el del luchador uzbeko Artur Taymázov, campeón de lucha libre por tercera vez consecutiva; o el de la esgrimista italiana Valentina Vezzali, quien se llevó sus medallas número 8 y 9 compitiendo desde Atlanta 1996.

No obstante, pese a la avasalladora imagen de los campeones, queda siempre la menos complaciente versión de quienes no alcanzaron lugares en el podio. Las pantallas reflejaron la representación de la derrota, aunque algo diferente ocurriera en la arena donde acontecieron los eventos. El caso del maratón es bien ilustrativo: un puñado de corredores que se aprestan a alcanzar la gloria, que en teoría solo corresponde a tres elegidos. Sin embargo, los espectadores, británicos y visitantes, apostados a ambos lados de la enorme avenida The Mall, permanecieron en sus puestos aplaudiendo y vitoreando hasta que pasó el último deportista. Para ellos, la consabida sentencia de que lo importante es competir justificó el reconocimiento.

La celebración, más tarde, corría a cargo de los compatriotas residentes en la urbe británica, a veces tan diversa que cuesta asociarla al resto de las ciudades inglesas. Porque cualquier deportista extranjero puede encontrar, si los busca, a entusiastas de su nación de origen en Londres. Así sucedió con las decenas de seguidores que se reunían en la gradas, frente a las sedes o simplemente en las calles, con la sonrisa y la bandera de sus países anudadas al cuello, ya fueran símbolos familiares, como las de los antiguos dominios coloniales del imperio, ahora miembros de la Mancomunidad de Naciones (Kenya, Uganda, Jamaica), o exóticas y ajenas como las de Armenia o Timor Oriental.

La isla y los juegos

Sobre la actuación de los cubanos baste decir que la obtención de medallas resultó menos agónica que hace cuatro años. Dos títulos dorados en boxeo aliviaron la supuesta vergüenza de la capital china y complacieron a una afición todavía apasionada. Por su parte, el súperpesado luchador Mijaín López, tal vez el deportista con mejores credenciales según la prensa especializada británica, volvió a demostrar por qué es el mejor en su categoría. 

Y es que, a excepción de los conocidos nombres del atletismo, los miembros de la delegación cubana eran una verdadera incógnita. El por qué, lo resumió la comentarista Nicola Fairbrother, de la BBC, cuando aseguró que los cubanos participaban tan poco en el circuito internacional que resultaba imposible emitir un vaticinio sobre ellos. Por muy bien que lucieran en las sesiones eliminatorias, se contaba con tan pocas referencias sobre pasadas actuaciones que escogerlos como favoritos parecía demasiado. Los del campo y pista, al menos los habituales en torneos internacionales como la Liga del Diamante, merecerían otro comentario. De cualquier manera, ningún seguidor de tales competencias esperaba una actuación descomunal de Dayron Robles, mucho menos un título como el de Beijing.

Quizá el revés colectivo de la capital china y el discreto pero admirable desempeño en Londres signifique que ya es tiempo de adaptar las expectativas nacionales a las realidades de un movimiento olímpico que no siempre reacciona según redundantes referentes geopolíticos.

Quienes compiten hoy por Cuba, sobre todo los más jóvenes, fueron los niños y adolescentes del llamado Período Especial. Nunca pudieron aspirar a la formación atlética de sus predecesores, a entrenarse en instalaciones al menos elementales, a satisfacer necesidades nutritivas propias de su actividad o a contar con asesoría técnica extranjera. Tampoco sacaron provecho del otrora eficiente sistema de alto rendimiento originado en un "área especial" de base, debido a que según avanzó la crisis, contaron cada vez con menos y menos recursos, a veces importados, pero otras tan de sentido común como el de tener una piscina con agua para entrenarse cada día. Cuando estos niños-promesa despuntaron en sus disciplinas, se encontraron apenas sin entrenadores, esparcidos estos por multitud de naciones.

En la Mayor de las Antillas, las estructuras deportivas no escapan al anacronismo imperante en las demás esferas de la sociedad. Tal vez la ausencia de nacionales en las competiciones por equipos —en otro tiempo fuente de incontables premios y emociones—, quede como el mejor ejemplo de que los proyectos colectivos cubanos pasaron a mejor vida. Si algún espectador curtido en los torneos de los ochenta observó con detenimiento los partidos de voleibol femenino, dos posibles dudas le vendrán a la mente: o las "Morenas del Caribe" andan muy necesitadas de una buena dosis de amor propio, de ahí su ausencia, o el nivel del juego de net y pelota ha decaído extraordinariamente.

En los setenta, cuando aún no eran tan frecuentes los escándalos por dopaje, la frase "el extra de los campeones" resumía el complemento esencial que garantizaba cualquier hazaña deportiva. Se precisaba de una excelente forma física, de visualizar el triunfo como una actividad natural. Dado el nivel de la competencia en Londres, cualquier esfuerzo extra fue primordial. Si algo distinguió a los anfitriones y pocos cubanos mostraron, fue el ansia de competir y ganar: competir como un premio al desgaste previo, a las jornadas interminables de entrenamientos; ganar como el mayor estímulo a una decisión personal.

En la clausura del evento, entre los reflejos coloridos de los miles de focos y al compás de un repertorio representativo de la producción musical británica, podían verse tímidas banderitas cubanas agitadas por manos perdidas en el concierto gestual de los deportistas. Habrían sido más si a los nacionales no los forzaran a regresar a la isla una vez terminadas las competiciones de las distintas disciplinas.

Para un cubano nacido a inicios de los 70, con vagas memorias de la Olimpiada de Moscú, privado de disfrutar las dos citas estivales siguientes, los Juegos Olímpicos de Barcelona seguirán siendo una referencia demasiado fuerte como para calificar estos de Londres como "los mejores de la historia". Para un londinense por adopción, no obstante, estas poco más de dos semanas sirvieron para añadirle a la ciudad el mérito de agrupar a entusiastas de todo el mundo que la despojaron de ser simplemente el mero espacio del acontecer cotidiano. A gente se vê no Rio!

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.