Sábado, 1 de Octubre de 2016
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Béisbol

Alfredo Despaigne, la diferencia

De efectuarse una exhibición de los mejores peloteros cubanos para contratarlos en Grandes Ligas, probablemente el jardinero granmense Alfredo Despaigne, de 25 años, no enamore a los cazatalentos.

Las golosinas serían los lanzadores Yadier Pedroso, con su mortífera bola de tenedor, o la recta de 97 milla de Vladimir García. Por supuesto, el antesalista Yulieski Gourriell, un pelotero de cinco dimensiones, tendría todas las papeletas para que una buena cantidad de organizaciones de Grandes Ligas abriera la chequera.

Alfredo Despaigne no impresiona. No tiene biotipo de slugger, mucho menos de cuarto bate: este moreno nacido en Palma Soriano, Santiago de Cuba, solo mide 1,74.

Eso sí, es fornido como un toro. Pesa 92 kilos y tiene un swing ultrarrápido y poderoso, quizás el mejor del béisbol cubano. Técnicamente, Despaigne lo hace todo bien a la hora de batear. Es agresivo, oportuno, y tiene una amplia zona de contacto. Con pocos puntos débiles, puede enviar la pelota a 400 pies por cualquier ángulo del terreno. Y a la hora cero, cuando a muchos les tiembla el bate, Alfredo Despaigne suele sacar las castañas del fuego.

Pero Despaigne no la ha tenido fácil en su carrera como pelotero. En las pruebas realizadas para ingresar en una escuela deportiva santiaguera, los preparadores lo desecharon.

"Eres muy bajito, dedícate a otra cosa", le dijeron sin rodeo. Tenía 9 años y el golpe no melló sus deseos de llegar a ser una estrella beisbolera.

Si algo le sobra a Despaigne es carácter. Sus padres, Alfredo Despaigne Maceo y Rachel Beatriz Rivero, ante la insistencia del hijo, se mudaron a la provincia Granma y lo inscribieron en una escuela deportiva de Bayamo.

Despaigne es la típica historia del deportista descartado, enviado a casa por los preparadores porque no mide seis pies o no tiene el biotipo adecuado.

La testarudez tuvo su premio. Ya en 2004 Despaigne era jardinero central y cuarto bate de la selección juvenil de su provincia.

Este periodista suele acudir a los torneos de cadetes y juveniles para observar el desempeño de futuras estrellas.

Hace ocho años, una mañana nublada, me llegué al estadio del Hospital Psiquiátrico de Mazorra, donde se celebraba la final por el título entre Granma y Ciudad Habana. Tenía las estadísticas de la novena granmense y una libreta para hacer apuntes de los jugadores con más talento.

Ese día, por los capitalinos lanzaba Ian Rendón, un zurdo que poseía un promedio de menos de una carrera por juego, dominaba un tenedor de nivel y una excelente curva.

Así y todo, en los dos primeros turnos al bate, Despaigne le pegó dos líneas feroces por el centro de terreno. Donde picó, la bola segó el césped .

Despaigne ya era rápido y tenía un excelente brazo, aunque aún evidenciaba ciertas carencias a la defensa.

En 2004 integró la selección nacional que se coronó campeona mundial en China Taipéi. Y fue nominado como uno de los jugadores más valiosos del torneo.

Ese mismo año debutó por todo lo alto en las series nacionales, con el número 56. Ya al año siguiente lo haría con su habitual 54. Defendió la pradera izquierda. En 320 turnos conectó 100 hits, 17 dobles, 5 triples y 10 jonrones. Nada mal para un novato.

Al no ser Granma un equipo de los clásicos en la pelota cubana —ya se sabe que me refiero a Santiago de Cuba, Pinar del Río, Villa Clara e Industriales—, sus jugadores no suelen estar entre los más mediáticos.

Por tanto, aunque se elogió la labor del debutante, no tuvo el énfasis informativo de novatos gloriosos como Kendrys Morales, quien pulverizó diez récords, o Yulieski Gourriell, quien venía antecedido de fama, dado el desempeño como pelotero de su padre y su propia labor en la categorías inferiores.

A partir de su segunda campaña, Despaigne conformó, junto a Yoennis Céspedes (recientemente firmado por 36 millones de dólares por los Atléticos de Oakland) y Yordanis Samón, el trío más ofensivo de la pelota cubana.

Internacionalmente, debutó en 2005, en un evento de poca monta en Venezuela. El estadio, casi una sabana, con bardas por el jardín izquierdo a 400 pies, no fue óbice para que Alfredo Despaigne pegara dos soberbios jonrones

En 2007, en una Copa Intercontinental en Taipéi , se estrena con el equipo grande, como primer bate y jugando el jardín central. A partir de ese momento siempre ha estado presente en las escuadras nacionales.

Ya en 2009 implantó un récord para campeonatos mundiales, al conectar 11 jonrones. Y sus números en las seis series que ha tomado parte son de espanto. Echémosle una ojeada:

En 2.354 veces al bate, Despaigne ha pegado 821 hits, 168 dobles, 18 triples y 164 jonrones, para un average de 349 y un porcentaje de slugger de 557. Ha traído para el plato 551 carreras (más de 90 por campaña), que si sumamos a las 492 carreras anotadas, da un total de 1.043 carreras producidas, a 173 por temporada, el mejor promedio de la isla.

En la actual campaña, Despaigne está, como siempre, desforrando la Mizuno 200. Contabilizados 50 de los 96 partidos del calendario (en el momento de escribir este artículo), tiene 21 jonrones, un paso que augura romper el récord de 33 implantado por Yoenis Céspedes y José Dariel Abreu. A esto, Despaigne promedia para 357, suma 42 anotadas y 57 remolcadas.

Su OPS de 1.242 y su 757 de slugger son, sencillamente, de otra galaxia. Alfredo Despaigne viene a ser para la pelota cubana lo que Albert Pujols a las Grandes Ligas.

Si Despaigne no es un pelotero con cinco herramientas, es debido a su mala defensa. Defiende para un promedio de 959, desastroso para un jardinero de una liga que se respete. Sin embargo, sus deficiencias al campo quedan superadas con creces madero en ristre.

Sus estadísticas ofensivas en siete años no dejan lugar a dudas. Aunque a simple vista no impresione ni tenga pinta de big leaguer, Alfredo Despaigne es el mejor bateador cubano de la actualidad. Es la diferencia. A pesar de Yulieski Gourriell.